Cal Raleigh es la Estrella Revelación del Año 2025 de Sports Illustrated

El lanzamiento fue una bala baja, viajando furiosa hacia la parte más inferior de la zona de strike a 98.3 millas por hora. Cuando llegó al plato, estaba a apenas 20 pulgadas del suelo. En cinco temporadas en Grandes Ligas, Cal Raleigh jamás había conectado un jonrón a una recta tan baja.
Raleigh hizo swing. Sabía exactamente qué hacer, gracias a un hombre sentado unas 20 filas detrás del home plate en T-Mobile Park aquella noche de septiembre. Todd Raleigh, su padre, llevaba una gorra de los Mariners y, como todos en el estadio, estaba de pie ante la posibilidad de que la historia del beisbol estuviera a punto de escribirse. La madre de Cal, Stephanie, estaba junto a Todd. Su hijo se encontraba en 59 home runs.
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“Nariz y barril”, le decía Todd a Cal en las jaulas de bateo de Western Carolina University, donde Todd era coach y Cal fue bat boy entre los 8 y 10 años. “Nariz y barril. Mantén tu nariz y el barril del bat lo más separados posible”.
“Mi papá”, dice Cal, “siempre fue un defensor de la extensión. El poder viene de la extensión. Viene de mantenerse detrás de la pelota y poner el barril por delante. Así es como se castiga la bola. Así es como la elevas.
“Es algo que siempre me enseñó. Ha sido clave para mí y uno de los pilares de lo que me hace exitoso como bateador”.
Bateando a la zurda frente al pitcher de los Rockies, Angel Chivilli, Raleigh —switch-hitter desde que aprendió a caminar— hizo contacto con ese lanzamiento bajo. Extendió tanto su swing a través de la pelota, maximizando la distancia entre su nariz y el barril, que ya no pudo sostener el bat con la mano superior. Se quedó con una sola mano mientras el barril giraba violentamente por encima de él. La historia viajaba rumbo a las gradas del jardín derecho.
Nunca el beisbol había visto emerger a un bateador histórico de la manera en que lo hizo Cal Raleigh en 2025. Se convirtió en apenas el séptimo jugador en conectar 60 home runs en una temporada. Es el primer switch-hitter y el primer catcher en lograrlo y, con 28 años, el segundo más joven. (Solo Roger Maris, con 26 en 1961, fue menor).
Raleigh superó su máximo previo de carrera —34 jonrones en 2024— el Día de la Independencia. También lideró la American League en carreras producidas, fue el catcher con más innings atrapados en la liga (sin un solo passed ball) y llevó a Seattle a su primer título divisional en 24 años, quedándose a una victoria de alcanzar la World Series por primera vez en la historia de la franquicia.
Si a eso se suma su campeonato en el All-Star Home Run Derby, con ese ambiente de patio trasero (su padre lanzándole y su hermano menor atrapando); su atractivo de hombre común impulsado por la humildad; su dad bod y un apodo que la gente no podía dejar de repetir con una sonrisa —“The Big Dumper”, un homenaje a la abundante retaguardia de ese físico—, Raleigh es el ganador del Premio Estrella Revelación del Año de Sports Illustrated.
“Es un premio súper especial”, dice Raleigh. “No es solo un premio de beisbol. Incluye a atletas de todos los deportes. Y hay muchos, muchos grandes allá afuera. Es algo muy humilde”.
Hay algo que Raleigh quiere que sepas sobre lo que implicó ganar este reconocimiento. Esto no fue un ‘breakout’ de un solo año. Raleigh nunca fue el prospecto esculpido, de exhibición, imperdible, que uno imagina capaz de conectar 60 jonrones. Es el primer jugador drafteado fuera de la primera ronda en alcanzar esa cifra, una distinción que porta con orgullo. Es alguien que fue cortado de sus equipos de beisbol y basquetbol en secundaria. Fue un catcher al que no le permitieron batear en su primer año de preparatoria porque el coach usaba el bateador designado para él, no para el pitcher. Le dijeron que era jugador División III, no División I; fue clasificado por los Mariners detrás de 378 jugadores en su clase del draft; y cuando llegó a Grandes Ligas fue usado en platoón con Tom Murphy, un bateador de .239 de por vida, porque el equipo pensaba que no podía batear como derecho.
“Primero lo primero”, dice Raleigh. “¿Esas sesiones de bateo con mi papá? No siempre eran buenas. Creo que mucha gente asume que siempre fuiste un gran jugador de beisbol, un gran bateador, súper talentoso.
“No creo que eso sea necesariamente cierto. Fue mucho trabajo duro. Mucho tiempo en las jaulas. Miles y miles y miles de pelotas lanzadas y ejercicios. Aprender y reaprender. Los altibajos. Esa es la parte increíble de todo esto. Poder compartirlo con mi papá.
“Mi carrera en Grandes Ligas hasta ahora y tenerlo conmigo en el Home Run Derby es algo especial. Pero lo que no se ve son todos los fracasos, los momentos difíciles y las ocasiones que pasé con él que me ayudaron a salir adelante”.
Todd Raleigh le enseñó a su hijo a batear ambidiestro tan pronto como el niño pudo ponerse de pie. Cal aún usaba pañales, entre los 12 y 18 meses, cuando su padre puso un bat de plástico rojo, sobredimensionado, en sus manos y le mostró cómo sujetarlo. Todd le lanzaba pelotas de plástico por debajo para que las golpeara. Luego tomaba a Cal, lo giraba, cambiaba el agarre y repetía el ejercicio del otro lado.
“Nunca fue solo un día, una semana o un año”, dice Todd. “Siempre fue lo mismo, todos los días. Nunca quise que mis hijos pensaran, en el fondo, que eran mejores de un lado que del otro”.
Todd jugó en Western Carolina de 1988 a 1991 y tuvo dos etapas como coach del equipo (1993–94 y 2000–07). Los Raleigh vivían a la sombra del estadio de la universidad en Cullowhee, Carolina del Norte, un pueblo montañoso de 7,300 habitantes y 3.5 millas cuadradas. El pequeño Cal se vestía con el jersey de los Catamounts como bat boy. Estaba en sexto grado cuando fue cortado de los equipos de basquetbol y beisbol de la secundaria.
“Básicamente me dijeron que ni siquiera valía la pena intentar hacer el equipo de beisbol”, cuenta. “Era de los más jóvenes, pero fue un año duro. Ahora, cuando lo veo en retrospectiva, agradezco muchas de esas cosas. Incluso pienso en mi primer año. Me daban pelotazos. Eso también es parte del proceso. Se trata de no obtener lo que quieres, aprender de ello, crecer y usarlo como combustible”.
Un coach universitario le dijo: “Nunca vas a ser catcher de División I. Eres jugador de División III”.
Dice Raleigh: “Esas cosas no se olvidan. Son las que te impulsan”.
Raleigh se abrió camino hasta Florida State, donde a una sólida temporada como freshman le siguió un segundo año complicado, en el que bateó para .227 y no jugó pelota de verano. Los scouts comenzaron a perder interés conforme se acercaba su año de draft, 2018. Ese año, los Mariners implementaron por primera vez un modelo estadístico para evaluar prospectos del draft. Raleigh apareció clasificado en el puesto 379. Pero el scout de área del norte de Florida, Rob Mummau, sabía que Raleigh había jugado lesionado del dedo índice, una molestia que le restó poder y que también fue la razón por la que no participó en el verano. Mummau calificó el poder de Raleigh como 70 en la escala tradicional donde 80 es el tope. La mayoría de los scouts lo veían en 55 o 60, como máximo. Mummau había llegado a conocer bien a la familia Raleigh y entregó reportes muy favorables sobre aquel bateador de .227.
“Empecé un poco lento como junior”, dice Raleigh. “Algunos scouts ya me estaban descartando. Pero terminé cerrando fuerte hacia el final de la temporada”.
Raleigh no tenía idea de que Mummau estaba impulsando su nombre ante la oficina central de Seattle cuando se sentó a ver la primera ronda del draft. Finalmente, los Mariners lo tomaron en la tercera ronda. Ochenta y nueve jugadores fueron seleccionados antes que él, incluidos cinco catchers, empezando por el pick número dos global, Joey Bart de Georgia Tech, elegido por los Giants. Raleigh firmó por 854 mil dólares.
“En el gran esquema de las cosas, fui seleccionado en un gran lugar”, dice Raleigh. “No cambiaría nada por nada del mundo, pero en ese momento, como alguien que está siendo drafteado, quieres ir lo más alto posible”.
Raleigh debutó en Grandes Ligas en la segunda mitad de 2021. En sus primeras tres temporadas completas bateó .222, pero también conectó 91 home runs, incluido un walk-off en 2022 que aseguró un boleto a playoffs, y ganó el Platinum Glove 2024 como el mejor defensor de la American League. Los Mariners entendieron el valor de un catcher ambidiestro, de 30 jonrones, con defensa élite, y firmaron a Raleigh a una extensión de seis años y 105 millones de dólares en marzo de 2025. “Me recibieron desde el Día Uno con amabilidad y respeto”, dijo Raleigh en un comunicado tras la firma.
Lo que los Mariners no sabían que estaban obteniendo era a un bateador de 60 home runs. Tampoco lo sabía Raleigh. “Sé que el poder está ahí, que soy un tipo fuerte y que ese es mi juego”, explica. “Pero, en realidad, mi objetivo al comenzar la temporada era simplemente tener mejores turnos, sacar un hit extra aquí o allá, una base por bolas más de vez en cuando.
“Más allá de eso, mi meta era convertirme en un mejor líder. Encontrar la forma de bajar las revoluciones del juego, ayudar a nuestro staff, lo que fuera necesario para ganar más partidos y meternos a la postemporada”.
Para junio ya era evidente que Raleigh estaba construyendo algo especial. En un tramo conectó 20 home runs en 37 juegos. Llegó al All-Star break con 38 jonrones.
No hubo cambios de swing. Ni ejercicios extravagantes. Como un pianista clásico, Raleigh edificó su éxito sobre la búsqueda incansable de la técnica. Fueron años de trabajo creando distancia entre la nariz y el barril del bat. El salto más revelador en su perfil ofensivo aparece en la frecuencia con la que elevó la pelota hacia su lado de poder. Ese porcentaje pasó de 29.5% en 2024 a 38.4% en 2025, la segunda tasa más alta del beisbol. Y cuando conectó un elevado jalado, la pelota se fue del parque más de la mitad de las veces (45 de 85, 53%; el promedio de Grandes Ligas es 38%).
“Creo que con los años en Grandes Ligas vas aprendiendo sobre ti mismo”, dice. “Aprendes quién eres como jugador, cuál es tu enfoque y qué te pone en el estado mental y físico adecuado para salir y darle un buen swing a la pelota.
“Así que, al final, no fue una reconstrucción masiva ni un cambio físico. Fue que estaba más comprometido y más enfocado en mi enfoque que en los últimos años”.
Dice el manager de Seattle, Dan Wilson, ex catcher: “Lo que hace todos los días detrás del plato, la preparación para los juegos, el manejo del cuerpo de pitcheo, el desgaste, los cientos de foul balls… es impresionante. Y luego le sumas 60 home runs. Increíble. Pero más que nada, lo que la gente debería saber de Cal es qué lo impulsa: ganar. Todo lo que hace está impulsado por ganar”.
Los Mariners estaban a 3½ juegos de los Astros en la AL West con 21 juegos por disputar. Raleigh conectó nueve home runs en los siguientes 17 juegos. Seattle ganó 16 de esos 17, incluido el último, que aseguró el título divisional. Fue la noche en que Todd y Stephanie estaban sentados detrás del home plate en Seattle para ver llegar la historia.
En su primer swing de la noche, Raleigh soltó prácticamente el swing perfecto. Conectó por primera vez en su carrera un home run al upper deck de T-Mobile Park, uniéndose a apenas siete jugadores que han alcanzado esa zona en los 26 años de historia del estadio. Fue el jonrón número 59.
Su último swing de la noche produjo el número 60, un home run posible únicamente gracias a la distancia entre su nariz y el barril del bat. Al rodear la primera base y ver salir la pelota, no pudo reprimir una leve sonrisa. Trotó las bases con rapidez y normalidad, como siempre.
Tres hits. Dos home runs, uno al upper deck, el otro el número 60. Victoria 9–2. Título divisional. Mamá y papá observando.
“Solo recuerdo”, dice, “lo perfecta que fue la noche. Quiero decir, ¿qué tan perfecta puede ser una noche como esta?”.
Justo antes de llegar a la cueva, Raleigh se giró y levantó el brazo derecho hacia las gradas detrás del home plate, unas 20 filas arriba. Luego saludó a sus padres, como si fuera años atrás, en un juego de Little League en Cullowhee, donde todo —incluidos esos 60— comenzó.
