El oído del campeón: Randal Willars y su conexión entre la música y los clavados

El oído es el secreto mejor guardado de un clavadista.
Desde la niñez Randal Willars escuchaba música clásica y aprendió a tocar el piano a los 5 años de edad. Desarrolló un oído musical que con el tiempo le ayudaría a practicar clavados, una disciplina que tiene relación con el oído y el ritmo, y el ritmo, a su vez, con la música.
Randal explica en entrevista que los clavados son un deporte de sensación, autopercepción y conexión. “Sentir el cuerpo, el espacio y el ritmo hasta llegar al agua. En la música el oído también lo es todo, primero la sientes y luego la interpretas”, explica el clavadista mexicano como si intentara leer una partitura.
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Cuando tira un clavado desde la plataforma de 10 metros sincronizados conserva un conteo interior para llevar un mismo ritmo junto a compañero —en este caso Kevin Berlín— con quien hace dupla en el Campeonato Mundial de Singapur, aunque también compite en la prueba individual, en la que presume un diploma olímpico con un cuarto lugar en París 2024.
El oído le permite saber a cuánta distancia está de tocar el agua. Se ha enfrentado a competir en albercas oscuras, donde no ve adecuadamente por falta de iluminación o cuando al aire libre el sol golpea con fuerza la vista y es entonces cuando el oído compensa la falta de visión.
“Tú sabes, en todo momento, más o menos, a qué distancia estás del agua. Incluso en los clavados hacia atrás, donde muchas veces ni siquiera ves el agua y pareciera que puedes sentir a qué distancia está de ti. Es una combinación de varios sentidos que se conectan”, desmenuza el secreto.
Especialistas explican que el oído interno contiene el sistema vestibular y este sistema detecta los movimientos de la cabeza y ayuda a mantener el equilibrio. En tanto, si se ve afectado por una infección o vértigo el clavadista puede experimentar mareo o sensación de que todo gira —vértigo—, pérdida de control corporal, incluso dificultad para mantener la orientación en el aire.
Randal Willars, el mexicano que ejecuta el clavado de mayor grado de dificultad a nivel mundial, revela que entra en juego una combinación de sentidos —la vista, el oído— que conectan para dar esa claridad espacial, que es tan importante para un clavadista. La precisión no solo se entrena con el cuerpo; también con los sentidos, en esta caso el oído, un sentido clave en un deporte donde todo ocurre a gran velocidad y en fracciones de segundo.
“Hay compañeros que sí han tenido infecciones en el oído y tengo compañeras sobre todo que padecen de vértigo. Entonces sí les afecta muchísimo a la hora de realizar clavados y muchas veces el ver el agua desde arriba sienten que se les mueve”, recuerda. Los oídos pueden doler si hay una congestión nasal, ya que sienten presión al entrar al agua. Además, si tienen dolor de cabeza, sumergirse a alta velocidad puede llegar a ser molesto.
La música es herencia de sus padres, a quienes describe como personas con un gran repertorio musical. “La música es algo que da mucha vida”, afirma. En su infancia su abuela le pedía que le tocara el piano. Sin embargo, desde que se dedica a una vida 100 por ciento inmersa en los clavados ya no tiene tiempo para practicar y el piano se convirtió solo en un pasatiempo de su niñez. “Me gustaba bastante escuchar una canción y replicarla a través del oído”.
Sus géneros musicales favoritos son el rap, hip hop, banda, balabas románticas, el reguetón y, de vez en cuando, la música clásica. Aunque no es de los que escucha música durante las competencias, prefiere sentir el ambiente del complejo acuático sin interferencia de unos audífonos.
Randal afronta el ciclo olímpico a Los Ángeles, hacia donde trabaja para conseguir una medalla olímpica —su mayor anhelo—. “Quiero llegar en mi mejor versión. Mi sueño es ganar una medalla olímpica, pasar la historia y estar considerado uno de los mejores clavadistas”.
Confiesa que todavía no hay una canción que resuma su vida, así que ha decidido escribir su propia letra.
