ARCHIVO SI | José Canseco: ¿Qué dices, José?

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es WHADDAYA SAY, JOSE?, de Rick Reilly, publicada originalmente el 20 de agosto de 1990.
A José Canseco le encantan las películas de monstruos, aunque tiene una queja. “Siempre, siempre gana el bueno”, dice. “¿Por qué el monstruo nunca puede ganar?”
José Canseco está sentado en el autobús de los Oakland A’s, mirando a 500 personas que no pueden decidir si quieren erigirle una estatua, invitarle una cerveza o romperle su apuesto rostro.
Canseco acaba de salir por la entrada de los jugadores en el Cleveland Stadium y subió al autobús sin firmar autógrafos, y ahora la multitud está al borde del motín. Canseco no firma porque los aficionados le rayan la camisa con sus plumas, le manosean la ropa y lo rodean con tanta fuerza que “lo único que terminan obteniendo es algo que parece una X”, dice. Además, una vez en Arlington, Texas, un niño pequeño quedó prensado contra una barandilla por la avalancha de gente que buscaba un autógrafo de Canseco. Un grupo de reporteros tuvo que intervenir para liberar al muchacho.
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Desde el autobús, Canseco le grita a un reportero: “Sal tú ahí. Regresarías sin ropa y con un solo brazo”.
Los 500 se desesperan. Algunos intentan el método amable. “¡Can-SAY-co! ¡Can-SAY-co!” Lo distinguen vagamente a través del vidrio polarizado del autobús. Saben que es José y anhelan aunque sea una pequeña firma de su pluma en sus pósters, gorras y tarjetas de beisbol. Otros prueban con amenazas. Un hombre con gorra naranja grita hacia la puerta abierta del autobús: “¡Demasiado dinero! ¡Demasiado maldito dinero!”. Algunos recurren a los insultos. “¡Hey, José, haznos el saludo de cinco millones de dólares!” “¡Vago, sal acá!” “¡A ver esos músculos de esteroides!”. Canseco sonríe.
Cuando el autobús se aleja, los más desesperados hacen algo curioso: intentan tomarle fotos a través del vidrio oscuro—con flash, nada menos.
“¿Por qué hacen eso?”, pregunta un jugador en el autobús. “Saben que no va a salir”.
Con José Canseco, tomas lo que él te da.
El mundo de José Canseco es grande. Sus jonrones son grandes. Sus casas—en Miami y Oakland—son grandes. Su lancha Cigarette es grande, 42 pies de proa a popa, con espacio para 20 personas. Fue el jugador con más votos de las Grandes Ligas para el All-Star Game de este año en Chicago, y aun así recibió, por mucho, la mayor cantidad de abucheos en Wrigley Field. Su esposa, Esther, es pequeña, pero su cabello es grande. Su montaña de dinero es muy grande; gana 4.7 millones de dólares al año, o 536 dólares por hora, incluso mientras duerme. Su risa es grande. Cuando comete errores, los comete a lo grande. Su talento es enormemente grande, casi tanto como su potencial. Es grande físicamente—1.93 metros y 240 libras—aunque su cintura es pequeña, talla 33. Su bate es de los más grandes que alguien puede usar—35 pulgadas y 35 onzas. Su imagen pública es grande: arrogante e inmaduro, armado y peligroso, egocéntrico y egoísta. Pero los malentendidos son aún más grandes. ¿Crees que conoces a este tipo? Gran error.
José Canseco es el tema, y el columnista del San Francisco Examiner Bill Mandel, un hombre que nunca lo ha conocido, ofrece esto: “Soy de Nueva York y en Nueva York hay una palabra para tipos como Canseco, y esa palabra es schmuck”.
Está bien, si Canseco es un schmuck, ¿por qué pasa tanto tiempo en el Miami Youth Club, jugando basquetbol con los chicos, quedándose a cenar espagueti con ellos, donando cientos de pares de tenis a la vez?
Si Canseco es un schmuck, ¿por qué está tan involucrado con la fundación Make-A-Wish, que cumple los deseos de niños moribundos?
Si Canseco es un schmuck, ¿por qué pagó para que un niño con leucemia fuera trasladado en avión de Sacramento a Scottsdale, Arizona, para el spring training de los A’s?
Si Canseco es un schmuck, ¿por qué condujo hasta Pleasanton, California, para recaudar dinero para un niño paralizado llamado J.O., firmando autógrafos durante cuatro horas y media?
Y si Canseco es un schmuck, ¿por qué le regaló a su hermano una casa y un Porsche 911 nuevo, y a su padre un Cadillac nuevo?
José Canseco es un virtuoso del beisbol, una flor atlética que florece una vez por siglo. Lo sabemos porque él mismo lo mencionó el otro día.
“Voy más allá del típico jonronero”, dijo. “Algunos toleteros sólo pegan jonrones. Yo asesino la pelota. Puedo hacer las cinco cosas que necesitas en un gran jugador: bateo, bateo con poder, corro, fildeo y tengo un gran brazo”. Y lo mejor, dice, aún está por venir: “Cada año verán a un José Canseco mejor. Cada año eclipsaré las estadísticas del año anterior”.
Will Rogers dijo una vez: “Ningún hombre es grande si cree que lo es”, pero Will Rogers nunca vio un box score de José Canseco. Hasta el domingo, Canseco bateaba para .296, con 34 jonrones y 82 carreras impulsadas. Y eso después de perderse la mayor parte de junio por problemas de espalda. “No entren en pánico conmigo”, dijo un día en Oakland durante su periodo de lesión. “Todavía puedo pegar 50 este año”.
Judd Rose, de ABC’s Prime Time Live, le preguntó por qué es tan popular.
“Soy José Canseco. Hago cosas fuera de lo común. Soy el primer jugador 40-40. Peso 235 libras y corro de home a primera en 3.8 segundos. Voy a robar bases y voy a pegar muchos jonrones. Voy a jugar una gran defensa. Voy a sacar gente out con mi brazo. De esto es de lo que los aficionados quieren oír”.
La cosa es que quizá tenga razón.
A José Canseco le preguntan si alguna vez será el tipo de jugador que te da 200 hits.
“No”, responde, “pero puedo darte 200 ponches. ¿Qué tal eso?”
Casi lo dice en serio. A Canseco no le importa en lo más mínimo llegar a 200 hits. Y le importa aún menos el promedio de bateo.
“Creo que el promedio está sobrevalorado”, dice. “¿Qué preferirías ver: a un tipo que se va de 3-3 en un juego sin impulsar carreras, o a un tipo que no conecta hit en toda la noche hasta que pega un jonrón de tres carreras para ganar el partido? ¿Preferirías ver a Wade Boggs pegar dos hits al lado contrario o verme a mí pegar un jonrón de 500 pies?
“A la gente incluso le gusta verme poncharme, porque hago swings muy fuertes. Ahí está la emoción. Es todo el enfrentamiento con Roger Clemens. La recta de 98 millas por hora contra mí. Puede que me ponche cuatro veces, pero mi 0 de 4 es más emocionante que Wade Boggs pegando dos hits al lado contrario”.
José Canseco es más fuerte que el amoníaco. Una vez pegó un jonrón en Seattle con el bate roto. En el Humpdome de Minnesota conectó una pelota que recorrió 457 pies y casi llegó al inalcanzable segundo nivel. Su jonrón en el Juego 4 de la serie de campeonato de liga en Toronto el año pasado fue el primer y único cuadrangular que llegó al quinto nivel en la historia. Claro, el nuevo SkyDome de Toronto es el único estadio con cinco niveles, pero ¿y qué? La pelota cayó en la quinta fila del quinto nivel, en la apropiadamente numerada Sección 540—la mayoría de las estimaciones dicen que la bola recorrió al menos 540 pies.
Canseco pegó un grand slam en el SkyDome este año que rebotó contra el restaurante que da al jardín central. El niño que estaba sentado junto a la ventana en el restaurante dijo que no estaba preocupado. “Sabía que el vidrio era irrompible”, dijo. Ahora el chiste del día en el restaurante es: “Mesero, hay una pelota de fly en mi sopa”.
Después de que Canseco conectó un jonrón de 430 pies hacia las gradas del jardín derecho en Oakland con un fuerte viento soplando en contra desde ese mismo lado, Reggie Jackson dijo: “Los pega donde yo los pegaba, y él es derecho”. Su excompañero Dave Parker dice que Canseco “es la máquina ofensiva más devastadora en la historia del beisbol. Lo he visto pegar jonrones al jardín derecho que pensarías que fueron conectados por Willie Stargell o Mickey Mantle”. El grand slam de Canseco en el primer juego de la Serie Mundial de 1988 golpeó la cámara de NBC en el jardín central tan rápido que el camarógrafo ni siquiera tuvo tiempo de agacharse. Al día siguiente, Canseco firmó la abolladura.
Pero el jonrón más largo que Canseco haya conectado quizá fue uno en un derby de jonrones en el que el perdedor pagaba la cena contra su hermano, Ozzie, hace cuatro años. Canseco conectó una pelota en Coral Park High School, en Florida, que apenas estaba comenzando su ascenso cuando pasó la marca de los 410 pies en el jardín central; voló sobre la acera más allá de la cerca, sobre el césped, cruzó la calle, pasó más césped, más acera, luego volvió a entrar a la atmósfera y terminó cayendo en el techo de una casa. “Fue lo más increíble que he visto”, dice Ozzie. “Voló al menos 600, quizá 700 pies”.
José Canseco dice que no puede hablar ahora. No aquí. Tampoco en el hotel. Ni en su casa ni en el auto, ni en el avión ni en el autobús del equipo. Tampoco durante el almuerzo o la cena o el café o unos tragos. No hablará en el autobús y tampoco puede hablar mientras el trainer trabaja en su espalda.
Puede hablar, sin embargo, mientras se viste antes del juego.
“Vas a destrozarme”, dice. “¿Por qué no me destrozas de una vez y ya?” (Se quita la camisa). “No me afectará.” (Se pone las medias del uniforme).
Pero ¿cómo puede alguien conocer al verdadero José Canseco si José Canseco no quiere hablar?
“No puedes conocerme en cuatro días”. (Pantalones del uniforme).
“No puedes conocerme en cuatro semanas”. (Muñequeras).
Una serie de factores—los problemas de Canseco con la ley, la acusación del escritor de beisbol Thomas Boswell de que usaba esteroides y un par de artículos muy críticos en la prensa—se han combinado para apagar lo que podría ser la entrevista más ingeniosa y fresca en el beisbol. Canseco entra ahora a cada entrevista como si tuviera cuenta de 0-2 y todo el mundo le estuviera tirando spitters.
“La gente ya tiene una opinión de mí”, dice. “Lo que digas ahora no va a cambiar eso. Algunos creen que soy buena persona. Otros creen que soy terrible. Los que me conocen saben quién soy. Ni siquiera quiero que la gente me conozca… ¿Por qué debería importarme lo que pienses o escribas sobre mí?”
Y casi le crees hasta que lo ves al día siguiente.
“Entonces”, dice, “¿vas a escribir un artículo positivo o qué?”
Datos curiosos de José Canseco: cámbialos, intercámbialos, colecciónalos…
Le encantan las canciones de baile con mucho bajo. Mientras más bajo, mejor. Cuando llega al estadio de Oakland en su Porsche blanco con el estéreo a todo volumen, los cristales tintinean hasta en San José.
Le encanta la comida italiana y la comida cubana, ambas preparadas por Esther tan bien que pueden hacer llorar a un hombre adulto. Su favorita es el manicotti relleno.
No bebe ni fuma, y jura que nunca ha tocado las drogas.
Sin embargo, sí tiene un problema de abuso con una sustancia: los autos. Es adicto. Ha sido dueño de un Jaguar metálico rojo de 12 cilindros, de ese hermoso Porsche blanco y de un Lamborghini blanco, entre otros.
Canseco no quiere revelar qué bellezas hay ahora en su garaje. “No quiere que la policía lo sepa”, dice Esther.
José Canseco Sr. tenía apenas 19 años cuando se casó con Barbara Capaz, una mujer hermosa según cualquier criterio, alegre, encantadora y una excelente costurera y cocinera. Ella le dio una hija, Teresa, y vivían bien gracias al trabajo de José como ejecutivo petrolero de Esso en Cuba. Pero cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, Canseco perdió no sólo su empleo sino también su casa y su automóvil. Se ganaba la vida dando clases de inglés por 15 dólares al mes desde su casa en La Habana.
El 2 de julio de 1964, Barbara dio a luz a gemelos. Al primero los Canseco lo llamaron Osvaldo Capaz, en honor al difunto hermano de José, quien murió mientras trabajaba en La Cubre, un barco que transportaba municiones para Castro. El barco fue saboteado. Al segundo, nacido dos minutos después, lo llamaron José Jr., sin segundo nombre. El parto fue complicado y durante el alumbramiento Barbara recibió una transfusión de sangre.
El 5 de diciembre de 1965, finalmente se permitió a los Canseco salir de Cuba hacia Estados Unidos, con menos de 50 dólares y sin perspectivas de empleo. Se mudaron a Opa-Locka, Florida, y vivieron con su único contacto estadounidense, Lelia, la hermana de José Sr.
José Sr. mantuvo alimentada a la familia trabajando en dos empleos al mismo tiempo—en una gasolinera durante el día y como guardia de seguridad por la noche. Hoy, después de muchos sacrificios, tiene una casa en Miami y es un ejecutivo bien pagado de Amoco. No devolvió nuestras llamadas.
Los outs de José Canseco a veces son tan inolvidables como sus jonrones. Una vez conectó una línea que casi decapita al shortstop de los Brewers, Billy Spiers. “Si Billy no pone el guante frente a su cara, esa pelota lo mata”, dice Parker. En Detroit, Canseco una vez bateó una bola tan fuerte que el tercera base de los Tigers, Rick Schu, la atrapó con el guante y fue derribado por la fuerza del impacto.
Cuando Canseco viene a batear, el coach de tercera base de los A’s, Rene Lachemann, se mueve por la línea, unos seis pies más allá de la caja de coach. “Es por razones de salud”, dice Lachemann.
En Anaheim, Canseco conectó un batazo que hizo que el narrador de radio de los A’s, Bill King, dijera: “¡Hay una línea sobre el short, cae en el hueco, se fue!”
Los compañeros de los A’s juran que no se sorprenderán el día en que Canseco conecte una línea contra la pared que termine en doble play.
José Canseco está teniendo otra típica noche de gira. Es Cleveland, Esther está con él, han estado dormidos en su habitación de hotel desde las 3 a.m. (Les gusta ver televisión de madrugada y dormir hasta la una o dos de la tarde). Pero ahora alguien está tratando de derribar su puerta. KA-THUNK, KA-THUNK. La puerta está a punto de salirse de las bisagras. Afuera, una voz grita: “¡Sal aquí, Canseco! ¡Sal aquí, basura!”
Canseco está acostumbrado. Casi sin salir del sueño profundo, se vuelve hacia su esposa y dice: “Llama a seguridad”.
Más tarde ofrece una explicación sencilla para el incidente: “Probablemente un reportero”.
José Canseco no soporta a Will Clark. “El otro día alguien en televisión llamó a Clark el mejor jugador del beisbol”, dice Canseco en Cleveland sobre el primera base de los San Francisco Giants. “Casi vomito. Conozco al menos a 10 jugadores que son mejores que él”.
Más tarde dirá: “Dime cómo un primera base puede ser el mejor jugador del beisbol. No tiene que correr y no tiene que lanzar. ¿Cuántos primera base roban bases? Nombra uno. Te reto. No puedes.”
Canseco dice prácticamente lo mismo sobre Don Mattingly: “No puede correr, no tiene brazo”. Sobre el primera base de los Angels, Wally Joyner, una vez dijo: “En cuanto a talento, no puede ni cargar mi suspensorio”. Pero guarda lo mejor para Clark. “Will Clark, grandísimo tonto”, dice en Milwaukee. “Yo gano un millón más que tú. Eres un perezoso de tres dedos, sobrevalorado y lento, sin brazos. ¿Me oyes, muchacho?”
Al día siguiente, se escucha a Canseco explicándole a sus compañeros qué es un perezoso.
José Canseco sabe de perezosos. Es el Marlin Perkins del beisbol de Grandes Ligas. Devora National Geographic, cualquier novela de ciencia ficción y cualquier cosa que PBS quiera mostrarle sobre animales, especialmente los especiales de Jacques Cousteau.
¿Su criatura marina favorita?
“Los tiburones”, dice. “Porque son prehistóricos”.
José Canseco lloró la primera vez que sacó una B. Él y Ozzie fueron estudiantes de puro diez hasta la secundaria. Cuando José sacó esa B en la preparatoria, no lo asimiló. “No entendía las B”, dice.
Cuando eres hijo de José Canseco Sr., haces las cosas perfectamente o no las haces.
“¿Mi papá?”, ha dicho Canseco. “No tiene absolutamente ningún sentido del humor. Es un perfeccionista total”. ¿Sacó su capacidad atlética de su padre? “¿Estás bromeando? Mi papá es un torpe total. No tiene ninguna coordinación”. Lo que sí obtuvo de su padre fue la expectativa de ser absolutamente el mejor. Y también recompensas por lograrlo. Hasta el día de hoy, José Sr. les da a sus hijos 5 dólares por cada jonrón que conectan.
Esther: “El papá de José es demasiado perfeccionista, si me preguntas. Digamos que José tiene un juego donde pega dos jonrones y se poncha la tercera vez. Su papá llamará y dirá: ‘¿Qué pasó la tercera vez, José?’ Haga lo que haga José, nunca es suficiente”.
Canseco le dijo a GQ: “Quiero a mi padre, pero si alguien me pone presión, es él. Cree que sabe del juego, pero no. Me dice cómo debería batearle a cierto pitcher. ¿Mi padre alguna vez jugó beisbol? No”.
Ozzie lo ve de otra manera. “Mi papá se ve mucho a sí mismo en nosotros”, dice. “Quiere que tengamos mucho éxito. Está orgulloso. Llegó aquí sin nada, y pasó de ganar casi nada a ganar 60,000 dólares ahora. También espera mucho de nosotros”.
José Canseco tiene una recta de 90 millas por hora. Y también un knuckleball endemoniado.
“Oye, Tony, ¿puedo lanzar mañana?”, le dice a La Russa.
“No”, dice La Russa.
Mañana es el All-Star Game.
José Canseco no se presenta a la conferencia de prensa del All-Star Game el día antes del partido. La Russa está ahí, pero José no.
“Si culpan a José por no estar aquí, cúlpeme a mí”, les dice La Russa a todos. “Le dije: ‘Nos vemos en la conferencia de prensa. Tienes que estar ahí’. José siempre hace lo contrario de lo que le digo”.
Grandes risas—pero la realidad es que nadie le dijo a Canseco sobre la conferencia de prensa. Lo sabemos porque estuvimos con Canseco desde que salió de Cleveland hasta que se registró en su habitación en Chicago a las 2:30 de la madrugada. La Russa nunca le mencionó nada sobre la conferencia de prensa, ni tampoco el director de relaciones públicas de los A’s, Jay Alves, quien ni siquiera sabía que José debía estar ahí.
“No importa”, dice Canseco. “De todos modos me van a culpar”.
José Canseco está a punto de firmar un contrato de cinco años y 23.5 millones de dólares con los Athletics. Es martes por la noche, y se ha programado una conferencia de prensa para el miércoles por la mañana.
“Oye, Hosey”, dice Frank Ciensczyk, el encargado del equipo de los A’s. “Apúrate. El señor [Sandy] Alderson [el gerente general de Oakland] quiere verte”.
Canseco muestra esa sonrisa de grado industrial.
“Probablemente necesita ayuda para traer la carretilla”.
José Canseco está arruinando esta imagen de chico malo. No ha estado del lado equivocado de la puerta de una comisaría en meses. Qué lástima. Estaba empezando a hacer que la gente recordara a Joe Pepitone. Canseco es el tipo que (inhala) fue multado por conducir a 120 millas por hora en Miami; acumuló cuatro infracciones en un solo día en Phoenix; fue arrestado y condenado por portar una pistola semiautomática cargada en propiedad universitaria en UC San Francisco; estuvo con un hombre que había sido detenido en varias ocasiones por transportar esteroides, grandes cantidades de dinero y un arma a través de aeropuertos; y fue vilipendiado por no presentarse a una convención de tarjetas ni a un banquete durante el invierno después de la temporada del 88 (exhala). Pero últimamente, ni siquiera una multa de estacionamiento. Muy aburrido.
José Canseco, ¿cuál es la mayor velocidad a la que has conducido?
Canseco parece profundamente herido.
“Cincuenta y cinco, hombre”, dice.
José Canseco recibe consejos de gente que no creerías.
“Realmente parece estar al borde de meterse en un problema serio”, dijo Denny McLain al San Francisco Chronicle en mayo de 1989.
¿Denny McLain?
Vida Blue dijo: “Necesita vender ese auto y comprar un Volvo. Parece el coche de un vendedor de crack”.
¿Vida Blue?
José Canseco no empezó a jugar beisbol hasta los 12 años. Nunca coleccionó tarjetas de beisbol, y no creció rezando novenas a Teddy Ballgame ni a Stan the Man. Como resultado, no tiene reparos en incomodar al beisbol. Una forma efectiva de hacerlo es criticar a Babe Ruth.
“Babe Ruth usaba un bate de 60 onzas”, dice Canseco. “Eso te dice todo lo que necesitas saber sobre el pitcheo de esa época. Hoy no podrías pararte en el plato con un bate de 60 onzas”.
Y luego… “Estaba viendo algunas películas viejas de Ruth, ¿y sabes qué hizo? Dio un paso hacia adelante dos veces durante un lanzamiento y sacó la pelota del parque. ¿Qué tan rápido podían venir esos lanzamientos?”
La temporada pasada, cuando Canseco se convirtió en el primer jugador en romper la barrera del 40-40, alguien le preguntó a Mickey Mantle si él podría haberlo hecho. Mantle respondió que sí, que si hubiera sabido que la gente iba a hacer tanto alboroto por eso, lo habría hecho unas cuantas veces. A Canseco le molestó.
“El hecho es que no lo hizo”, dice Canseco. “Caso cerrado”.
José Canseco atrae a las mujeres hermosas como una secadora atrae pelusa. Cada año, Canseco llegaba al spring training con una nueva belleza espectacular a su lado, y “cada año la presentaba como su prometida”, dice el pitcher de los A’s Dave Stewart. Así que no sorprendió mucho cuando Canseco apareció en el campamento de los A’s en Scottsdale en el 88 con Miss Miami 1986 y la presentó como su prometida.
“Claro”, dijo Stewart con sarcasmo. “¿Para cuándo es la boda?”
“No, en serio”, dijo Canseco. Muy pronto había una apuesta sobre la mesa. Stewart apostó 10,000 dólares a Canseco a que no se casaría con ella. Incluso redactaron un contrato. El 5 de noviembre de 1988, en Miami, Stewart perdió la apuesta.
José Canseco notó por primera vez a Esther Haddad en un club atlético de Miami; la siguió hasta el estacionamiento, la siguió hasta su casa y la invitó a almorzar. Todo lo que Esther pensaba era: ¿Quién es este tipo?
Pronto estaban enamorados. A ella le encantaban su ropa estilo Miami Vice, sus autos estilo Paul Newman y su sonrisa tipo Tom Cruise. Por eso decidió, después de seis semanas, terminar la relación.
“¿Qué?”, dijo José.
“No puedo decirle a mi papá que estoy enamorada de un traficante de drogas”, dijo Esther solemnemente. Aún no sabía que José jugaba beisbol para ganarse la vida.
Canseco la llevó a su casa, le mostró su sala de trofeos y la convenció de cuánto valen los jonrones de tres carreras. Cuando finalmente lo presentó con su padre, se llevaron de maravilla.
El señor Haddad había sido el entrenador de beisbol de José en la secundaria.
José Canseco está haciendo el José Twitch. ¡Todos ahora! Inclina el cuello hacia el este, luego hacia el oeste, abre los ojos muy grandes, ciérralos y ábrelos otra vez, mueve la mandíbula, sacude los hombros convulsivamente, arquea la espalda, levanta la rodilla hasta el pecho y luego bájala otra vez. Ahora repite entre lanzamientos.
El José Twitch vuelve locas a las adolescentes. A veces incluso gritan cuando lo hace.
Gran parte de esos movimientos los hace para mantener su espalda y su cuello sueltos, pero mucho es simple hábito. Una vez, mientras Canseco veía volar uno de sus jonrones, levantó distraídamente su rodilla derecha hasta el pecho. Puede ser la primera vez que alguien se calienta para trotar un jonrón.
José Canseco quiere ser la Madonna masculina.
“Sí”, dice, “en el sentido de abrir nuevos caminos. Alguien dispuesto a tomar riesgos, alguien que no tiene miedo de hablar, alguien que no anda con tonterías, alguien con estilo”.
Puede que Canseco ya sea la Madonna masculina. Tiene el cuerpo. A la fotógrafa Annie Leibovitz le gustó tanto que lo dejó con el torso desnudo para un anuncio de American Express que elevó el nivel de estrógeno del país en 12%. USA Today lo votó como el Atleta Más Sexy de 1988. El manager de Detroit, Sparky Anderson, dijo una vez que Canseco tenía el “físico de una diosa griega”. No hay duda de que Canseco lidera todos los códigos postales en correo femenino. Y además, ¿quién es mejor Material Boy?
José Canseco ha llegado a la conclusión de que necesita un guardaespaldas. “Nada serio”, dice. “Sólo alguien con cinturón negro que sepa manejar un Uzi”.
¿Dónde vas a encontrar a alguien así, José?
“¿Estás bromeando?”, dice. “¡Soy de Miami!”
La línea telefónica de José Canseco 1-900-234-José realmente funciona. Los reporteros que cubren al equipo a veces obtienen buenas respuestas directas de ahí. Y Canseco no puede acusarlos de citarlo mal. Aunque también hay cosas en la línea que quizá no usarían. Por ejemplo:
• A qué hora termina el servicio a la habitación en su hotel de Cleveland.
• Cómo unos murciélagos asesinos una vez volaron sobre su cabeza en el outfield.
• Cómo Esther cocina el desayuno.
• Cómo se ve Esther cuando flexiona.
• Por qué las esposas de los A’s hacen pésimas imitaciones de porristas.
José Canseco tiene que caminar dos cuadras desde el estadio hasta su hotel en Cleveland, y ese tiempo es suficiente para que los cazadores de autógrafos lo detecten y comiencen la persecución. Rodeado, Canseco intenta firmar mientras camina, pero le bloquean el paso. Sigue firmando, avanzando, abriéndose paso, recibiendo plumas en la parte posterior de la cabeza. Un adolescente le pone un bate enfrente y suplica: “¡Por favor, señor Canseco! ¡Tengo la firma de todos los jugadores de los A’s excepto la suya, y usted es mi favorito!”. Sin detenerse, Canseco firma el bate. El chico cae de rodillas, luego de espaldas, y lanza un grito desde el sótano de su alma: “¡AAAAAAAARRRRGGGGH!”. Mientras besa el bate, la multitud lo pisa al pasar.
José Canseco estaba a punto de hacer su entrada al mundo aquel día de 1964 cuando Barbara Canseco recibió una transfusión de sangre; la sangre nueva la infectó con hepatitis, y la medicina que tomó para la hepatitis aparentemente agravó un caso latente de diabetes. En los años que siguieron, estuvo a menudo enferma por ambas enfermedades. En 1984, un coágulo de sangre que se había alojado en su espalda de repente se abrió paso hasta su cabeza. Fue ingresada en el Cancer Research Center de Miami un viernes, pero sus dolores de cabeza empeoraron el sábado y el domingo.
“Me quejé una y otra vez con los médicos y las enfermeras sobre sus terribles dolores de cabeza”, dice Teresa, “pero no podían hacer nada por ellos”.
Ese lunes, Barbara Canseco murió de una hemorragia cerebral. Teresa llamó a los chicos—José en Modesto, Calif., y Ozzie en Greensboro, N.C.—y les dijo una mentira. “Vengan a casa, mamá está muy enferma”.
Cuando llegaron, los chicos, de apenas 19 años, quedaron devastados por la tragedia. Ninguno regresó a sus equipos durante un mes. “Fue como una sacudida para mí”, dice José. Enfadado, comenzó a trabajar el doble con las pesas. Ganó peso, fuerza y determinación. “Creo que José simplemente decidió que ya no iba a dar nada por sentado”, dice Ozzie. “Creo que se decidió ahí mismo a decir: Nada va a detenerme ahora”.
Pero no puedes echar un pulso con una pelota de beisbol. La nueva actitud sólo debilitó su juego. Cada swing iba dirigido hacia cercas que sólo Canseco podía ver.
Con el tiempo, la muerte de su madre le enseñó una lección diferente. “Puse todo en perspectiva”, dice. “Pensé: ¿Por qué me estoy tomando el beisbol tan en serio? Y decidí simplemente dar mi mejor intento. Nada más de tonterías. Y si no lo lograba, seguiría con mi vida. Ahora no me tomo nada demasiado en serio”. Dice su mejor amigo en los A’s, el shortstop Walt Weiss: “José es el mismo tipo, totalmente despreocupado, después de cada juego. No puedes saber si tiene cuatro K o cuatro jonrones”.
Aun así, Canseco extraña a su madre. “Pienso en ella todos los días”, dice. “Desearía que estuviera aquí todo el tiempo. Sólo para venir a ver los juegos”.
Cada semana durante la temporada baja, sin falta, Esther y José van al cementerio en Miami y colocan las flores favoritas de su madre sobre su tumba: rosas rojas.
José Canseco lleva un manto de irresponsabilidad. Antes del quinto juego de la World Series del 88 con los Dodgers, en medio de una terrible mala racha, les dijo a los reporteros que no quería que se esperara que cargara con el equipo. Cuando los A’s perdieron esa Series, Canseco volvió a casa en Miami para encontrarse cara a cara con amigos de rostro amargo. “Oye, José, perdí mucho dinero por tu culpa”, le dijeron. O: “Oye, José, perdí mi casa por tu culpa”.
Esto hirió profundamente a Canseco. Si hay algo que no puede soportar, son las expectativas. “¿Qué soy, algún tipo de máquina?”, dice. “No soy una máquina que va a pegar cuatro jonrones y robar dos bases por juego. Soy una persona”.
¿Debe todo el mundo ser igual que su padre?
José Canseco, en general, continúa con su vida más felizmente de lo que cualquiera podría creer. Tiene amigos, dinero, amor, fuerza y un swing de jonrón muy largo. Es joven, apuesto, gracioso y casi no le importa lo que tú o yo pensemos de él. No quiere ser tu robot, héroe, villano, modelo a seguir, autógrafo, criminal, cuenta bancaria, experimento científico o salvador.
“Sólo soy humano”, dice. “Si me cortas, sangraré”.
¿Quién dice que el monstruo nunca gana?
