ARCHIVO SI | Pelé: Un sueño hecho realidad

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es A DREAM COME TRUE, de E. M. Swift, publicada originalmente el 20 de junio de 1994.
Por una vez, parece acercarse a su edad: 53 años rumbo a la inmortalidad. Edson Arantes do Nascimento —Pelé para el mundo— ha sido un trotamundos incansable desde la llegada de 1994, y los síntomas de un desfase horario terminal comienzan a reflejarse alrededor de sus risueños ojos cafés. Ayer voló de Japón a Nueva York. Estará en la Gran Manzana durante 26 horas para firmar algunos contratos y realizar una entrevista; luego, esta noche, volará de regreso a Brasil.
Desde enero, representando a un abanico de compañías multinacionales —incluyendo MasterCard, Pizza Hut, Procter & Gamble, Time Warner, Tokyo Gas, Umbro y Pelé Sports & Marketing—, Pelé ha hecho apariciones en San Francisco, Los Ángeles, Ciudad de México, Miami, Buenos Aires, Caracas, Montevideo, Dubái, Roma, Túnez, Madrid, París, Cannes, Río de Janeiro y Tokio. Ha sido una locura. Él lo sabe, y sus representantes de negocios también lo saben. Pero con un estimado de 30 millones de dólares en contratos publicitarios y patrocinios llegando a sus manos tan solo este año, y existiendo un solo Pelé, es una carga que el hombre está dispuesto a soportar. Entre viajes, roba algunos días en sus casas de East Hampton, Nueva York, y Santos, Brasil, cerca de São Paulo. Y de algún modo, en medio de toda esa locura, esta piedra rodante encontró tiempo para conseguir jefa: Pelé y Assíria Seixas Lemos, de 34 años, se casaron en Recife, Brasil, el 30 de abril, ambos por segunda vez.
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Era el sueño de Pelé tener una Copa del Mundo en Estados Unidos. Hablemos de algo descabellado. Incluso los estadounidenses pensaban que estaba loco. “Recuerdo que en 1977 hablaba con mis amigos Joe Namath y O.J. Simpson sobre organizar la Copa del Mundo en Estados Unidos”, dice Pelé, mientras hace girar esos ojos cansados por tantos viajes. “Nadie lo creía”.
¿El evento más grande del deporte más popular del mundo celebrado en un país donde el football era un juego practicado con un objeto ovalado, y los strikers eran personas que participaban en una huelga? Una locura. Pero ese había sido el sueño de Pelé desde el momento en que firmó con el New York Cosmos en 1975, insuflando vida temporal a la North American Soccer League. Desde entonces, Pelé ha sido uno de los pocos nombres —y en la mayoría de los casos el único— que los estadounidenses asocian con el soccer. Ya desde 1983 había presionado a la FIFA, el organismo rector del deporte, para que otorgara a Estados Unidos, y no a México, la Copa del Mundo de 1986, una postura que irritó a sus compatriotas brasileños, quienes recordaban el gran apoyo que los aficionados mexicanos dieron al último equipo campeón del mundo de Brasil en 1970, un equipo encabezado por el propio Pelé.
En 1988, esa irritación se convirtió en enojo cuando Brasil, Marruecos y Estados Unidos fueron anunciados como los tres finalistas para la codiciada Copa del Mundo de 1994, y Pelé respaldó la candidatura estadounidense. “Un país donde millones de personas están muriendo de hambre y que tiene la mayor deuda externa del Tercer Mundo no puede considerar el patrocinio de una Copa del Mundo con dinero del gobierno”, dijo Pelé sobre las aspiraciones de Brasil. Columnistas latinoamericanos lo llamaron un títere de la América corporativa, pero Pelé no se disculpó. Y cuando Estados Unidos obtuvo la sede dijo: “Este fue un sueño hecho realidad”.
“Él encendió la chispa”, dice Alan Rothenberg, presidente de la Federación de Futbol de Estados Unidos. “Pelé fue la persona más importante en llevar la Copa del Mundo a Estados Unidos”.
Es casi imposible exagerar el alcance de la influencia de Pelé. Es reconocido al instante en cualquier país donde se juega soccer. En España se está realizando una serie animada, Pelezinho —Pequeño Pelé—, que será vista en todo el mundo. Cuando visitó Biafra en 1968, se declaró una tregua de dos días en medio de una sangrienta guerra civil. “En África, Pelé es como un dios”, dice, sin presumir. Según la mayoría de las evaluaciones, ha superado a Muhammad Ali como el atleta más reconocido del mundo, con Michael Jordan en tercer lugar. Y, si alguien se pregunta hacia dónde se dirige Pelé ahora, es portavoz de Japan 2002, la organización que intenta llevar la Copa del Mundo a ese país dentro de ocho años. Pelé, católico romano, ha tenido audiencias con la mayoría de los papas desde Pío XII. Ha sido cortejado por presidentes y reyes, pero es su sencillez y cercanía lo que atrae a los anunciantes corporativos.
“Sigue siendo el mismo chico humilde y sencillo que llegó al campamento para una prueba cuando tenía 14 años”, dice Julio Mazzei, amigo de toda la vida de Pelé y exentrenador del Santos, el primer equipo profesional de Pelé. “Es su carisma y su esencia. Es el tipo de persona que hace sentir cómodos a los demás, en quien los niños confían. Lo he visto en nuestros campamentos de soccer. Pelé llega, y 300 niños corren a través del campo y se le suben encima, se aferran a él, le estrechan la mano. Pelé tiene esa sonrisa que te invita a acercarte a él”.
Rechazando la sugerencia de que se ha convertido en un ícono rentado, motivado por las enormes cantidades de dinero que gana como portavoz corporativo, Pelé dice: “Es una misión. Podría ganar dinero sin viajar tanto. Pero llevar el soccer a países donde el soccer está poco desarrollado, esa es mi pasión. Quiero ver soccer en todo el mundo. Todas las personas pueden formar parte de ello. La gente pobre puede jugarlo. Otros deportes son muy caros para los niños. Pero el soccer es sencillo”.
Ciertamente, para Pelé siempre fue sencillo, tan universalmente aclamado como el mejor jugador en la historia del deporte que ni siquiera vale la pena iniciar una discusión sobre el tema. Hijo de un futbolista profesional itinerante, Pelé aprendió el juego descalzo en las calles de Três Corações (Tres Corazones), un pueblo ubicado a 170 millas al noroeste de Río de Janeiro, jugando con una pelota hecha de trapos. Cuando tenía alrededor de ocho años, los otros niños comenzaron a llamarlo con ese extraño nombre: Pelé. Todavía no sabe por qué. La palabra no significa nada en portugués, lengua materna de Brasil. Pelada es hoy la palabra utilizada para el futbol callejero, pero, según Pelé, no era un término que usaran cuando él era niño.
“Cuando era pequeño odiaba el nombre Pelé”, dice. “Mi padre me dijo que me llamaban Edson por Thomas Edison, y yo estaba muy orgulloso de que me hubieran nombrado en honor al inventor estadounidense. Luego, en los juegos, los muchachos me llamaban Pelé para burlarse de mí. No sé de dónde salió. Me peleaba con ellos cuando me llamaban así. Hasta los 12 años odié ese nombre, porque no sé qué significa”.
Ya no lo odia, y, de hecho, suele referirse a sí mismo en tercera persona con el nombre de Pelé. “Sí, claro que pienso en Pelé como una persona distinta”, dice. “Cuando conocí a Pelé, tenía siete u ocho años. Pelé no tiene nación, raza, religión ni color. La gente de todo el mundo ama a Pelé. Edson es un hombre como cualquier otro. Edson va a morir algún día. Edson llora cuando tiene un problema. Pero Pelé no muere. Pelé es inmortal”.
Pelé se convirtió en profesional cuando se unió al Santos a los 15 años y, en 1958, con 17, llevó a la selección nacional de Brasil a conquistar su primera Copa del Mundo, en Suecia. Después rechazó la entonces inédita oferta de un contrato por tres años y 2.5 millones de dólares hecha por el presidente de Fiat, Gianni Agnelli, para jugar con su club, Juventus, en Italia. Brasil repitió como campeón del mundo en 1962, momento en el que Pelé, quien entonces tenía apenas 21 años, era reconocido como el mejor jugador y el mayor imán de taquilla del planeta. Temiendo que Pelé fuera seducido para marcharse a Europa, el presidente brasileño Jânio Quadros lo declaró un “tesoro nacional”.
“Fue un gran honor para mí, pero aun así seguí pagando impuestos sobre la renta”, dice Pelé. Y muchos: jugando para el Santos con un salario aproximado de 150 mil dólares al año, era el atleta mejor pagado del mundo en deportes de conjunto.
En 1966, Brasil fue derrotado en la Copa del Mundo. Pero cuatro años más tarde, Pelé se convirtió en el primer atleta en formar parte de tres equipos campeones del mundo cuando condujo a Brasil al título en Ciudad de México. En 1971 se retiró de la selección nacional, pero continuó jugando para el Santos. Tres años después, el gobierno militar le suplicó al Pelé de 33 años que disputara una quinta Copa del Mundo, pero él se negó, diciendo: “Es mejor retirarse en la cima”. Hoy, Pelé —quien acumulaba 1,219 goles en 1,254 partidos hasta ese punto de su carrera— asegura que dejó el futbol por una razón distinta: protestar contra las políticas del gobierno. “Después de que ganamos en 1970, el pueblo brasileño estaba feliz y se olvidó de todo lo demás”, dice, “olvidó que el gobierno militar estaba matando y torturando, y nadie decía nada”.
Pelé recibió ofertas de equipos de Alemania e Italia al año siguiente, pero no tenía interés en volver a lanzarse a la olla de presión del soccer de alto nivel. Quería reducir sus viajes y pasar más tiempo con su esposa, Rose, y sus tres hijos. En 1975 sorprendió al mundo del soccer al firmar un contrato por tres años y 4.5 millones de dólares con el Cosmos. “Quería una vida más tranquila”, dice, “jugar solo una temporada de cinco meses. Podía aprender inglés y aprender de negocios si venía a Estados Unidos. Decidimos elegir al Cosmos por eso”.
El nombre de Pelé le dio un impulso inmediato a la NASL, fundada en 1968. Antes de Pelé, el Cosmos promediaba apenas unos cuantos miles de aficionados por partido en casa; con él, comenzaron a llenar estadios en todas partes. “Todo fue fantástico en 1975 y 1976”, recuerda Pelé. “Luego, en el 77, empezamos a viajar, a jugar partidos por todo el mundo. Empezamos a meter 62 mil personas en los partidos del Cosmos. Eso cambió todo. Gran éxito en el soccer; problema en la vida familiar. Mi esposa se enojó. Yo volvía a viajar todo el tiempo, y ella no tenía familia en Nueva York”.
Después de 12 años de matrimonio, Pelé y Rose se separaron en 1978, menos de un año después de que 75,646 personas abarrotaran el Giants Stadium para su partido de despedida con el Cosmos. La NASL también terminó por desmoronarse, desapareciendo en 1985. “El soccer creció demasiado y demasiado rápido”, dice Pelé. “Teníamos 18 equipos en 1977 y todo estaba muy equilibrado. Luego lo ampliaron a 24 equipos al año siguiente, y dejó de estar equilibrado”.
Otra liga profesional de soccer en Estados Unidos, la Major League Soccer, comenzará en 1995, y Rothenberg le ha ofrecido a Pelé la oportunidad —por 10 millones de dólares— de comprar la franquicia de Nueva York. Pelé aún lo está considerando. “Con la nueva liga”, dice Pelé, “deben mantenerla pequeña y, si crece, hacerlo lentamente. El otro error que cometimos fue que no dejamos demasiado espacio para los jugadores estadounidenses. Teníamos hasta ocho extranjeros por equipo y solo tres o cuatro estadounidenses. Debió haber sido al revés. Así las familias estadounidenses pueden involucrarse”. La MLS planea limitar a sus equipos a tres o cuatro jugadores extranjeros cada uno.
Pelé estará en Estados Unidos durante toda la Copa del Mundo, comentando los partidos para la cadena brasileña Globo. Si Brasil llega a la Final, en Los Ángeles el 17 de julio, Pelé Sports & Marketing espera encargarse de los boletos y los arreglos de viaje de hasta 25 mil brasileños. Pelé también posee los derechos de licencia para Sudamérica de Striker, la mascota de la Copa del Mundo. Hay mucho dinero en el soccer, especialmente en un año mundialista, y gran parte de él, de una forma u otra, conduce de vuelta al hombre que hizo posible todo esto en Estados Unidos.
“Son demasiados viajes”, dice Pelé sobre su agenda durante la Copa del Mundo. “Mi sueño ahora es comenzar una escuela para niños, prepararlos para la selección nacional de Brasil. Yo los entrenaría. Eso me encantaría”. Cuando le recuerdan que esa misma noche debe volar a Brasil, Pelé sonríe con una sonrisa hermosa y cansada. “Quizá en el 96”.
