ARCHIVO SI | USA 94: Una ganancia neta para Estados Unidos

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. Nos remontamos a julio de 1994. El inesperado éxito de la selección anfitriona en la Copa del Mundo de Estados Unidos 94 impulsó el crecimiento del futbol en Estados Unidos.
Estados Unidos tuvo un buen desempeño en el Mundial de 1994.
Estados Unidos tuvo un buen desempeño en el Mundial de 1994. / Shaun Botterill / GettyImages / ALLSPORT

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es A NET GAIN FOR THE U.S., de Alexander Wolff, publicada originalmente el 4 de julio de 1994.

Menos mal que esa chilena no entró. Porque si hubiera sido así—si el disparo a ciegas, de espaldas, en una acrobática chilena tan improbable como espectacular del defensor estadounidense Marcelo Balboa, cerca del final de la victoria de Estados Unidos por 2-1 sobre Colombia en la Copa del Mundo el 22 de junio, hubiera terminado en el fondo de la red en lugar de pasar apenas unos centímetros por fuera del poste izquierdo—todo el país podría haber muerto de una sobredosis de emoción futbolística. Todas las videocaseteras del país habrían exhalado su último suspiro reproduciendo por milésima vez lo que Pelé llamó "el momento más hermoso de la Copa del Mundo hasta ahora".

Con su histórica victoria en el Rose Bowl sobre una selección colombiana que era la favorita de moda para ganar la Copa, el equipo anfitrión no solo sacó la expresión "soccer estadounidense" del terreno de los oxímoros, sino que también presentó una serie de aparentes contradicciones. A pesar de la derrota del domingo por 1-0 ante Rumania en Pasadena, el triunfo sobre Colombia prácticamente aseguró un lugar para Estados Unidos en la segunda ronda, que comienza esta semana, así que acostúmbrense a escuchar hablar del "hijo del barbero de coleta". Y del "rayo de 37 años". Y del "popular serbio".

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Apenas una semana antes, el consenso internacional era simple: Estados Unidos ni siquiera habría estado en la Copa del Mundo si el país anfitrión no recibiera un boleto automático. Ahora, de repente, los titulares calificaban la victoria como un MILAGRO SOBRE EL CÉSPED, aunque nadie dentro de la selección estadounidense quería saber nada de esa descripción. "Un milagro es cuando un bebé sobrevive a un accidente aéreo", dijo Alexi Lalas, el defensor estadounidense que parece el hijo del amor entre Rasputín y Phyllis Diller. Bora Milutinovic, el entrenador yugoslavo del equipo estadounidense, agregó en su característico español mezclado con inglés: "Es nor-mal".

Cuando Alan Rothenberg, presidente de World Cup USA 1994 y de U.S. Soccer, declaró hace unos meses que la selección estadounidense tenía "asegurado como por un tubo" el pase a la segunda ronda, no estaba agregando presión a sus jugadores. De presión ya tenían suficiente, porque todos coincidían en que no avanzar a los octavos de final convertiría esta Copa del Mundo en un desastre para el soccer estadounidense. Más bien, Rothenberg estaba expresando su confianza en la capacidad de Milutinovic para hacer magia cada cuatro años. En 1986, Milutinovic llevó a México hasta unos sorprendentes cuartos de final. Cuatro años después condujo a la diminuta Costa Rica hasta la segunda ronda. No es extraño que la federación estadounidense siguiera el consejo del exentrenador y superestrella alemana Franz Beckenbauer y contratara a Milutinovic en 1991.

Nadie sabe exactamente cómo lo consigue Milutinovic. Una de sus palabras favoritas, tranquilo, resume perfectamente la confianza y la calma que intenta transmitir a sus jugadores. Su obsesión por reunir a 22 hombres satisfechos con su papel lo llevó incluso a dejar fuera al capitán de la selección de Costa Rica, y también influyó en su sorprendente decisión de prescindir esta primavera del veterano líbero estadounidense Desmond Armstrong. Místico e inescrutable, un hombre que se comunica con indirectas y encogimientos de hombros, Milutinovic es obsesivamente reservado cuando se trata de cuestiones tácticas. "¡Usted es primerizo!", soltó entre risas el viernes pasado a un joven reportero que ingenuamente le preguntó cómo afrontaría Estados Unidos el partido contra Rumania. "Nadie puede descifrarlo", dice el mediocampista estadounidense Hugo Pérez. "Solo puedo decirles que sabe perfectamente lo que hace".

El soccer no es un deporte literal, sino uno de corazonadas, sensaciones e instinto. Tal vez, por eso, hablar inglés con fluidez sería una habilidad desperdiciada para un chamán futbolístico como Milutinovic. Durante toda la preparación rumbo a la Copa sirvió como pararrayos, absorbiendo no solo el creciente escepticismo sobre las posibilidades de su equipo, sino también las ansiedades de sus propios jugadores. Eso les permitió desarrollar una confianza muy superior a su reputación internacional y, probablemente, a su verdadero nivel. "Con Bora todo es posible", dice el entrenador asistente estadounidense Steve Sampson. En efecto, cualquier alineación es posible, cualquier táctica... y, al final, cualquier resultado.

En los partidos de preparación para la Copa del Mundo, apenas dos meses antes, los estadounidenses empataron con Moldavia y perdieron ante Chile e Islandia. La defensa generaba dudas y la ofensiva simplemente no aparecía. Aun así, Milutinovic seguía repitiendo su mantra: mientras aprendas de cada empate y de cada derrota, lo único que importa es la Copa del Mundo, la Copa del Mundo. Como dijo el defensor estadounidense Fernando Clavijo a los reporteros después de la victoria sobre Colombia: "¿Ahora alguien se acuerda de que perdimos con Islandia?".

Aun así, nadie sabía cómo responderían los estadounidenses ante la presión de ser anfitriones del mayor evento deportivo de una sola disciplina en el mundo. Algunos de los veteranos europeos del equipo estadounidense—John Harkes, que jugaba en Inglaterra; Eric Wynalda, que jugaba en Alemania; y Tab Ramos, que jugaba en España—percibieron esa incertidumbre en el silencio que reinaba durante el trayecto en autobús hacia el Rose Bowl para enfrentar a Colombia. "Oigan, muchachos, así se siente la presión", dijo Wynalda. "¿No se siente bien? Disfrútenla".

Mientras tanto, Milutinovic hacía su parte, agregando una pizca de esto y otra de aquello a la mezcla. En un movimiento aparentemente caprichoso, dejó en la banca al corpulento defensor Cle Kooiman para darle la titularidad al jugador estadounidense de mayor edad, Fernando Clavijo, de 37 años. Aunque Clavijo llevaba meses sin disputar un partido, Milutinovic pudo haber recurrido a él porque era uno de los tres jugadores más rápidos del equipo y porque confiaba en su sensibilidad para entender el estilo de juego latinoamericano.

"Otro misterio de Bora" fue como el mediocampista Mike Sorber describió su propia inclusión en la alineación de Estados Unidos. Durante un tiempo, Sorber había dudado incluso de formar parte de la lista definitiva. Pero desde que Claudio Reyna, el fenómeno estadounidense de 20 años, sufrió un desgarro en el tendón de la corva el 8 de junio, Sorber ocupó su lugar y jugó con solidez en el mediocampo junto al más ofensivo Tom Dooley.

Al inicio del partido contra Colombia, tanto Clavijo como Sorber participaron en una secuencia que presagiaba una buena tarde para los estadounidenses. Herman Gaviria disparó hacia la portería de Estados Unidos y el balón rebotó en el pecho de Sorber, golpeó el poste izquierdo y volvió al campo hacia otro colombiano, Antony de Ávila, quien remató nuevamente. Esta vez el balón rebotó en el pie de Sorber y quedó rodando frente a la portería hasta que Clavijo logró despejarlo.

El mediocampista estadounidense Roy Wegerle llamaría posteriormente a esa jugada "nuestra pequeña dosis de suerte". Pero Estados Unidos recibió otra dosis apenas unos minutos después, cuando Harkes envió un centro desde la banda izquierda con la esperanza de que el delantero Ernie Stewart llegara al balón. Stewart no lo consiguió, en gran parte porque el defensor colombiano Andrés Escobar, al estirar instintivamente la pierna hacia atrás para despejar, terminó enviando el balón más allá del portero Óscar Córdoba y al fondo de su propia portería. Con toda la obsesión estadounidense en torno al fallecido narcotraficante colombiano Pablo Escobar, aquello resultó una irónica vuelta de los acontecimientos: ¡Escobar ha muerto; larga vida a Escobar!

Mientras tanto, al observar las dificultades de Colombia durante su derrota de 3-1 frente a Rumania en el partido inaugural, Milutinovic sacó una conclusión. A los colombianos les encanta enlazar pases cortos y precisos, especialmente por el centro del campo. Así que la defensiva estadounidense les concedió las bandas. Lalas, Balboa, Clavijo y Paul Caligiuri cerraron el medio, donde podían aprovechar su superioridad en estatura y fortaleza física. La táctica desconcertó tanto a Faustino Asprilla, la estrella ofensiva de Colombia, que el entrenador Francisco Maturana lo envió a la banca al medio tiempo. "No creo que hubiéramos podido jugar tan mal ni siquiera a propósito", dijo Maturana, quien renunciaría varios días después.

Desde luego, Colombia tenía sus excusas. Un fax enviado al hotel del equipo en Fullerton, California, la víspera del partido, amenazando las casas, las familias y la integridad tanto de Maturana como del mediocampista Gabriel Gómez si este jugaba, sin duda dejó al equipo colombiano completamente alterado. "¡Y el entrenador de fútbol americano de Ohio State habla de 'distracciones'!", resopló el corresponsal del International Herald Tribune.

Pero Estados Unidos también podía señalar muchas cosas que hizo bien. Stewart marcaría el gol de la victoria en la segunda mitad, aprovechando un pase bombeado de Ramos para vencer a Córdoba. Colombia no pudo superar al portero estadounidense Tony Meola (página 20), el de la abundante cabellera y padre peluquero, hasta el último minuto, pero para entonces nada podía detener la celebración que comenzaba a desatarse. Cuando el árbitro señaló el final, los jugadores estadounidenses se colocaron banderas de su país como si fueran capas y dieron la vuelta al Rose Bowl como si fueran un grupo de Clark Kent recién salido de años encerrado en una cabina telefónica. "Estamos aquí para hacer historia en el soccer", dijo Harkes.

Citando los abusivos precios previos al torneo y los problemas con la venta de boletos, algunos conocedores del soccer habían comenzado a tomar el ambicioso lema de World Cup USA '94 y a poner el énfasis en la última palabra: "Making soccer history", como diciendo que el soccer ya estaba acabado, terminado, liquidado. Pero la semana pasada ya no se escuchaba a los escépticos. Todo indicaba que la Copa era un éxito desbordante. Hasta el domingo, la asistencia promedio en las nueve sedes durante la primera ronda alcanzaba el 96% de la capacidad. Los índices de audiencia en televisión habían sido asombrosos para un deporte espectador supuestamente menos popular que las competencias de arrastre de tractores: la transmisión de ABC del debut de Estados Unidos ante Suiza superó al U.S. Open de golf; la transmisión por cable del partido entre Estados Unidos y Colombia tuvo mayor audiencia que cualquier juego de béisbol transmitido por ESPN esa temporada; y el partido entre Estados Unidos y Rumania ganó su franja horaria, según las mediciones preliminares. Mientras tanto, las casas de apuestas de Londres redujeron las probabilidades de que Estados Unidos ganara el mayor trofeo del soccer mundial de 100 a 1 a 33 a 1. Todo aquello era embriagador para un país cuya historia en la Copa del Mundo había sido tan breve que, literalmente, resultaba anecdótica.

P. ¿Cuál fue el momento más memorable de los estadounidenses durante su derrota por 6-1 ante Argentina en la semifinal de la primera Copa del Mundo, en 1930?

R. Cuando el utilero del equipo entró corriendo al campo para protestar una decisión arbitral, dejó caer su botiquín de primeros auxilios, rompió una botella de cloroformo y se desmayó.

P. ¿Qué fue de Joe Gaetjens, el delantero cuyo remate de cabeza dio a Estados Unidos su sorprendente victoria por 1-0 sobre Inglaterra en 1950?

R. Nadie lo sabe con certeza, aunque se cree que regresó a su natal Haití y fue asesinado por los Tontons Macoutes.

P. ¿Qué dijo Bill Jeffrey, entrenador del equipo de 1950, después del partido contra Inglaterra?

R. "Esto es todo lo que hace falta para que este deporte despegue en Estados Unidos."

Incluso la breve aparición de los estadounidenses en la Copa del Mundo de Italia cuatro años antes apenas merece un lugar en los registros del deporte. Estados Unidos practicó un soccer de despejar el balón constantemente, perdió sus tres partidos y fue descartado como un grupo de universitarios. Por eso resultó especialmente gratificante para Meola ver a Estados Unidos tocar el balón para consumir el tiempo frente a Colombia mientras transcurrían los últimos segundos. "Durante tantos años otros nos hicieron eso a nosotros", dijo. "Y aquí estamos, jugando contra un equipo al que muchos daban como campeón del mundo, y ahora somos nosotros quienes se lo hacemos a ellos."

Desafortunadamente para los estadounidenses, la derrota del domingo ante Rumania significó un probable enfrentamiento de segunda ronda el 4 de julio contra una de las grandes potencias del soccer mundial, Brasil, en la fase de eliminación directa. Una sola derrota pondría fin a la fiesta. Aun así, el entusiasmo generado por la victoria sobre Colombia prometía tener un efecto duradero en Estados Unidos.

En el pasado, el soccer en Estados Unidos había sido ridiculizado como el mayor servicio de guardería del mundo, pero la semana pasada ese enorme deporte de participación juvenil alcanzó la madurez. En el vestidor antes del partido entre Estados Unidos y Colombia, el hombre que había hecho más que nadie por llevar al soccer estadounidense a la edad adulta, reconociendo sus propias limitaciones con el idioma, le pidió a Sampson que escribiera en el pizarrón una frase en inglés que inspirara al equipo. Sampson escribió con letras enormes: SEIZE THE MOMENT.

"No sé qué es, pero es bueno", dijo Milutinovic sobre la frase elegida por Sampson. Aun así, el entrenador tenía curiosidad.

"¿Qué es eso de 'size the moment'?"

Nosotros sí podemos dimensionar ese momento, por Milutinovic y por cualquiera más:

Muy grande. Enorme.


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