Las caddies del Riviera Maya Open: No solo llevan palos, también cargan sueños

Ser caddie en el Riviera Maya Open no es solo cargar palos de golf, es leer greens, pensar estrategias y acompañar a las jugadoras en cada golpe bajo el inclemente sol del Caribe mexicano.
La caddie es confidente, cómplice en cada movimiento y llega a caminar alrededor de 5 horas junto a su jugadora. Ahí en el Camaleón, donde la humedad se adhiere a la piel y los 33 grados centígrados comienzan a pesar a cada paso, ellas avanzan en el escenario que marca el regreso de la LPGA a México, el mejor golf mundial.
Roger Galdiano, caddie y padre de la golfista Mariel Galdiano, de Hawái, describe con sinceridad el desafío de su labor: “Es un trabajo muy duro, tengo que cargar snacks y bebidas, el clima es muy caliente, es difícil. El campo es extraordinario”.
En lugar de contratar un caddie, decidió caminar al lado de su hija, hombro a hombro, por cada campo del tour de la LPGA. No podía pagar los 50 dólares que costaba el servicio de un caddie —una suma imposible de sostener durante aproximadamente 20 torneos del año—, Galdiano tomó una decisión que marcó mucho más que el recorrido en los campos de golf: acompañar a su hija él mismo.
En Mayakoba, una caddie puede llegar a cargar una bolsa de 23 kilos, 14 palos que marcan el destino de cada golpe: maderas, hierros, híbridos, wedges y putters. Los reflectores no están sobre ellas, pero su labor —aunque pareciera invisible— sostiene el ritmo de la competencia.
Además de llevar el nombre de las jugadoras, las bolsas se convierten en una especia de santuario, donde cuelgan llaveros, amuletos o insignias de cada rincón del mundo que recorren semana a semana. A menudo son el primer abrazo que una jugadora recibe tras un golpe en el que la pelota cumple su destino. Son testigas silenciosas de los infortunios o las glorias.
