ARCHIVO SI | España campeón Mundial 2010: La agonía y el éxtasis

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es THE AGONY AND THE ECSTASY, de Grant Wahl, publicada originalmente el 19 de julio de 2010.
Los visitantes inesperados irrumpieron en la sala de prensa del Soccer City de Johannesburgo la noche del domingo con cervezas frías en la mano y una cálida serenata. Cesc Fàbregas, Gerard Piqué y Carles Puyol quizá no sean Los Tres Tenores, pero eso no les impidió irrumpir en la conferencia posterior al partido para dedicarle una canción —o algo parecido— al mediocampista Andrés Iniesta, cuyo gol en el tiempo extra le dio a España una victoria por 1-0 sobre Países Bajos en la Final de la Copa del Mundo.
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"¡Te queremos, Andrés!", coreaban en español mientras levantaban las botellas, bailaban y provocaban una sonrisa en Iniesta, sentado frente a los micrófonos.
"¡Somos campeones del mundo!"
Era lógico. En una Copa del Mundo en la que las principales figuras individuales quedaron eliminadas antes de las semifinales —adiós, Lionel Messi; cheerio, Wayne Rooney; adeus, Kaká y Cristiano Ronaldo—, España convirtió absolutamente todo en un esfuerzo colectivo. Incluso el gol que decidió el campeonato.
El destino del XIX Mundial se resolvió gracias a una jugada brillante en medio de una Final poco vistosa. Todo comenzó cuando Carles Puyol, defensor, recuperó el balón apenas a siete metros de su propia línea de fondo. A partir de ahí se desarrolló una espectacular secuencia de 25 segundos y casi 100 metros, en la que participaron cinco jugadores españoles, con 10 conducciones y seis pases —incluido un elegante taconazo— antes de que Iniesta definiera con un disparo el preciso pase diagonal de Fàbregas.
Ni siquiera un reloj Rolex presume un mecanismo tan preciso y perfectamente sincronizado.
"Todavía no puedo creerlo del todo", dijo Iniesta, especialista en marcar goles decisivos, después de haber anotado también en tiempo extra frente al Chelsea, tanto que clasificó al Barcelona a la Final de la Champions League de 2009.
"Simplemente hice una pequeña aportación en un partido que fue muy duro, muy brusco."
El gol de Iniesta al minuto 116 evitó que la Final se definiera en una tanda de penales por tercera ocasión en las últimas cinco Copas del Mundo. Si bien el español fue demasiado modesto al minimizar su aporte —él mismo inició la jugada con un taconazo—, sí acertó plenamente al describir el encuentro como un duelo excesivamente físico.
El árbitro inglés Howard Webb dirigió la Final como un profesor suplente incapaz de controlar una clase. Perdió el manejo del partido pese a mostrar 14 tarjetas amarillas, ocho más que el récord anterior en una Final mundialista.
Su mayor error fue no expulsar durante el primer tiempo a los mediocampistas neerlandeses Mark van Bommel, quien golpeó con violencia a Iniesta, y Nigel de Jong, autor de la ya célebre patada al pecho sobre Xabi Alonso. Al permitir ese nivel de juego desde el inicio, Webb abrió la puerta para que la agresividad dominara el partido.
Podría decirse, incluso en tono de broma, que el ambiente quedó marcado cuando elementos de seguridad redujeron a un hombre que invadió la cancha antes del silbatazo inicial e intentó colocar un gorro sobre el trofeo de la Copa del Mundo. Pero eso sería eximir de responsabilidad al técnico neerlandés Bert van Marwijk y a sus jugadores.
Conscientes de que no podían igualar el dominio del balón y la calidad técnica de España —una admisión reveladora considerando que contaban con atacantes de talla mundial—, los neerlandeses apostaron por buscar contragolpes con Arjen Robben y Wesley Sneijder, mientras De Jong y Van Bommel (el Eddie Haskell del futbol) se encargaban de golpear constantemente a los españoles para sacarlos del partido.
Y estuvo cerca de funcionar.
Robben desperdició dos mano a mano en el segundo tiempo gracias a las intervenciones del arquero Iker Casillas, mientras que el propio Iniesta terminó perdiendo la paciencia y derribó a Van Bommel en una acción que también pudo costarle una tarjeta.
Al final quedó la sensación de un sistema de sanciones difícil de comprender: Iniesta recibió la misma tarjeta amarilla por quitarse la camiseta para mostrar una playera en homenaje al fallecido futbolista español Dani Jarque, que la que recibieron De Jong y Van Bommel por acciones que marcaron el desarrollo del encuentro mediante agresiones deliberadas.
Cuando un periodista español preguntó a Van Marwijk por "la imagen dura y fea que Holanda dejó en esta Final", el entrenador respondió que era la única manera que tenía su equipo de competir.
"Nuestra intención sigue siendo jugar un futbol bonito, pero enfrente teníamos a un rival extraordinario", explicó.
"España ha sido el mejor país futbolístico de los últimos años y necesitábamos tener un partido perfecto para poder vencerlos. Ambos equipos cometieron faltas. Quizá eso sea lamentable en una Final. No es nuestro estilo. Pero al final uno juega para ganar."
Jugar para ganar fue el argumento que utilizaron varias de las potencias tradicionales en esta Copa del Mundo para justificar un alejamiento del futbol creativo y ofensivo, o incluso un abandono total de esa filosofía cuando se enfrentaban a España.
Bajo las órdenes de su estricto entrenador Dunga, Brasil dejó de lado el Jogo Bonito para apostar por un esquema de contragolpe basado más en la potencia física y el atletismo que en el talento y la técnica. (Los neerlandeses eliminaron a Brasil con un 2-1 en los Cuartos de Final, preparando el camino, con suerte, para el regreso del estilo que hizo especial a la Canarinha cuando organizara el Mundial de 2014).
Y aunque la Alemania que terminó en tercer lugar despertó entusiasmo tras marcar 11 goles frente a Argentina, Inglaterra y Uruguay, el joven conjunto alemán fue exhibido por España en la derrota 1-0 de las Semifinales. Más allá de intentar sorprender al contragolpe, el equipo mostró muy pocas ideas ofensivas y pasó gran parte del partido replegado en su propio campo.
España era diferente.
Tenía un plan, un estilo constructivo y, después de seis décadas de constantes decepciones, también tenía una mística. Si entre 1998 y 2006 el futbol mundial perteneció a la era de Zinédine Zidane y Francia, ahora comenzaba la época de La Furia Roja.
Con su triunfo sobre Países Bajos, España se convirtió apenas en el tercer país en la historia en conquistar de manera simultánea la Eurocopa y la Copa del Mundo, uniéndose a la Alemania Occidental de Franz Beckenbauer (Euro 1972 y Mundial 1974) y a la Francia de Zidane (Mundial 1998 y Euro 2000).
Pero el logro español iba mucho más allá de levantar trofeos.
El futbol era simplemente la manifestación más reciente de una tendencia que colocaba a España como referente mundial en distintas disciplinas gracias a la creatividad. Ya fuera en la alta cocina con Ferran Adrià, el cine con Pedro Almodóvar, la arquitectura con Santiago Calatrava o el propio futbol, España había alcanzado la élite no imitando a los demás, sino perfeccionando una identidad propia impulsada por el talento de unos cuantos visionarios.
Los españoles llaman tiki-taka a su estilo de juego basado en la posesión: una sucesión de pases cortos, triángulos precisos y una especie de interminable juego del gato y el ratón que exige paciencia, enorme calidad técnica y un nivel de entendimiento que sólo se consigue después de muchos años jugando juntos.
No fue casualidad que siete de los once titulares de España en la Final —entre ellos los cerebros del mediocampo, Xavi e Iniesta— fueran compañeros en el Barcelona, el club más exitoso y espectacular de Europa en aquellos años.
Al monopolizar el balón durante largos periodos, España obligaba a sus rivales a retroceder, desgastarse persiguiendo la pelota y limitar al máximo sus propias opciones ofensivas.
Aunque parezca sencillo, no lo era.
Los adversarios respondían acumulando jugadores en defensa, cerrando los espacios y obligando a España a mover el balón cada vez con mayor velocidad.
Xavi, el estratega de 30 años, completó 544 pases de los 669 que intentó durante Sudáfrica 2010, la cifra más alta registrada por un jugador en una Copa del Mundo desde 1966.
Es cierto que no todos esos envíos buscaban romper líneas y que España generó menos oportunidades de gol que en la conquista de la Eurocopa 2008. Parte de ello se debió al discreto torneo de Fernando Torres, quien regresaba de una lesión de rodilla y terminó el Mundial sin marcar un solo gol.
Aun así, aunque España anotó apenas ocho goles —la menor cantidad de cualquier campeón mundial en la historia del torneo—, sus cuatro victorias por 1-0 en la fase de eliminación directa, frente a Portugal, Paraguay, Alemania y Países Bajos, fueron demostraciones de absoluto control en el mediocampo y, por momentos, auténticas exhibiciones de futbol.
Cuando algunos críticos en Sudáfrica calificaban los partidos de España como aburridos —recordando aquella famosa parodia de Los Simpson en la que el narrador repetía: "el mediocampista la tiene... la sigue teniendo... la sigue teniendo..."—, casi podía verse el humo saliendo de los oídos de Xavi.
"¿Qué esperaba la gente? ¿Que ganáramos todos los partidos 3-0?", declaró al diario español El País.
"A veces no puedo creer lo que escucho. ¿No se dan cuenta de lo difícil que es? Los equipos no son tontos. Somos los campeones de Europa. Todos nos presionan como lobos. No hay un metro libre, no hay un segundo para pensar. Cada vez movemos el balón más rápido y más rápido. Estamos jugando un futbol extraordinario."
De hecho, aquello hacía preguntarse cuántos goles más habría marcado España si las mejores selecciones del mundo no hubieran tenido tanto miedo de enfrentarla de igual a igual, en lugar de simplemente "estacionar el autobús" frente a su portería.
(En realidad, hubo una muestra de ello cuando España derrotó 2-1 a Chile en la fase de grupos, un rival que sí se atrevió a atacar.)
Así como la gastronomía molecular de Ferran Adrià colocó a la cocina española por delante de la tradicional escuela francesa que durante años marcó el estándar, el tiki-taka campeón del mundo de España relegó a Brasil, durante mucho tiempo el referente del futbol espectáculo, algunos escalones más abajo. Para muchos aficionados en Sudáfrica y en el resto del mundo, España se convirtió en el nuevo Brasil, el segundo equipo favorito de todos.
Eso quedó claro durante un intercambio la semana previa a la Final entre un periodista brasileño y los futbolistas españoles en la conferencia de prensa.
"Para nosotros, los brasileños, es hermoso ver jugar a España, como nosotros jugábamos hace años, aunque ahora ya no", comentó el reportero. "¿Este equipo español tiene algo del Brasil del pasado? Es muy importante para todo el futbol. ¿Creen que ésta es la forma en que se debe jugar para ganar? Es decir, con pases cortos, pensando más, utilizando el cerebro?"
Los jugadores españoles presentes en el estrado —Xavi, Iker Casillas y David Villa— sonrieron antes de que Casillas respondiera con claridad. Este equipo español no intenta copiar el pasado, sino abrir un camino nuevo y creativo.
"Personalmente, creo que nuestro futbol no se parece realmente al futbol brasileño en ningún aspecto: ni por los jugadores ni por el estilo", dijo Casillas. "Cada equipo tiene sus virtudes, sus cualidades y también sus defectos. Nuestro estilo de juego, supongo, está sirviendo de inspiración. En dos años hemos sido campeones de Europa y ahora estamos en la Final del Mundial. Eso demuestra que estamos haciendo las cosas de la manera correcta."
La noche del domingo, después de que España conquistó el trofeo más importante de todos, era difícil discutirle.
Pero España no fue el único ganador del Mundial de 2010. Si alguien quiere ganar una apuesta de bar, basta recordar que Nueva Zelanda, con tres empates en tres partidos, terminó como la única selección invicta del torneo. (Vale la pena recordar que España perdió su debut mundialista 1-0 ante Suiza).
Uruguay revivió la memoria de sus días de gloria al alcanzar las Semifinales por primera vez desde 1970, impulsado por los cinco goles de Diego Forlán, quien ganó el Balón de Oro como el mejor jugador del torneo.
Alemania, por su parte, finalizó en el tercer lugar por segunda Copa del Mundo consecutiva y presentó al mundo a dos futuras figuras: el mediocampista de 21 años Mesut Özil y el volante de 20 Thomas Müller, quien conquistó la Bota de Oro como máximo goleador y el premio al Mejor Jugador Joven.
También desde Alemania surgió un fenómeno inesperado: un molusco aparentemente clarividente llamado Paul, el Pulpo Psíquico, que se convirtió en una celebridad mundial tras acertar los resultados de los siete partidos de Alemania y también el de la Final.
Más cerca de casa, el futbol en Estados Unidos obtuvo un enorme beneficio gracias al desempeño de su selección y a la amplia cobertura realizada por ESPN y ABC.
Los estadounidenses ganaron el Grupo C por delante de Inglaterra antes de caer 2-1 ante Ghana en los Octavos de Final. Ese encuentro reunió una audiencia de 19.4 millones de espectadores en Estados Unidos —incluyendo a quienes siguieron la transmisión de Univision en español—, una cifra comparable con las de la Serie Mundial y las Finales de la NBA.
La Final entre España y Países Bajos, con 24.3 millones de televidentes, se convirtió en el partido de futbol más visto en la historia de la televisión estadounidense. En términos generales, las audiencias del Mundial en ESPN y ABC crecieron 31% respecto a 2006, mientras que el total de espectadores aumentó 41%, y las cifras para Brasil 2014 —cuyos derechos también pertenecían a ESPN y ABC— apuntaban a ser todavía mayores, con partidos transmitidos en horario estelar.
¿Alcanzó el futbol un punto de inflexión en Estados Unidos durante este Mundial? La Copa del Mundo sí lo hizo; ahora era, sin discusión, un evento deportivo de primer nivel en el país. Sin embargo, aunque la MLS seguía expandiéndose, construyendo nuevos estadios y contratando figuras reconocidas —el delantero francés Thierry Henry estaba previsto para incorporarse a los New York Red Bulls el jueves—, la liga estadounidense continuaba perdiendo dinero en términos generales y registrando bajos niveles de audiencia televisiva.
"Creo que todavía es demasiado pronto para decir si realmente llegamos a un punto de inflexión", señaló el mediocampista de la selección de Estados Unidos y del LA Galaxy, Landon Donovan, cuya popularidad aumentó considerablemente después de marcar tres goles en este Mundial. "Pero sí hemos notado un aumento muy claro en la atención, el apoyo y el reconocimiento. Me di cuenta de inmediato de que la gente sabía quiénes éramos y lo que habíamos logrado. Cómo se traducirá eso con el paso del tiempo es difícil de saber. Pero si me guío por nuestro partido de la MLS del 4 de julio, al que asistieron 27 mil personas, diría que existe mucho entusiasmo. Habrá que ver cuánto dura y cuántos nuevos aficionados conseguimos."
Por su parte, Sudáfrica demostró que era capaz de organizar un evento deportivo de alcance mundial con éxito y sin los graves problemas de seguridad o criminalidad que muchos habían pronosticado antes del torneo. (Incluso comenzó a hablarse de que Durban, la tercera ciudad más grande del país, podría postularse para albergar los Juegos Olímpicos de 2020 o 2024).
Pasarán años antes de saber si los 5 mil millones de dólares invertidos por el gobierno sudafricano en estadios, carreteras y aeropuertos justificaron el gasto, pero durante todo el torneo existió una sensación inconfundible de que la Copa del Mundo había ayudado a unir a un país que apenas llevaba 16 años de haber dejado atrás el régimen de la minoría blanca.
"Hemos visto a personas negras y blancas sentadas una al lado de la otra en las zonas de aficionados y en los estadios, algo que durante muchos años estuvo prohibido por ley", afirmó Danny Jordaan, presidente del comité organizador del Mundial. "La composición del público en los estadios demostró claramente que el futbol contribuyó a la construcción de una nación."
Lo mismo podría decirse de España, un país que durante años ha estado marcado por profundas divisiones, tanto por cuestiones de identidad —castellanos, catalanes y vascos— como por las rivalidades futbolísticas, especialmente la que enfrenta al Real Madrid y al Barcelona. Pero mientras España desplegaba su tiki-taka rumbo a su primer título de la Copa del Mundo, esas diferencias parecieron desvanecerse.
En Barcelona, capital de Cataluña, los partidos del Mundial se transmitieron por primera vez en pantallas gigantes instaladas en espacios públicos. En la alineación titular convivieron tres jugadores del Real Madrid junto a siete representantes del Barcelona. Y cuando Carles Puyol y Xavi recorrieron el campo con una bandera catalana tras la victoria del domingo, el gesto no fue interpretado como una afrenta a la sociedad española.
"España, como país, merece este triunfo, esta recompensa, esta Copa del Mundo", dijo Vicente del Bosque, el afable seleccionador español. "Creo que esto va más allá del deporte. Hemos recibido el apoyo de toda la gente en España y estamos encantados de poder ofrecerle esta victoria al país."
Mientras jugadores y aficionados celebraban en Johannesburgo, las fiestas estallaban desde el Paseo de la Castellana, en Madrid, hasta la Plaza de España, en Sevilla, y la Plaza Moyúa, en Bilbao. Sin importar el lugar, los españoles celebraron de la misma manera en que conquistaron el Mundial: con estilo.
