Hugo Sánchez y el penalti fallado ante Paraguay. Cuarenta años de aquel dolor en México 86

Cuatro décadas han pasado. Era junio de 1986, México vivía un Mundial que también era una forma de sanar. Apenas unos meses antes, la Ciudad de México había conocido el polvo de los edificios caídos y el silencio de las ausencias debido al sismo del 19 de septiembre de 1985. Ahora, nueve meses después bajo el sol de la tarde, más de cien mil personas apoyaban a la Selección Mexicana con la fuerza de quien necesita una alegría para seguir adelante.
Era el segundo partido del Tri en la Copa del Mundo. El primero lo había ganado 2-1 a Bélgica y el ánimo de la afición estaba por los cielos. Para el segundo compromiso, se esperaba la victoria ante Paraguay.
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Y allí estaba Hugo Sánchez.
No era simplemente un delantero. Era el mexicano que conquistaba España, el hombre de las chilenas imposibles, el goleador del Real Madrid. El Pichichi. El máximo ídolo.
México se había ido al frente en el marcador con gol tempranero de Luis Flores, apenas al minuto 3. Después, un juego ríspido, donde incluso Hugo Sánchez fue derribado dentro del área por el portero Roberto Fernández. El árbitro no marcó penalti. Hoy, el VAR lo hubiera sancionado, pero eran otros tiempos, otro futbol.
Cinco minutos antes del final, el paraguayo Humberto Romero empató el juego. Parecía que nada cambiaría que el juego terminara en igualada. Nada. Hasta que llegó un penalti. Hugo Sánchez entró a velocidad por el sector derecho y fue derribado dentro del área.
Cuando el árbitro señaló el penalti en los últimos minutos del empate ante Paraguay, el Azteca sintió que el destino acababa de escribir el final perfecto.
Hugo tomó el balón.
Durante unos segundos, el estadio enmudeció. Las tribunas callaron, como si el país entero hubiera contenido la respiración. El ruido desapareció. Sólo existían el balón, la portería, el portero y el cobrador.
Hugo acomodó el balón sobre la mancha blanca. Miró al frente. A unos metros, Roberto Fernández aguardaba inmóvil, como una sombra.
Entonces comenzó la carrera.
No fue larga. Tampoco apresurada. Fueron apenas unos pasos cargados con el peso de millones de ilusiones. El disparo salió hacia la derecha del guardameta. Era un remate firme, pero no perfecto.
Y en un Mundial se suele castigar todo lo que no es perfecto.
Fernández adivinó. Se lanzó a su derecha. El balón encontró primero la mano del portero paraguayo y luego el poste. El sonido metálico retumbó en el Azteca como una campana inesperada. Después vino el rechazo, la oportunidad perdida y el final del partido. México había empatado.
Durante un instante, nadie supo qué hacer con el silencio.
Hugo permaneció allí, frente a la portería que se había negado a abrirse. El hombre que parecía destinado a resolver cada batalla acababa de descubrir, frente a todo un país, que también podía equivocarse.
Y aunque México recuerda aquel penalti como una herida deportiva, también conserva la imagen de Hugo caminando lejos del área, cargando sobre los hombros la decepción de una multitud. No fue gol. No hubo festejo. No hubo la clásica marometa.
Sólo quedó una escena inmóvil en la memoria colectiva: la tarde en que el futbolista más grande del país se encontró, por un momento, frente a frente con el dolor de haber fallado.
