La perfección de Don Larsen, la epopeya de Shohei Ohtani y otras grandes actuaciones en los playoffs de MLB

La actuación bidimensional de Shohei Ohtani, combinando 10 ponches y tres jonrones en un solo juego, ha reescrito la discusión sobre la grandeza en octubre.
En el Juego 4 de la Serie de Campeonato, Ohtani tuvo la mejor actuación para un jugador en la historia de los Playoffs.
En el Juego 4 de la Serie de Campeonato, Ohtani tuvo la mejor actuación para un jugador en la historia de los Playoffs. / Getty Images

La narrativa que define la excelencia en el beisbol de postemporada acaba de ser reescrita por un hombre que se niega a someterse a la especialización de 100 años en este deporte. 

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El Clásico de Otoño siempre ha tenido a sus héroes inmortales, pero la irrupción de Shohei Ohtani, con una proeza bidimensional puso su nombre en la cima, abrió la puerta a una pregunta que antes parecía caprichosa: ¿Cuál es la mejor actuación que se ha visto en la historia de los Playoffs de MLB?

El debate sobre la cumbre hegemónica cobró ahora un nuevo matiz, un contraste entre la pureza inalcanzable del pitcheo clásico y la complejidad estadísticamente inimaginable del atleta moderno.

El inigualable Shohei Ohtani

La epopeya de Shohei Ohtani en el Juego 4 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional ante los Brewers de Milwaukee es un desafío directo al canon histórico. Lo que logró Ohtani es inédito, una singularidad atlética tan extrema que la comparación con cualquier otro héroe de los playoffs —incluso las habituales analogías con Babe Ruth— resulta inútil. 

Esa noche, Ohtani subió al montículo para anular a su rival y simultáneamente erigirse como el motor ofensivo total de su equipo. Mostró el dominio técnico de un as de élite con 6.0 innings en blanco y 10 ponches. 

Y como si eso no fuera lo suficientemente brillante —como si no estuviéramos ya lo suficientemente convencidos de que Ohtani es un jugador de otro planeta— acto seguido, o mejor dicho, intercalado en el mismo tiempo y espacio, conectó tres jonrones solitarios, incluyendo un misil de 469 pies y aseguró el banderín para los Dodgers, que buscan conquistar su segunda Serie Mundial consecutiva. 

Es el único jugador en la historia, desde al menos 1906, en alcanzar doble dígito tanto en bases totales —12— como en ponches —10— en el mismo juego de postemporada. Una proeza que refuta el principio de especialización de las Grandes Ligas y que, con la presión que se impone a los brazos en la era moderna, es altamente improbable que vuelva a repetirse.   

La perfección de Larsen

Pero para debatir la grandeza, estamos obligados a voltear al pasado, a la hazaña que por casi 70 años se mantuvo como el pináculo del béisbol: el Juego Perfecto de Don Larsen.

Ocurrió el 8 de octubre de 1956, en el Juego 5 de la Serie Mundial entre los New York Yankees y los entonces Brooklyn Dodgers. Larsen, un lanzador de carrera inconsistente , consiguió lo que nadie antes o después ha hecho en el Clásico de Otoño: retirar a 27 bateadores de manera consecutiva. Es la pureza absoluta, la negación total del rival en el momento de mayor presión. Es un logro de tal magnitud que sigue siendo la vara de medir para cualquier actuación de pitcheo.

¿Cuál de los dos elegir? La respuesta es un capricho, una elección que depende de si se valora más la perfección absoluta en una sola disciplina o el valor agregado de un dominio dual sin precedentes. La discusión cobra nuevos matices, pero ambas posturas tienen argumentos sólidos.

Quienes se inclinan por la pureza de Don Larsen argumentarán —quizás con cierta reticencia moderna— que la proeza de Ohtani se cocinó ante un equipo ofensivamente apagado y desmoralizado por la inminente barrida en el Juego 4; o que el samurái realmente nunca cargó sobre sus hombros la presión de remolcar corredores en una situación apremiante —sus jonrones fueron solitarios—, respaldado, además, por un lineup en el que un par de bateadores son prácticamente futuros miembros del Salón de la Fama —Mookie Betts, Will Smith, Freddie Freeman—. 

Y, con cierta —o bastante— reticencia, es posible admitir que tienen un punto. Pero a los puristas hay que recordarles también un dato que detiene cualquier debate de esa índole: en la historia de las Grandes Ligas, solo una docena de bateadores han conectado tres jonrones en un juego de playoffs, y apenas una veintena de pitchers han ponchado a 10 bateadores en un juego de postemporada. Ohtani hizo ambas cosas. Y ante esa combinación de dominio y producción, no hay estadística ni argumento que se sostenga.   

Por otro lado, los que elijan la complejidad de Shohei Ohtani dirán que es más probable que, tarde o temprano, otro pitcher repita la hazaña y que, si se le mira con cinismo, el Juego Perfecto es, después de todo, un tipo de heroicidad más colectiva, supeditada a la defensa. Y sí, también tienen un punto. Pero analicemos el contexto que dignificó el esfuerzo de Larsen.

El derecho lanzó su joya con la Serie Mundial empatada 2-2 , en un momento donde la derrota habría sido fatal para los Yankees y además con la presión histórica del Clásico de Otoño, un escalón por encima de cualquier Serie de Campeonato

Y es quizás es cierto que es más probable que eventualmente volvamos a ver la perfección individual en la máxima serie de la temporada —después de todo, 24 pitchers han lanzado perfectos en la historia de MLB— a que nazca otro jugador con el talento dual de Ohtani. Pero después de casi 70 años, la perfección no se ha asomado. Lo más cercano fue el perfecto de Sandy Koufax en la Serie de Campeonato de 1965.

Quizás en este momento no haya una elección correcta, una verdad única y total. Y aun así, la de Ohtani parece ser la respuesta que impone el presente.

El mayor regalo de esta clase de hazañas es, precisamente, que nos obligan a reconciliarnos con el pasado y a medir la capacidad humana en el beisbol. A continuación, un recuento de algunas de las mejores actuaciones individuales en la postemporada de las Grandes Ligas.

El juego 7 de Madison Bumgarner, Serie Mundial de 2014

Esta hazaña es un estudio de caso sobre la durabilidad física en la era moderna, un concepto que Bumgarner destrozó en 2014. El zurdo, el as de la rotación de los Giants, ya había impuesto su voluntad en la serie —en el juego 5 lanzó una blanqueada de 9.0 entradas, 4 hits y 8 ponches—, pero su presencia en el Juego 7 fue un acto de desesperación calculado.

Con solo dos días de descanso, una noción impensable para un abridor en un juego de campeonato, Bumgarner ingresó desde el bullpen para silenciar a los Kansas City Royals, que luchaban por la remontada.

Durante cinco entradas completas y usando solo 68 lanzamientos, mantuvo el marcador y anuló por completo a la ofensiva local, retirando a 15 de los últimos 16 bateadores que enfrentó. Por supuesto, MadBum fue elegido como el MVP de la Serie.

El dominante Bob Gibson, Serie Mundial de 1968 

Antes de que Nolan Ryan o Randy Johnson impusieran el terror desde el montículo, Bob Gibson fue la personificación de la fuerza bruta en la Serie Mundial. En el Juego 1 del Clásico de Otoño de 1968, Gibson, que venía de una temporada histórica con una minúscula efectividad de 1.12 , desmanteló a los Detroit Tigers con una exhibición de poder que sigue siendo un récord.

El dominio del as de los Cardinals fue absoluto: ponchó a 17 bateadores en las 9.0 entradas, un récord de ponches para un solo juego de Serie Mundial que se mantiene vigente hasta hoy. Aunque permitió una carrera, la sensación de superioridad que proyectó sobre el lineup rival fue un recordatorio de que, en su pico, Gibson era una fuerza de la naturaleza. 

Jack Morris y su brazo eterno, Serie Mundial de 1991 

El Juego 7 de la Serie Mundial de 1991 entre los Twins de Minnesota y los Braves de Atlanta es uno de los mejores juegos de eliminación de la historia. Y su razón de ser es Jack Morris. En una era donde el beisbol aún permitía el heroísmo épico del abridor que se niega a abandonar el montículo. El juego se fue a entradas extra empatado a cero, pero Morris, lanzador de los Twins se mantuvo en la loma y lanzó más allá del límite de la resistencia humana.

Morris pitchó 10 entradas completas —la apertura más larga en la historia del Juego 7 de la Serie Mundial— con 122 lanzamientos de voluntad pura. Lo más notable es que desafió implícitamente a su manager, Tom Kelly, que consideró sacarlo. La blanqueada culminó con la victoria de los Twins 1-0 en la décima entrada y con el pitcher como Jugador Más Valioso del Clásico de Otoño.

Reggie Jackson y el nacimiento de Mr. October, Serie Mundial de 1977

En el Juego 6 de la Serie Mundial de 1977, conocido como la noche en que se ganó su apodo de "Mr. October", Reggie Jackson tomó el plato con la misión ineludible de asegurar el campeonato para los New York Yankees ante los Dodgers, los eternos rivales del Bronx.

El despliegue de poder fue majestuoso: Jackson conectó tres jonrones consecutivos en tres turnos, ante tres lanzadores diferentes , para asegurar el campeonato. Antes de él, solo Babe Ruth había conectado tres cuadrangulares en un solo juego de Serie Mundial. Fue el momento definitorio de su legado, un huracán ofensivo que garantizó que los Yankees levantaran el trofeo en el Yankee Stadium.   

The Big Unit en el bullpen, Serie Mundial de 2001 

Randy Johnson demostró en la Serie Mundial de 2001, contra los Yankees, que la definición de un as puede cambiar en el momento más crítico. Johnson ya había dominado los Juegos 2 y 6 como abridor, pero su verdadera contribución a los Arizona Diamondbacks se reveló en el Juego 7.

En un acto de durabilidad anacrónica, Johnson se ofreció a entrar al bullpen menos de 24 horas después de haber lanzado siete entradas en el Juego 6. Poner a un lanzador del Salón de la Fama en un rol de relevo para sellar el campeonato es una decisión que pocos managers tomarían, y su éxito subraya la resiliencia y el compromiso de Johnson en el escenario más grande.

El milagro de Kirk Gibson, Serie Mundial de 1988

El jonrón walk-off de Kirk Gibson en el Juego 1 de la Serie Mundial de 1988 es una historia de teatro y agonía, un momento singular que definió una serie. Gibson, el líder emocional de los Dodgers, se encontraba en el clubhouse recibiendo terapia física con ambas piernas lesionadas y sin posibilidad aparente de jugar.   

Con dos outs en la baja de la novena y su equipo perdiendo por una carrera, el manager Tommy Lasorda hizo un llamado que más se asemejó a un acto de fe. Gibson cojeó hacia la caja de bateo para enfrentar al cerrador Dennis Eckersley , uno de los mejores de la historia. 

Usando casi exclusivamente la fuerza de su tren superior para conectar el slider de Eckersley, Gibson fue el autor de un jonrón de dos carreras con el que el equipo ganó el juego 5-4 y además asestó un golpe psicológico fatal a los Oakland Athletics. Los Dodgers terminaron ganando la Serie en cinco juegos.   

Tres veces Mickey Lolich, Serie Mundial de 1968 

A diferencia de las hazañas de un solo juego, la grandeza de Mickey Lolich se extiende a lo largo de toda la Serie Mundial de 1968. El as de los Detroit Tigers ganó dos juegos —2 y 5— en el Clásico de Otoño y selló su dominio en el Juego 7, en un duelo directo contra el monstruoso Bob Gibson

En la máxima presión, el zurdo lanzó un juego completo, blanqueó a los St. Louis Cardinals y aseguró el campeonato para Detroit. 

Sandy Koufax, intocable ante los Twins, Serie Mundial de 1965

La carrera de Sandy Koufax estuvo definida por momentos de brillantez técnica en medio de la adversidad física, y su Juego 7 de la Serie Mundial de 1965 contra los Minnesota Twins es la culminación de ese legado. En un momento en el que la rotación estaba al límite, Koufax asumió la responsabilidad del juego decisivo.

El zurdo lanzó este crucial Juego 7 con solo dos días de descanso, un margen peligrosamente corto. A pesar de la fatiga, entregó una blanqueada de tres hits, 10 ponches y una base por bola. Unas semanas antes, rozó la inmortalidad con un Juego Perfecto ante los Cubs de Chicago en la Serie de Campeonato.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.