La nueva voz de Nuria Diosdado

La voz de Nuria Diosdado es la de una lideresa nacida de las profundidades del agua.
Dueña de un discurso que revolucionó la natación artística y que contribuyó a hacer de ella la figura más importante en México. Su influencia se extendió por toda Centroamérica, dominó a nivel continental al final de su carrera y se convirtió en la única ondina mexicana en competir en cuatro juegos olímpicos.
Esa voz no habló solo por ella, también fue el megáfono de las batallas ganadas junto a sus compañeras de equipo con quienes conquistó medallas inéditas y un histórico boleto olímpico que rompió con 28 años de silencio.
Te puede interesar: Equipo mexicano de natación artística se renueva para Mundial de Singapur
Nuria se desprende en esta entrevista del personaje que sostuvo durante casi 30 años, ese que exigía perfección en cada gesto dentro del agua. Hoy, no lleva el elegante tocado ni la sonrisa impecable. Hoy, muestra, sin adornos, los dolores que implica ser una lideresa y la entereza con la que logró sobreponerse.
Le muestro un par de fotografías de su infancia. Una de ellas es de su primera Olimpiada Nacional, en Mérida, en 1999. En la imagen, Nuria y su madre, Montserrat, están sentadas; le coloca con delicadeza el tocado sobre la grenetina. Nuria viste un traje de baño plateado. Han pasado 26 años de aquella fotografía. El instante permanece.
Es una imagen que evoca el pasado, entre lo que fue y lo que aún perdura.
Nuria dejó su hogar en Jalisco para mudarse a la Ciudad de México. En el selectivo nacional quedó en octavo lugar; tenía apenas 15 años. Por su edad, le correspondía liderar el equipo junior, pero le ofrecieron una decisión crucial: asumir ese liderazgo o integrarse como suplente al equipo de primera fuerza, donde entrenaban figuras como Nara Falcón y Olga Vargas, recién llegadas de competir en Atenas 2004.
Eligió lo segundo, sin imaginar que, con el tiempo, aquella niña de cinco años que no destacaba por su virtuosismo —según ella— sería la misma que acabaría guiando una era dorada de la natación artística en México.
—Como lideresa, eres la cara del equipo. Esa posición exige una gran responsabilidad, aunque mucho de lo que implica no se ve —revela Nuria, al mostrar la otra cara de la presión—. Está el miedo —sí, ese miedo real— a competir, a perder, a no sentirte lo suficientemente preparada, pero, aun así, mostrarle al equipo que estás lista. Así como eres quien da la cara cuando llegan las medallas, también eres quien la da en momentos difíciles.
Su voz nació entre cada ascenso al triunfo y en las caídas que llegaron pronto.
Después de lograr sus primeras dos medallas de oro a los 15 años en los Juegos Centroamericanos de Cartagena 2006, llegó su primera gran cita con la historia y ganó seis medallas doradas cuatro años más tarde en Mayagüez 2010. Era su primer año como capitana de la selección mexicana. Se coronaba como la máxima medallista de los Centroamericanos.
Una semana después de haberse coronado en Mayagüez, recibió una llamada de la Federación Mexicana de Natación.
—No te podemos decir el motivo, pero es muy grave —le advirtieron al teléfono.
Le entregaron un memorándum de los laboratorios de Puerto Rico. Dio positivo por clembuterol tras consumir un jarabe para la tos que le recomendó su padre, pediatra de profesión. Sin saberlo, ella compró por error la versión compuesta, que contenía la sustancia prohibida. Y enfrentó una sanción inicial de dos años. Las medallas le fueron retiradas, a ella y a todo el equipo.
Los titulares de la prensa terminaron por devastarla: “A Nuria Dios le da y Dios le quita”, “Nuria Diosdado se hunde”. Fueron las frases que leyó al día siguiente, mientras abordaba el avión. Nadie a su alrededor sabía que ella era Nuria.
—Mis primeras planas fueron por el dopaje, no por haber sido la reina de los Juegos Centroamericanos siete días antes.
Aquella vez no mantuvo la sonrisa, esa impostada que se exige en la natación artística —un deporte que no admite la tristeza en el rostro.
En medio del silencio tenso de los días difíciles, logró reducir la sanción a un año en un juicio en Suiza, al comprobar el dopaje involuntario, se perdió el Campeonato Mundial de Shanghái 2011 y el castigo concluyó en septiembre de ese año, justo antes de Guadalajara 2011.
La tristeza y el dolor bloquearon muchos momentos de aquel tiempo. Fue una niebla difícil de atravesar.
—¿Qué te mantuvo en el tiempo cuando todo se sentía perdido?
—Desde ese momento hasta mi última competencia, pasaron 14 años. Me acordaba de la Nuria de 19 años que, ante lo más duro que puede vivir una atleta, logró salir adelante. Esa imagen me impulsaba.
Un sueño que poco tiempo atrás parecía tan lejano como inalcanzable. Nuria debutaba en sus primeros Juegos Olímpicos en Londres 2012.
Frente a la alberca, la quijada le temblaba. Era un temblor nuevo, incontrolable. No era el adormecimiento en las manos que llegó a sentir alguna vez o el nudo en el estómago, náuseas, o esa sensación al borde del desmayo que la llegó a hacer tambalear.
Ahí bajo el agua no había lugar para la duda. Solo ella y el silencio hecho líquido que envolvía todo. Terminaron lejos de la final: en el lugar 18.
El significado profundo de reivindicarse llegó en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Veracruz 2014. Apenas cuatro años atrás, le habían retirado seis medallas de oro por dopaje involuntario. Esta vez, arrasó y ganó siete oros de siete posibles.
It’s a new day, it’s a new life… and I’m feeling good (Es un nuevo día, es una nueva vida… y me siento bien). Era más que una letra: una declaratoria que dejaba constancia de su renacer.
La canción Feeling Good, de Nina Simone, con la que interpretó una de sus rutinas, lo decía todo. La voz de Nuria emergía de nuevo con fuerza desde el fondo del agua.
Y con la mirada puesta de nuevo en los olímpicos, rompió una sequía de 16 años sin presencia mexicana en la final, al competir junto a Karem Achach en Río 2016.
Otras siete medallas de oro llegaron en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla 2018, pero una de ellas tuvo un peso distinto. Era una despedida. Días antes de competir, su abuela Carmen había fallecido, y esa rutina, ese oro, fue para ella.
Ofreció una clase magistral que cruzó el agua y la ausencia. Al final, la medalla de oro no solo colgó de su cuello: fue también un tributo silencioso, elevado al cielo.
La postergación de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 fue un golpe inesperado en la pandemia: todo su calendario se desdibujaba y el retiro, que había planeado con tanto cuidado, parecía adelantarse sin aviso.
Ese mismo año, enfrentó alopecia areata, atravesó una depresión, urticaria y asma bronquial.
—Fue durísimo, comencé a notar huecos en mi cabeza, zonas donde el cabello se caía sin explicación, mechones en las manos. En medio de tanta incertidumbre. Fue entonces cuando entré en una crisis profunda. Era mi depresión.
Un escenario silencioso en Tokio, donde compitió ante gradas vacías. Luego, cuando se apagaron las luces, llegaron las dudas, implacables, como oleaje que no cesa.
Y descubrió su temor más profundo. No era solo incertidumbre: era miedo. Miedo de llegar a París 2024… o tal vez, aún peor, miedo de no llegar.
—Ahí es cuando digo, prefiero lucharlo y nadarlo a quedarme aquí sentada viendo la televisión y saber que lo pude haber intentado.
Aún se avecinaba un reto mayor. Su voz ahora era imprescindible y profundamente necesaria para definir el cierre de su carrera y su legado.
Nuria cometió un error en el agua. El primero y único en toda su carrera, justo en una rutina de competencia en el Campeonato Mundial de Doha 2023. En una disciplina en la que un solo segundo de descuido puede costar muy alto, más con el nuevo reglamento que no da tregua a fallar.
—Mi equipo me vio llorar —recuerda—. En la última figura, un bloqueo me atrapó y la olvidé por completo. Estuvimos a un paso de quedar fuera. Salí de la alberca destrozada. Tienes que mantener esa famosa póker face, sonreír, fingir que nada pasó.
El equipo mexicano nadó contra la adversidad rumbo a París 2024. En el camino, enfrentaron la ausencia de becas deportivas, la falta de presupuesto para viajes de preparación y de competencia y las frases hirientes de la entonces directora de la Conade, Ana Guevara, quien llegó a sugerirles que mejor se dedicaran a “vender calzones y Tupperware”.
Entre entrenamientos agotadores, vendían trajes de baño y toallas para sostenerse. Al mismo tiempo, abrieron un frente legal para pelear por las becas que les habían sido retiradas en el camino a París. El equipo se unió para enviar un mismo mensaje y Nuria dio un paso al frente para tomar los micrófonos. Era la voz ganada durante el tiempo.
Las nadadoras mexicanas sorprendieron al conquistar tres medallas de oro y una de bronce en la Copa del Mundo de Somabay, Egipto. Fue una actuación histórica: cuatro preseas inéditas para México en una competencia de este nivel, ganadas contra todo pronóstico y sin becas deportivas.
—Entonces, como lideresa, lo que hice fue ser completamente congruente. Tenía que involucrarme porque nuestra participación olímpica estaba en riesgo.
Una cifra que sorprende aún más si se considera que seis oros le fueron retirados años atrás. Nuria cerró su participación en los Juegos Centroamericanos y del Caribe San Salvador 2023 como la máxima medallista de oro en la historia, con 18 preseas áureas obtenidas a lo largo de cinco ediciones.
Continúo la clasificación olímpica y como si el destino exigiera dramatismo el boleto a París 2024 se decidió por una fracción mínima: apenas 0.6638 puntos separaron a México de Estados Unidos. Medio suspiro de diferencia. México volvía a unos juegos olímpicos con equipo completo, 28 años después de su última aparición en Atlanta 96.
Con nostalgia, vuelve a su memoria la última rutina olímpica en París, hace ya un año. Recuerda haber mirado hacia lo alto y, en silencio, decirse a sí misma: “Esto se acabó”.
En un parpadeo, Nuria vuelve al presente.
— ¿Quién es Nuria sin el maquillaje, sin el tocado, sin la grenetina?
—Sí, la he ido descubriendo. Hay mucho de esa Nuria deportista que sigue estando todos los días aquí. Soy una persona que así como en el agua me gustaba que las cosas salieran perfectas, también me he encontrado con una Nuria que le encanta sorprenderse.
—¿Cuál fue tu victoria más importante fuera de la alberca?
—Mi bebé, recibir a Macarena junto a Javi, mi esposo.
En su casa, hay un piano que mira de frente. Le pido que toque algo. Espera unos segundos a que las notas le encuentren los dedos y comienza a tocar Let it Be, de The Beatles.
Parafraseando la letra, “Déjalo ser” o “Déjalo estar”. Un homenaje a la aceptación de los hechos de la vida. No es casualidad, es la canción que tocó antes de irse a vivir a la Ciudad de México a los 14 años. Y hoy vuelve a sonar. Es una inevitable despedida.
