ARCHIVO SI | Derek Jeter, Deportista del Año 2009

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. Nos remontamos a diciembre de 2009, No se trata tanto de lo que logró a los 35 años —un quinto anillo de Serie Mundial coronando una temporada histórica, sin duda— sino de cómo el shortstop de Yankees llegó a su lugar icónico. Ser el jugador de equipo definitivo y un modelo a seguir sinónimo de triunfo le ha traído otro título más.
Derek Jeter, reconocido como Deportista del Año 2009 por Sports Illustrated.
Derek Jeter, reconocido como Deportista del Año 2009 por Sports Illustrated. / Theo Wargo/Getty Images

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es 2009 SPORTMAN OF THE YEAR DEREK JETER, de Tom Verducci, publicada originalmente el 7 de diciembre de 1991.

Cada amanecer es una nueva oportunidad de victoria para Derek Jeter. Cada día es una invitación a competir con la misma sonrisa y el mismo entusiasmo de aquel niño en el espejo que lo miraba de vuelta en la víspera del día inaugural de la Little League en Kalamazoo, Michigan. El joven Derek se contemplaba por primera vez en su nuevo uniforme —en realidad una camiseta, con el nombre serigrafiado de un patrocinador, como D.M. BROWN CO.— y luego corría a mostrársela a su mamá, Dorothy, y a su papá, Charles. Al día siguiente habría un desfile, cada niño con su nueva camiseta marchando unas cuantas cuadras hasta el campo de la Little League. Un cuarto de siglo después, el Dr. Charles Jeter puede cerrar los ojos y seguir viendo a su hijo caminando por Kalamazoo, “sonriendo… con el pecho erguido… se parece a su mamá”.

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Ahora, sin embargo, hay algo todavía mejor. Charles puede abrir bien los ojos y ver a ese mismo niño jugando shortstop para Yankees de Nueva York. “Todavía veo esa misma alegría”, dice Charles.

La necesidad de ganar de Derek Sanderson Jeter no conoce descanso ni discreción. Ya sea haciendo una broma o conectando un hit, persigue la victoria con la convicción shakespeariana de que “las cosas ganadas están hechas; el alma de la alegría yace en el hacer”.

Este fue un año muy bueno para el alma del shortstop de Yankees, cuya búsqueda de la victoria alcanzó un nuevo punto culminante a las 11:49 de la noche del 4 de noviembre, cuando se convirtió en campeón de la Serie Mundial por quinta vez. Después de que Yankees cerrara la serie frente a Phillies en seis juegos, jugadores, ejecutivos, trainers, batboys, amigos, novias, familiares y acompañantes llenaron casi por completo los 3,344 pies cuadrados del clubhouse de celebración del equipo. Charles y Dorothy Jeter, sin embargo, no estaban por ningún lado. Solo han estado una vez en el clubhouse de Yankees, en 1995, cuando Jeter llegó por primera vez a las Grandes Ligas, e incluso entonces uno de sus compañeros tuvo que convencerlos de entrar y permanecieron ahí apenas unos minutos.

“Ellos piensan: ‘Aquí es donde trabajas’. No quieren estorbar”, explica Jeter, “pero aun así quieres compartirlo con ellos”.

Así que Jeter salió del clubhouse hacia un pasillo de servicio, donde Dorothy y Charles estaban de pie. Cada uno abrazó a su hijo y le dijo lo orgulloso que estaba de él. “Gracias”, les respondió.

Habían pasado nueve años desde que Nueva York ganó el campeonato mundial. Entonces Jeter tenía apenas 26 años, el joven príncipe de la ciudad. Ahora tiene 35, viene quizá de la más impresionante de sus 15 temporadas en Grandes Ligas y porta la pátina de un hombre plenamente realizado. El verano pasado, mientras su hijo perseguía el récord de hits de la franquicia, en poder de Lou Gehrig, Dorothy y Charles le dijeron a Derek que se tomara tiempo para saborear lo que estaba ocurriendo. “Siempre estoy pensando en lo siguiente”, dice Derek, “así que ellos se aseguran de decirme que aprecie las cosas mientras las estoy viviendo”.

“Creo que cuando le dije eso estaba hablándole a él, pero también a mí mismo”, dice Charles. “He estado muy orgulloso de él, dentro y fuera del campo. Ya es un hombre adulto. La manera en que ha crecido… este año me ha hecho reflexionar”.

Dos días después de ganar la Serie Mundial, Yankees fue homenajeado con un desfile por el Canyon of Heroes en Lower Manhattan. La mayoría de los jugadores de Yankees estaban acompañados por esposas, novias, hijos o celebridades. Jeter recorrió Broadway en un carro alegórico junto a su mamá, su papá y su hermana Sharlee. “Prácticamente les dije: ‘Van a venir al carro alegórico, ¿verdad?’”, dice Jeter, quien también estuvo acompañado por su novia, la actriz Minka Kelly. “Y ellos dijeron: ‘Sí, nos gustaría’. Siempre me gusta compartir las cosas con mi familia. Ellos son la razón por la que estoy aquí. Son tan parte de esto como yo”.

El buen hijo amó el desfile. Sonrió todo el tiempo, con el pecho erguido.

Fue un año pleno para Jeter. Además de ganar su quinta Serie Mundial y romper el récord de hits de Lou Gehrig con el equipo (y el récord del miembro del Salón de la Fama Luis Aparicio de más hits para un shortstop), ganó su cuarto Gold Glove, su cuarto Silver Slugger como el shortstop con mejor bateo de la liga, el Premio Roberto Clemente por su labor humanitaria y el Premio Hank Aaron como la elección de los aficionados al mejor bateador de la Liga Americana.

Jeter bateó para .334 —entre los shortstops de los últimos 100 años, solo Honus Wagner ha bateado para un promedio superior después de cumplir 35 años— y acumuló 200 hits y 30 bases robadas por tercera vez; ningún otro shortstop, de cualquier edad, ha alcanzado esas cifras más de una vez. Bateó .407 en la Serie Mundial, jugando su mejor beisbol al final de una odisea de 10 meses y 190 juegos que incluyó el World Baseball Classic, el spring training, la temporada regular y tres rondas de playoffs. Jeter fue el capitán del equipo de Estados Unidos en el WBC, tras lo cual el comisionado Bud Selig le envió una carta de agradecimiento en la que lo llamó “el principal campeón y embajador de Major League Baseball”.

“Usted encarna lo mejor de Major League Baseball”, escribió Selig en la carta del 30 de marzo. “Como le mencioné en nuestra reciente conversación telefónica, ha representado magníficamente a este deporte a lo largo de su carrera digna del Salón de la Fama. Dentro y fuera del campo, usted es un hombre de gran integridad y tiene mi admiración”.

Por esos logros, pero sobre todo por la manera íntegra y desinteresada en que los consiguió, Jeter es el Deportista del Año 2009 de Sports Illustrated. Es el primer jugador de Yankees en ganar el premio en sus 56 años de historia y apenas el tercer pelotero en los últimos 34 años en obtenerlo de manera individual, uniéndose a Orel Hershiser (1988) y Cal Ripken Jr. (1995).

Jeter es un anacronismo si se cree que los modales y la humildad, pilares del espíritu deportivo, están perdiendo terreno en una cultura deportiva cada vez más obsesionada con las estadísticas y el ego, donde el simple acto de realizar un tackle, encestar una clavada o conectar un hit exige alguna representación teatral de celebración, una marca territorial con fines individuales. Jeter es una estrella sin adornos, y no solo en el sentido literal de estar libre de tatuajes, perforaciones, groserías, séquitos y otros clichés del kit inicial del gran atleta profesional. La actriz Kim Basinger capturó alguna vez la esencia de Jeter tan bien como cualquier scout, cuando le dijo a SI en 1999: “Es guapísimo, y ni siquiera me gusta esa palabra. A las mujeres les gustan los hombres con una gran presencia, pero que la minimizan un poco. Es muy atractivo”.

Esa humildad natural, combinada con sus enormes habilidades, es el mismo atributo que hace a Jeter tan atractivo tanto para compañeros como para rivales. Hay una fluidez natural en la manera en que Jeter se mueve, dentro y fuera del trabajo, que hace sentir cómodas a las personas. Incluso a los 18 años, cuando Yankees lo envió a la Instructional League para trabajar en su fildeo, Jeter tenía la capacidad de consolidarse como un macho alfa dentro de un grupo de peloteros sin necesidad de imponerse físicamente.

“De inmediato los jugadores se sintieron atraídos por él”, dice Brian Butterfield, entonces su instructor y hoy coach de Blue Jays. “Caía muy bien, tenía una gran disposición, un buen sentido del humor y siempre una sonrisa, pero cuando llegaba el momento de trabajar, esa sonrisa se transformaba en una expresión seria. Además, tenía la mejor capacidad de aprendizaje que he visto. Lo que trabajábamos, lo aprendía muy rápido”.

El don poco común de Jeter como atleta superestrella es que no inspira tanto asombro como tranquilidad. Estar cerca de Jeter es creer genuinamente que las cosas saldrán bien, ya sea si eres un fanático que aún quiere creer en el poder inspirador del deporte y de quienes lo practican, o un Yankee que quiere creer que hay alguna forma de remontar tres carreras abajo, a cinco outs de la eliminación, frente a Pedro Martinez en su mejor momento.

“Todo lo que hace tiene una gracia especial”, dice Billy Beane, gerente general de Athletics. “Incluso ahora, en esta última postemporada, la gente me decía: ‘Debes estar apoyando a cualquiera menos a Yankees’. Pero sabes, quizá por Jeter, Yankees sabe cómo ganar. No es una actuación. La marca Yankees en esta era es que es la era de Jeter. Es parecido a lo que fue DiMaggio en su época”.

Hace ocho años, según recuerda, Beane vio a Jeter correr a primera en una rola rutinaria al shortstop en las entradas finales de un juego rutinario en el que Athletics vencía a Yankees. Jeter recorrió la línea de primera base en 4.1 segundos, un tiempo solo posible con un esfuerzo total. Beane quedó tan impresionado por el sprint que ordenó a su staff mostrar el video de esa jugada a todos los jugadores de la organización durante el spring training del año siguiente.

“Aquí tienes a uno de los mejores jugadores del juego”, dice Beane, “que ya había ganado su dinero y tenía cuatro campeonatos en ese momento, y está tres carreras abajo en la séptima entrada corriendo así. Era una manera de mostrarles a nuestros muchachos: ‘Creen que corren fuerte, hasta que ven correr a un campeón y a un miembro del Salón de la Fama’. No es que nuestros muchachos estuvieran flojeando, pero esto es diferente. Si Derek Jeter puede correr al máximo todo el tiempo, todos los demás deberían preguntarse personalmente por qué no pueden hacerlo”.

Cuando le cuentan la historia, Jeter dice: “Se siente bien cuando alguien aprecia la manera en que haces las cosas. Lo mío siempre ha sido: solo juegas tres horas al día. Lo mínimo que puedes hacer es jugar duro. ¿Qué tienes, cuatro o cinco turnos al bate? O.K., no es difícil correr, dar el cien por ciento. Es esfuerzo. No necesitas talento para el esfuerzo”.

La idea de Jeter como modelo va mucho más allá de los 90 pies. Es un ejemplo no sólo de cómo jugar béisbol, sino también de cómo mantenerse en la cima del inestable pedestal de la fama. DiMaggio nunca nadó en las peligrosas corrientes que Jeter ha conocido. Jeter atravesó la era de los esteroides, 15 temporadas bajo la vigilancia de los tabloides de Nueva York y el auge de internet, los blogueros y las cámaras de celulares, y salió adelante, en lo que respecta a notoriedad, también sin manchas. Cuando Jeter rompió el récord de hits de la franquicia de Gehrig, ante los Orioles el 11 de septiembre, el ex lanzador derecho All-Star Curt Schilling escribió en su blog: “Derek Jeter siempre ha estado por encima del ruido. Como alguien que se ha revolcado en él, que ha metido la pata cientos de veces, ha dicho tonterías y respaldado cosas aún más tontas, es refrescante. Se presentó, jugó y construyó una carrera de Salón de la Fama de primera boleta en el ambiente más difícil del deporte para hacer cualquiera o todas esas cosas.... Sé que competir contra ese tipo, durante la década o algo así en que nos enfrentamos, fue lo que hizo de las Grandes Ligas las Grandes Ligas para alguien como yo.”

¿Cómo lo logró? Jeter fue arrojado a las fauces de Gotham a los 21 años, menos de cuatro años después de graduarse de Kalamazoo Central High, pero incluso entonces entendía los mapas de navegación de la fama, la gran ciudad y el éxito. El ex compañero de equipo David Cone dice que durante meses en aquella temporada de 1996, los veteranos de los Yankees buscaron cualquier apertura típica para irse encima de un novato: la forma en que vestía, las declaraciones que daba a los reporteros, “lo que fuera”, dice Cone, pero no encontraron nada. Finalmente se rindieron. Para la segunda mitad de la temporada de novato de Jeter, sus compañeros dejaron de buscar razones para bajarle los humos y empezaron a buscarlo para que los guiara.

Fue durante esa temporada cuando Jeter le dijo a su padre en una habitación de hotel en Detroit, mientras compartían una pizza: “Papá, quiero iniciar una fundación para ayudar a los niños.”

“Hay muchas maneras de retribuir”, respondió Charles, un consejero en abuso de sustancias con un doctorado en sociología. “Si quieres iniciar una fundación, tienes que poner mucho trabajo. Puedes ayudar sin una fundación.”

“No, esto es lo que quiero hacer”, dijo Derek, “y quiero que me ayudes.”

Ese año Jeter estableció la Turn 2 Foundation para crear y apoyar programas en el oeste de Michigan, New York City y Tampa, donde vive durante el receso de temporada, con el fin de ayudar a los jóvenes a llevar una vida libre de drogas y alcohol. “Pensé que quizá podríamos recaudar cincuenta mil, cien mil dólares”, dice Jeter. La fundación recaudó 300 mil dólares en su primer año. Desde entonces ha otorgado más de 10 millones de dólares en subvenciones, incluidos 500 mil dólares recientemente para lanzar la Derek Jeter Academy en Tampa, un centro ambulatorio de consejería para adolescentes que buscan tratamiento individual o familiar por abuso de sustancias. La fundación es dirigida principalmente por Charles, Dorothy, Sharlee y Derek.

Si imaginaras la vida de un hombre como una bola de hilo en constante crecimiento, con sus experiencias y atributos representados por miles de hebras reunidas a lo largo del camino, prácticamente cualquier hilo que tires en la vida de Derek Jeter te lleva de regreso a sus padres: la hija blanca de un encargado de mantenimiento de una iglesia en New Jersey y el hijo afroamericano de una madre soltera en Alabama. Es gracias a las lecciones de Dorothy y Charles que Derek es la rara estrella deportiva conocida tanto por quién es como por lo que ha hecho.

Dorothy, contadora, y Charles se conocieron en Alemania, donde ambos servían en el ejército. Al regresar a Estados Unidos, la pareja se estableció en New Jersey, donde nacieron Derek y Sharlee, antes de mudarse a Kalamazoo cuando Charles se inscribió en Western Michigan University para cursar una maestría. Dorothy y Charles exigían que Derek y Sharlee firmaran cada agosto un compromiso respecto a reglas de conducta, como evitar el alcohol y las drogas y respetar a los demás.

“Fue criado para respetar su entorno y respetarse a sí mismo”, dice Dorothy. “Cuando te gusta quién eres, vas a respetar a los demás. Es muy simple.”

“Debes tener valores sólidos porque hay personas que no quieren verte alcanzar o lograr cosas”, dice Charles. “No creo que esos valores aparezcan mágicamente cuando tienes éxito. Si no los tienes para entonces, vas a tener muchos problemas.”

“Sería la misma persona sin importar lo que estuviera haciendo o dónde estuviera jugando”, dice Jeter, quien todavía habla con sus padres todos los días. “No es como si estuviera tratando de actuar de cierta manera para hacer feliz a la gente. Sólo soy quien soy. Pero, otra vez, es algo que aprendí desde muy joven.”

La primera vez que Jeter se encontró a una victoria de su quinto campeonato de Serie Mundial fue el 3 de noviembre de 2001, en el Juego 6 de la Serie Mundial contra los Arizona Diamondbacks. La noche salió terriblemente mal para los Yankees, al punto de que el manager Joe Torre, con su equipo perdiendo 15–0, sacó a Jeter, al catcher Jorge Posada y al primera base Tino Martinez del juego en la quinta entrada como un acto de rendición. Jeter caminó al clubhouse para cambiar sus spikes por unos tenis más cómodos para pasto. En la sala de entrenamiento vio a Jay Witasick, un relevista trotamundos de los Yankees que en 1 1/3 entradas había permitido nueve carreras, ocho de ellas limpias, un récord de Serie Mundial para un relevista. Mientras Jeter pasaba junto a él, escuchó a Witasick decir: “Bueno, al menos me divertí.”

“Derek se le fue encima de inmediato”, dice Posada. “Derek no podía creer lo que estaba diciendo. Estaba realmente, realmente molesto. Esa fue la vez más enojado que lo he visto.”

La semana pasada, sentado en un hangar de aeropuerto en Long Beach, California, rodeado de un pequeño ejército de personas para filmar un comercial de Gillette, Jeter asintió cuando se le preguntó sobre el episodio con Witasick. “Lo recuerdo”, dijo Jeter. Lentamente, volvió a alterarse. “¿Divertirse? No puedo relacionarme con eso. De verdad no puedo relacionarme con eso. Nunca lo voy a olvidar. ¿Al menos te divertiste? Nunca lo voy a entender. No quiero entenderlo.”

La ira es una emoción que Jeter rara vez muestra. “Oh, sí”, continuó. “Todo el mundo se enoja. Lo que me enoja es cuando la gente no se preocupa, no cuando fracasa; todo el mundo fracasa, sino cuando la gente actúa como si no le importara. Tienes una oportunidad de hacer algo, y nunca sabes si volverás a tener esa oportunidad.”

Después de aquella derrota contra Arizona, y del revés 3–2 en el Juego 7 una noche después, Jeter y los Yankees tardaron ocho años más en hacerlo bien, en ganar el último juego de la temporada de béisbol, que es la única forma en que Jeter define una temporada exitosa. “Había olvidado lo bien que se sentía”, dice. “Estuvimos en playoffs todos los años excepto en 2008, y cada año piensas que tienes una oportunidad. Luego, cuando pierdes, es muy duro. Creo que debería ser duro para todos. No sé si todos sienten lo mismo que yo, pero inviertes todo ese tiempo, trabajo y esfuerzo para ganar un campeonato, ¿y luego pierdes? Nunca olvidas esa sensación.”

Cada gran pelotero de todos los tiempos establece una marca, una identificación rápida que captura lo que lo hace icónico. Para Ruth, por ejemplo, fue el jonrón. Mays era un cuerpo emocionante en movimiento, Aaron representaba fortaleza de carácter, Mantle un heroísmo de historieta, Koufax la curva, Ryan la recta, Rose el esfuerzo total y Reggie el mes de octubre. Jeter es único en este sentido. Ha forjado una identidad como el máximo jugador de equipo en un deporte de equipo.

De los 2,138 juegos de temporada regular que Jeter ha disputado en su carrera de Grandes Ligas, sólo uno fue irrelevante; es decir, un juego en el que los Yankees habían sido eliminados matemáticamente de la posibilidad de avanzar a playoffs y, posteriormente, de ganar la Serie Mundial. Ha ganado el 60.3% de los juegos en los que ha participado, el porcentaje más alto entre jugadores activos con al menos 1,000 partidos disputados.

Tira de este hilo, de esta necesidad suya de ganar, y por supuesto te lleva de vuelta a sus padres. Derek asistía al kínder por la tarde. Sabía que era hora de ir a la escuela cuando terminaba The Price Is Right. Veía el programa con su padre. Competían entre ellos al jugar la parte final del show, el showcase showdown. “Nunca me dejaba ganar”, dice Jeter. “Nunca me dejaba ganar nada, damas o lo que fuera.”

Kalamazoo le ha dado al mundo cañas de pescar Shakespeare, guitarras Gibson, taxis Checker y la voluntad de ganar de Jeter, en ese orden de rigidez. Si hicieras una lista de las cosas que a Jeter no le gustan, casi todas serían cosas que considera obstáculos para ganar:

1. Individuos a quienes no les importa ganar.

2. Personas que se autopromocionan. “Nunca me gustó la gente que habla de sí misma todo el tiempo, que presume”, dice. “Si eres alguien logrado y has hecho cosas, la gente hablará de eso por ti. No creo que tengas que señalarlo. No estoy juzgando a nadie. Así soy yo.”

3. Medir el éxito por estadísticas individuales. “En estos tiempos, no sólo en el béisbol sino en el deporte en general, lo único que le importa a la gente son las estadísticas, estadísticas, estadísticas”, dice. “Tienes fantasy aquí, fantasy allá, donde prestas atención a las estadísticas. Pero hay maneras de ganar juegos que no te dan una estadística.”

4. Hablar de lesiones. “O juegas o no juegas. Si estás jugando, nadie quiere saber qué te está molestando. A veces es una excusa incorporada para fracasar.”

5. Negatividad. Jeter no quiere tener nada que ver con preguntas negativas de los reporteros ni con comentarios negativos de compañeros. Una vez bateó de 0 de 32 y se negó a admitir que estaba en mala racha. “No se nos permitía usar la palabra no puedo: ‘No puedo hacer esto, no puedo hacer aquello’”, dice Jeter sobre su infancia. “Mi mamá decía: ‘¿Qué? No.’ Ella siempre es positiva. No me gusta la gente que siempre habla de lo negativo, negativo, negativo, porque una vez que caes en esa mentalidad, es difícil salir de ella.”

La semana pasada, un día después de la filmación del comercial con Gillette, Jeter hizo un anuncio para Gatorade en el Angels Stadium. Mientras Jeter y Jack Tiernan, uno de sus agentes en Creative Artists Agency, caminaban hacia una SUV que los llevaría al estadio, Jeter soltó una risa burlona al ver una limusina estacionada junto al vehículo. “¿Alguien va al baile de graduación?”, bromeó. Cuando Jeter estaba por subir a la SUV, el chofer le hizo una señal para detenerse, señaló la limusina y dijo: “Esa es la suya.” Jeter se decepcionó. La empresa de transporte se había esforzado demasiado.

Ver a Jeter filmar un comercial es como verlo jugar para los Yankees: desprende un encanto sencillo y un entusiasmo juvenil que lo convierten en una estrella sin actuar como tal, pero está ahí para ganar. “Un momento puede estar bromeando con alguien en las gradas mientras espera su turno al bat”, dice Casey Close, su agente principal, “preguntándoles: ‘¿Qué creen que me van a lanzar aquí?’ Y luego es como si tronara los dedos, se pierde en el momento del turno al bat y su concentración es increíble. Una de las cosas más impresionantes de él es una tranquila seguridad en sí mismo, una confianza absoluta en exactamente quién es.”

“No creo haber cambiado”, dice Jeter. “Creo que la gente a tu alrededor cambia. La forma en que reaccionan cuando estás cerca. Mis amigos más cercanos los he tenido desde hace mucho tiempo.” Su círculo íntimo es pequeño, poblado por amigos que conoció antes de llegar a las Grandes Ligas, incluidos sus compañeros Posada, Mariano Rivera y Andy Pettitte; dos amigos de toda la vida, Douglas Biro y Sean Twitty; y el ex compañero Gerald Williams, de quien Jeter dice que “siempre estuvo pendiente de mí” en su primer campamento de entrenamiento en Grandes Ligas (1993) y que vive cerca de él en Tampa.

“Hay varias razones por las que los compañeros recurren a Derek y responden a él”, dice Posada. “No pone excusas, sobre nada, y cada vez que escucha algo negativo, va a demostrarte que estás equivocado. Eso lo impulsa a mejorar.”

Para el comercial de Gatorade, Jeter fue filmado en cámara súper lenta de alta definición por una cámara que se desplazaba sobre un riel mientras hacía su característico tiro en salto, un lanzamiento brincando hacia primera base desde lo profundo del hueco del shortstop. La toma era espectacular, casi artística, una especie de Baryshnikov mezclado con The Matrix. “Está casi perfecta”, exclamó entusiasmado el joven director, Adam Berg. Casi. El director intentó más tomas. Jeter finalmente le presentó una propuesta a Berg.

“Te dije que haría cinco saltos y tres barridas”, dijo Jeter, refiriéndose a otra escena en la que se barría en segunda base. “Pero te voy a proponer algo: haré 10 saltos y seis barridas, y todo lo que tienes que hacer es tragarte una cucharada de canela. Si no, cinco y tres. Sólo una cucharada.”

“¿Con agua?”, preguntó Berg.

“Sólo después de tragártela.”

El tiro en salto de Jeter está al nivel de la atrapada de canasta de Willie Mays como una de las jugadas emblemáticas en la historia del béisbol. Aun así, la defensiva de Jeter, especialmente su alcance, ha sido objeto de burla por parte de analistas estadísticos. “No hay forma posible de medirlo”, dice Jeter sobre la habilidad defensiva, la cual, afirma, incluye demasiadas variables que no pueden cuantificarse. “Simplemente no hay manera. Es imposible. Todos tienen derecho a su opinión, pero… no hay forma.”

Después de la temporada de 2007, a los 33 años, Jeter contrató a un entrenador personal, Jason Riley, para mejorar la fuerza de sus piernas y su agilidad. De joven, Jeter no entrenaba nada en noviembre y diciembre. “Lo que descubrí al hacerte mayor”, dice, “es que es mucho más fácil mantenerse en forma que volver a ponerse en forma.” Trabajó con Riley durante todo el invierno, despertándose a las 5:30 a.m. para terminar a las 7:30, incluso antes de los entrenamientos primaverales. Volvió a trabajar con Riley el invierno siguiente. Los resultados fueron evidentes este año, cuando Jeter complació incluso a los analistas estadísticos con la mejora de su alcance y su juego de pies.

Y no mostró señales de declive en el plato. Sólo tres shortstops han bateado por encima de .300 en una temporada con 36 años o más, pero Jeter parece tener la durabilidad para unirse a ellos. De hecho, Jeter, con aproximadamente el mismo número de hits (2,747) que Pete Rose tenía a los 35 años, podría unirse a Rose y Ty Cobb como los únicos jugadores en alcanzar 4,000 hits si juega hasta el inicio de sus 40, y quizá incluso desafiar el récord de Rose de 4,256.

“Quiero jugar mientras me siga divirtiendo”, dice Jeter. “Si no me estoy divirtiendo, no voy a estar ahí sólo por estar. En este momento me estoy divirtiendo tanto como desde las Ligas Pequeñas. La gente dice: ‘¿Cuánto tiempo quieres seguir jugando short?’ No pienso en dónde estaré jugando dentro de seis años. No veo ninguna razón por la que no pueda jugar ahí durante mucho tiempo.”

Alguien consiguió una cuchara de plástico y un frasco de canela. Jeter dejó que Berg los examinara, luego cargó la cuchara con la especia, haciendo todo lo posible por mantener un aire serio. Ya había hecho apuestas similares ese mismo año con su compañero Brian Bruney y luego con uno de los asistentes del clubhouse, que no debe confundirse con otra de sus apuestas favoritas, la de preguntarle a alguien si cree que puede comer cinco galletas saladas en un minuto. Berg no podía creer su suerte; todo lo que tenía que hacer era tragarse la canela y Jeter tendría que darle 10 tomas para conseguir el tiro en salto perfecto.

En cuanto Berg se metió la cuchara a la boca, Jeter saltó hacia atrás riéndose. Rápidamente, Berg comenzó a ahogarse, las mejillas se le inflaron, los ojos se le llenaron de lágrimas y humo de canela comenzó a salir por una rendija entre sus labios apretados. Parecía un hombre a punto de explotar. Berg agarró una botella de agua y comenzó a beber desesperadamente.

“¡Eso es!”, gritó Jeter. “¡Perdiste! El trato era nada de agua hasta que te la tragaras.”

Después de varios minutos para recuperarse, Berg le preguntó a Tiernan: “¿No habla en serio, verdad?”

“Oh, sí habla en serio”, respondió Tiernan.

Otra victoria, por pequeña que fuera, para Derek Jeter, la superestrella de hoy más asociada con ganar. Pero ninguno de los adornos de su éxito —los cinco anillos, el contrato de 189 millones de dólares, los patrocinios nacionales y la actriz de su brazo— captura la esencia de su éxito. Durante los difíciles días de la campaña de Filipinas en la Segunda Guerra Mundial, el general Douglas MacArthur escribió A Father’s Prayer, que comienza: “Build me a son, O Lord.” MacArthur pedía un hijo con, entre otras cualidades, “humildad, para que siempre recuerde la sencillez de la verdadera grandeza.” Ahí reside la verdadera victoria. La gran maravilla no es que Jeter haya ganado tanto, sino que haya ganado tan bien. Es el buen hijo, el buen ganador.

“Usted es un hombre de gran integridad”, le escribió Selig a Jeter en marzo, “y tiene mi admiración.”

“Sabes, quizá por Jeter, los Yankees saben cómo ganar”, dice Beane. “No es una actuación.”

“Competir contra ese tipo”, dice Schilling, “fue lo que hizo de las Grandes Ligas las Grandes Ligas para mí.”

“Cuando te gusta quién eres”, dice Dorothy, “vas a respetar a los demás. Es muy simple.”

“Si eres alguien logrado”, dice Jeter, “la gente hablará de eso por ti. No tienes que señalarlo.”


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Tom Verducci
TOM VERDUCCI

Tom Verducci is a senior writer for Sports Illustrated who has covered Major League Baseball since 1981. He also serves as an analyst for FOX Sports and the MLB Network; is a New York Times best-selling author; and cohosts The Book of Joe podcast with Joe Maddon. A five-time Emmy Award winner across three categories (studio analyst, reporter, short form writing) and nominated in a fourth (game analyst), he is a three-time National Sportswriter of the Year winner, two-time National Magazine Award finalist, and a Penn State Distinguished Alumnus Award recipient. Verducci is a member of the National Sports Media Hall of Fame, Baseball Writers Association of America (including past New York chapter chairman) and a Baseball Hall of Fame voter since 1993. He also is the only writer to be a game analyst for World Series telecasts. He lives in New Jersey with his wife, with whom he has two children.