Antes del Mundial hubo un proyecto: la lección que España deja a México

Mientras España volvió a llegar al Mundial como candidata, México salió con una pregunta que se repite cada cuatro años: qué le falta para competir de verdad.
La respuesta suele buscarse en el seleccionador, en el delantero que no apareció, en el cambio que llegó tarde, pero la distancia con las selecciones que pelean títulos pasa por los proyectos y por los años que tienen trabajando en ellos.
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España también vivió atrapada entre el talento y la frustración. Tenía clubes poderosos, futbolistas de élite y una liga capaz de dominar Europa, pero su selección cargaba con una duda histórica: podía ilusionar, llegar con cartel y caerse cuando aparecía el cruce grande.
El cambio no llegó por una generación milagrosa, aunque esa generación fue inolvidable. Apareció cuando la Federación dejó de solo administrar convocatorias y empezó a construir una estructura.
Las juveniles dejaron de ser vitrinas y se volvieron camino
Después del Mundial de 2010, Fernando Hierro, entonces director deportivo de la Real Federación Española de Fútbol, y Ginés Meléndez, responsable técnico de las selecciones juveniles, explicaron ante la UEFA que los campeonatos de la Euro 2008 y de Sudáfrica 2010 habían nacido mucho antes, en el trabajo de fuerzas básicas.
Hierro lo resumió con una idea que México debería leer con cuidado: cuando se trabaja bien en el futbol juvenil, la absoluta recoge los beneficios.
México también ha tenido campeones mundiales Sub-17, una medalla en el torneo Sub-23 de los Juegos Olímpicos y generaciones juveniles capaces de competir ante selecciones de élite, pero esos logros quedaron como recuerdos aislados.
España entendió que ganar en categorías inferiores no servía solo para presumir en las vitrinas, sino para formar jugadores con roce internacional, hábitos competitivos y una idea reconocible antes de llegar a la mayor.
La diferencia está en la transferencia. La Roja no trató sus títulos juveniles como puntos finales, sino como señales de una cadena que funcionaba.
Lo que México debe revisar rumbo a 2030 no es únicamente cuántos torneos puede ganar en categorías menores, sino también cuántos de esos futbolistas llegan preparados, con minutos y con jerarquía real para jugar en la selección mayor.
El talento necesita una carretera, no solo visorías
La propia FMF presentó un Proyecto de Selecciones Nacionales 2030, con captación de talento, seguimiento de jugadores, visorías en México y Estados Unidos, y fortalecimiento del futbol amateur.
El planteamiento tiene lógica, pero España enseña que detectar no es suficiente si después el jugador se pierde entre la falta de minutos, la urgencia de los clubes, los cambios de entrenador y una liga que suele premiar el resultado inmediato por encima del desarrollo.
Ahí está una de las tareas más urgentes para México: convertir el talento juvenil en una ruta hacia la absoluta. No basta con encontrar futbolistas en ambos lados de la frontera ni con llenar bases de datos.
El salto está en acompañarlos, medirlos, exigirlos y darles continuidad hasta que dejen de ser promesas de torneo juvenil y se vuelvan opciones reales para competir en una Copa del Mundo.
Esa carretera también necesita acuerdos con clubes. España se apoyó en una relación más ordenada entre la Federación, las estructuras regionales y los equipos formadores, mientras México todavía suele depender de voluntades independientes.
Si un juvenil destaca, pero no juega en Liga MX, no sale a competir fuera, no tiene seguimiento físico y no recibe contextos de exigencia internacional, la captación se queda en inventario.
El proyecto debe sobrevivir al entrenador
España no se transformó solo porque Luis Aragonés acertó o porque Vicente del Bosque heredó una generación brillante.
En una entrevista publicada por la Revista de la RFEF en 2009, Hierro explicó que su trabajo no era recomendar convocatorias, sino crear “un grupo de trabajo, una línea de conducta, una manera de ser” con los seleccionadores. Esa lógica permitió cambiar de técnico sin romper el proceso.
México suele vivir en el extremo contrario. Cada Mundial abre una reconstrucción que cambia nombres, discursos, responsables y diagnósticos. Por eso el camino a 2030 no puede depender únicamente de Rafael Márquez, de la base que sobreviva o del siguiente técnico.
La pregunta de fondo es si la FMF tendrá una línea deportiva capaz de resistir malos resultados sin volver a empezar desde cero.
Eso no significa blindar a un entrenador ni ignorar fracasos. Significa que los cambios deben tocar personas sin destruir la idea.
España pasó de Aragonés a Del Bosque sin perder el hilo porque el modelo tenía raíces. México, en cambio, suele cambiar de técnico y de identidad al mismo tiempo, como si cada proceso tuviera que inventar su propio país futbolístico.
No se copia un estilo, se define una identidad
La lección española no está en copiar a Xavi, Iniesta o Busquets. España jugó desde el control porque esa forma conectaba con sus futbolistas, sus clubes y su formación; no era una pose estética, sino una manera de competir mejor con lo que tenía.
México debe hacerse una pregunta más profunda: qué tipo de futbolista quiere producir para 2030 y qué perfil necesita para competir contra selecciones de élite.
Mientras cada equipo de Liga MX forme bajo una lógica, las selecciones menores compitan bajo otra y la mayor se arme según la urgencia del momento, México seguirá teniendo buenos jugadores sin una identidad reconocible.
El estilo no se define en una conferencia ni en una lista mundialista. Se construye años antes, cuando una Federación decide cómo deben jugar, pensar y competir sus mediocampistas, sus laterales, sus centrales y sus delanteros.
La identidad tampoco tiene que ser rígida. España cambió con el tiempo: pasó del control casi absoluto de 2010 a una versión más vertical, con extremos, presión y uno contra uno.
Lo importante no fue repetir una fórmula, sino conservar principios. México debe encontrar los suyos para que la Selección no dependa de modas tácticas ni de la urgencia del técnico que llegue al último tramo del ciclo.
La estructura también debe formar la cabeza
España no solo trabajó la técnica. Ginés Meléndez explicó que la RFEF buscaba jugadores equilibrados, estables emocionalmente y capaces de manejar la euforia o la frustración.
Esa parte ayuda a entender por qué una selección señalada durante años por romperse en los cruces terminó ganando partidos cerrados sin abandonar su plan, incluso después de perder contra Suiza en el debut del Mundial de 2010.
México necesita trabajar esa dimensión desde antes. La presión que rodea a la selección no aparece en octavos de final; se acumula durante años.
No se resuelve con una charla antes del partido más importante, sino con torneos juveniles exigentes, derrotas bien procesadas, rivales incómodos, viajes, concentraciones largas y una educación competitiva que no empiece cuando el Mundial ya está encima.
Esa formación mental también implica exponer antes a los futbolistas. México no puede esperar que sus jugadores aprendan a jugar contra selecciones europeas o sudamericanas de primer nivel solo cuando ya están en la Copa del Mundo.
El roce internacional de juveniles, los amistosos bien elegidos y los torneos fuera de la comodidad de la Concacaf deben ser parte de la preparación, no premios ocasionales.
La infraestructura debe conectar, no adornar
La Ciudad del Fútbol de Las Rozas ayudó a España porque fue algo más que una instalación moderna. Se volvió el punto donde convivieron la absoluta, las categorías inferiores y distintos cuerpos técnicos bajo un mismo entorno.
La infraestructura importó porque le dio casa al proyecto y permitió que las selecciones respiraran una misma idea.
México tiene recursos, mercado, instalaciones, patrocinadores y una liga fuerte dentro de la Concacaf. Lo que no siempre ha tenido es conexión entre esas piezas.
Un verdadero proyecto 2030 tendría que juntar a la FMF, la Liga MX, clubes, fuerzas básicas, ciencias del deporte, visorías en Estados Unidos y selecciones menores dentro de una misma lógica, no como acuerdos temporales que se rompen cuando llega el siguiente golpe.
Ahí la infraestructura deja de ser una postal. Sirve si genera datos compartidos, metodología, seguimiento médico, planificación de cargas, formación de entrenadores y un lenguaje común entre categorías.
De lo contrario, México puede tener centros de alto rendimiento, convenios y tecnología sin resolver el problema principal: que cada parte del futbol mexicano parece trabajar para su propio calendario.
La fábrica importa más que una generación
España vuelve a ser un espejo útil porque no se quedó viviendo de 2010. Su selección actual tiene más extremos, más velocidad, más presión y una versión más vertical, pero conserva una raíz parecida: jugadores acompañados por una estructura que entiende a la selección como proceso, no como una lista.
Luis de la Fuente llegó a la absoluta después de trabajar y ganar en categorías inferiores, no como un técnico ajeno a la cadena.
México no necesita encontrar a su Xavi, su Iniesta o su Lamine Yamal. Necesita construir el camino para que, cuando aparezca un jugador distinto, no dependa de la improvisación, del club que lo suelte a medias o del entrenador que lo descubra tarde. España eligió construir antes de ganar. México lleva años intentando ganar para después explicar que construirá.
La diferencia entre una generación y una fábrica está en lo que ocurre después del pico. Una generación puede ganar un torneo y desaparecer; una fábrica sostiene perfiles, corrige errores y produce reemplazos. Si el proyecto 2030 quiere ser algo más que otra promesa, México no debe mirar solo el trofeo español, sino todo lo que pasó antes de que España pudiera levantarlo.
