ARCHIVO SI | La esperanza es eterna: los Spring Training de MLB

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es HOPE SPRINGS ETERNAL, de Tom Verducci, publicada originalmente el 24 de febrero de 2003.
La esperanza, dedujo Aristóteles, es el sueño de un hombre despierto. Estados Unidos, a mitad del invierno en un mundo posterior al 11-S, desafió esa noción la semana pasada.
Cientos de fragmentos de una nave espacial aún yacían esparcidos a lo largo de millas del llamado Bible Belt. La cinta adhesiva, clásico remate del humor de bricolaje, se convirtió de pronto en un recurso serio de defensa civil contra bombas sucias que podrían provenir de agentes de guerra desconocidos. Y las palabras armas de destrucción masiva rodaban con demasiada facilidad fuera de la lengua, incluidas en el ominoso redoble de noticias provenientes del Medio y Lejano Oriente. Mientras gran parte del país escuchaba en busca de sonidos alentadores que sirvieran de distracción, el ya demasiado familiar raspado de una pala contra la entrada cubierta de nieve o el castañeteo de dientes ante el frío de febrero solo los hundía más en un estado de ánimo sombrío.
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Y justo entonces, el viernes pasado, en la mañana de San Valentín, la esperanza —como la entendía Aristóteles— se hizo presente en Mesa, Arizona. Los pitchers de los Chicago Cubs, cuyo grado de vigilia en años recientes podría haber sido cuestionado por filósofos de absolutamente ningún prestigio, comenzaron su primer entrenamiento del spring training. Oigan, con la esperanza —como con el amor, la caridad y un buen vino tinto con cuerpo— ningún gesto es demasiado modesto o insignificante para alimentar el espíritu.
En grupos de media docena, los Cubs subieron a una hilera de montículos unidos y, antes de lanzar pelotas, comenzaron a chasquear toallas de mano. Los pitchers sostenían las toallas en la mano de lanzar, se enrollaban como si estuvieran ejecutando un pitcheo y, sin soltar la tela de algodón, la hacían restallar sobre el guante de un catcher arrodillado al pie del montículo. La toalla solo sonaba cuando el pitcher extendía correctamente el brazo. Era una de esas escenas extravagantes que solo se ven en el spring training.
Qué inicio tan apropiado: los Cubs trabajando en “tirar la toalla”. Este es el año número 95 consecutivo en que intentarán ganar el tercer campeonato mundial en la historia de la franquicia. Cero de 94 no es una mala racha. Es un legado. Es el ADN de esta organización. Los Cubs tratan el corazón del aficionado como Lucy sostiene el balón para que Charlie Brown intente patearlo.
“En todos mis años en el beisbol”, dijo el nuevo manager Dusty Baker, calentando motores, “nunca había visto un grupo de pitchers tan imponentes como este: 6’5”, 6’6”… lanzadores de poder”.
Baker, quizá recuerden, la temporada pasada dirigió a los San Francisco Giants, que llegaron a tener ventaja de cinco carreras en el juego decisivo de la World Series… y lo perdieron. Ningún equipo, ni siquiera los Cubbies, había hecho algo así.
Si el beisbol no es más que una distracción, nada nos lanza por la madriguera de las posibilidades como el spring training. Y la buena noticia —Dios sabe que en estos días aceptamos cualquier dosis— es que el spring training, que hace un año inspiraba sobre todo temor y repulsión, vuelve a ser digno de toda la esperanza que podamos reunir.
La primavera pasada se desarrolló bajo la oscura amenaza de un paro laboral inminente que muchos temían pudiera borrar también la temporada 2003. E incluso si el beisbol cumplía con el calendario completo, el comisionado Bud Selig, como el Grinch que robó la Navidad, había drenado la esperanza antes de que iniciara la campaña con sus constantes lamentos sobre el “equilibrio competitivo”, advirtiéndonos que solo un puñado de equipos ricos podía ganar la World Series. Los equipos sin dinero eran tan inútiles, declaró Selig, que quería eliminar a dos de ellos y contaba con el apoyo de otros dueños para desaparecer a más.
Por supuesto, porque el beisbol tiene el poder regenerativo de la cola de una salamandra, ocurrió lo improbable. Primero, dueños y jugadores firmaron en agosto pasado un acuerdo laboral por cuatro años, garantizando una racha de 11 temporadas ininterrumpidas por primera vez desde que Curt Flood desafió la cláusula de reserva en 1970. Y luego, los Anaheim Angels, una versión “disneyficada” de los Cubs, ganaron el primer campeonato mundial en sus 41 años de historia. Lo hicieron con una nómina de 62 millones de dólares, menos de la mitad de lo que gastaron sus víctimas de la primera ronda de playoffs, los New York Yankees, y menos que otros 13 clubes también.
Además, Anaheim había ganado apenas 75 juegos la temporada anterior y terminó a 41 juegos del primer lugar. De pronto, el Grinch no tenía nada que decir. ¿Equilibrio competitivo? El mundo del beisbol gira más rápido que nunca en estos días. Consideren:
— Seis equipos distintos de la Liga Nacional llegaron a la World Series en los últimos seis años, la primera vez que eso ocurre desde 1986 hasta 1991. — Cada uno de los dos últimos campeones mundiales (los Angels y los Arizona Diamondbacks) nunca había ganado una World Series, la primera vez que sucede en temporadas consecutivas desde 1923 (Yankees) y 1924 (Washington Nationals). — Diez de los últimos 30 equipos que llegaron a la World Series lo hicieron tras haber terminado el año previo con récord perdedor. — Seis de los últimos 15 campeones mundiales ganaron la Serie el año siguiente a una temporada perdedora. En las primeras 83 World Series, solo siete equipos lograron un giro semejante.
Por eso incluso los Cubs, ganadores de apenas 67 juegos el año pasado, pueden ver octubre desde Arizona. El comisionado debió sonar más a Updike que a Seuss: “Los sueños se hacen realidad; sin esa posibilidad, la naturaleza no nos incitaría a tenerlos”. Por eso los aficionados en Detroit casi podían usar su periódico para derretir el hielo en la entrada de sus casas, tan cálido era el titular en negritas: TIGERS INICIAN ASCENSO HACIA LA RESPETABILIDAD. Solo un cínico recordaría que los Tigers perdieron 106 juegos la temporada pasada y luego se deshicieron de su mejor bateador, su único All-Star, su cerrador y su mejor pitcher abridor.
¿Hay un mejor lugar para soñar que bajo la luz y el color de Florida y Arizona en febrero y marzo? Bajo el brillo de Fort Myers, Florida, por ejemplo, fieles con el rostro enrojecido como langosta, recién llegados del lúgubre invierno de Nueva Inglaterra, literalmente tienen que entrecerrar los ojos para ver a sus Red Sox. Son esencialmente aficionados de los Cubs sin el sentido del humor, pero es condenadamente difícil ser calvinista cuando llevas una camisa hawaiana y tienes una sombrillita de papel en tu bebida.
El spring training es el lugar perfecto para la renovación. Solo Washington, D.C., la capital de nuestra nación y del arte de reinventarse, tiene más cirujanos plásticos per cápita que Florida. (Arizona ocupa el noveno lugar en la batalla del bisturí.) Cuatrocientos noventa años después de que Ponce de León llegara a Florida, el retirado pitcher de 40 años David Cone hizo lo mismo la semana pasada… y en busca de exactamente lo mismo. Está en el campamento de los New York Mets, uno de tantos veteranos sin lugar asegurado en el roster que buscan una última oportunidad. Doug Jennings, un outfielder de 38 años que ha jugado en México, Japón, Long Island y Omaha desde su última aparición en Grandes Ligas hace 10 años, entrenó la semana pasada con los Florida Marlins. Phil Hiatt, un tercera base de 33 años, está en el campamento con los Cubs, su novena organización en nueve años.
Siguen llegando, estos “snowbirds” con spikes, porque, como bien sabe Updike, de vez en cuando uno de estos sueños se hace realidad. Fue en Florida, después de todo, donde un pitcher zurdo errático de los Los Angeles Dodgers decidió un día, seis años después de iniciar su carrera, dejar de intentar lanzar cada pitcheo con toda su fuerza. Era un juego dividido de spring training en Orlando, sin el cuerpo técnico de Grandes Ligas presente, cuando entendió que no tenía nada que perder. “Quitarle el gruñido”, así describió más tarde su epifanía. Los bateadores de los Twins no pudieron tocarlo. Sandy Koufax, el gran Koufax del Salón de la Fama, nació ese día en 1961. “Regresé”, escribió alguna vez sobre ese viaje, “como un pitcher diferente”.
Cuarenta y un años después, un derecho venezolano de 20 años lanzó en un juego dividido para los Angels en Arizona. Tampoco estaban los coaches del equipo grande. Pero los instructores de Ligas Menores que sí asistieron regresaron hablando sin aliento del muchacho como un turista hablaría del Gran Cañón. Fue uno de solo tres juegos de primavera en los que participó. Seis meses después, cuando Francisco Rodriguez fue llamado a las Grandes Ligas, sus propios compañeros ni siquiera recordaban haberlo visto en el campamento. Los Angels sí lo recuerdan: saben que no habrían ganado la World Series sin él.
Quizá ahora mismo, en un campo alterno de algún campamento, el próximo Koufax o el próximo K-Rod lanza bajo el brillante sol del spring training, como si se calentara dentro de una incubadora. Tan solo la insinuación de esa posibilidad constituye buena parte de la magia de esta época del año. El spring training solo puede dar vida a los sueños. Que sobrevivan o mueran queda, en última instancia, en manos de la temporada regular.
Al menos esta primavera sabemos que se jugará el calendario completo de 162 partidos. Sabemos que los Minnesota Twins, campeones defensores de la División Central de la Liga Americana, no serán contraídos. Sabemos que hasta cuatro jugadores —Sammy Sosa, Rafael Palmeiro, Fred McGriff y Ken Griffey Jr.— podrían conectar su jonrón 500. (Tan recientemente como en 1964, solo cuatro peloteros en la historia habían alcanzado esa cifra.) Sabemos que Roger Clemens necesita apenas siete victorias para llegar a 300. Sabemos que al menos un equipo que perdió más juegos de los que ganó el año pasado será etiquetado como la gran sorpresa… y quizá algo mucho más grande.
La iconografía familiar del spring training trae consigo una sensación de certeza. Está la palmera, símbolo de firmeza ante la adversidad, descrita en el Corán como surgida del residuo del barro que formó a Adán, estimada por los romanos como botín para gladiadores victoriosos y venerada por los relevistas por el pedazo de sombra que ofrece sobre la loma del outfield en el pintoresco y soleado Holman Stadium, hogar invernal de los Dodgers durante 55 años.
Hacia el oeste se alzan los cactus, la mayoría florece solo en primavera y solo por un breve lapso, algunos apenas durante horas… muy parecido al fenómeno anual del spring training que no puede batear nada cuando inicia la temporada.
Entre los saguaros, el jueves por la mañana en un parque público de Phoenix donde entrenan los Athletics, podías encontrar a Barry Zito, ganador del Cy Young de la Liga Americana en 2002, soltando el brazo. Imagina a Plácido Domingo practicando en un bar de karaoke o a Tiger Woods pegando un par de cubetas en el campo municipal de la esquina, y entenderás la hermosa falta de pretensión del spring training. Zito vestía calcetas amarillas hasta la rodilla, shorts verdes, camiseta amarilla y una gorra con la etiqueta aún colgando de un orificio de ventilación. Ahí estaba un chico jugando a tirar la pelota, o como escribió Wordsworth, “la gloria y la frescura de un sueño”.
Cuando Zito terminó de lanzar, después de cruzar la puerta de cristal del vestidor —de nivel preparatoria— con el recordatorio maternal de no cleats, un reportero le preguntó qué opinaba del spring training. “Está cool”, respondió. “Después del invierno es bueno volver al trabajo, reunirse otra vez con todos los buddies”. Y luego encontró la palabra perfecta para este año. “Es purificador”, dijo.
No intenten decirme que el spring training y sus juegos sueltos y desarticulados no significan nada. Este año el significado es más espeso que el bloqueador SPF 30 sobre un fan de los Milwaukee Brewers en Phoenix. El spring training, que siempre parecía llegar en el momento justo, ha recuperado su ritmo.
Es una vez más un ritual a la antigua, y para un deporte que permanece en nuestros corazones más por lo que creemos que fue que por lo que es, eso es algo muy bueno, especialmente en tiempos turbulentos como estos.
Así que adelante: tengan toda la esperanza que quieran.
