La Fiebre Amarilla tomó el Azteca; Uzbekistán apareció como una rareza mundialista

Una hora y siete minutos después, la Fiebre Amarilla llegó al Estadio Azteca como si hubiera tomado el sur de la Ciudad de México.
La marcha salió desde el Parque Libertad 2 de Octubre con banderas, bombos, trompetas, humo amarillo y una manta enorme al frente en forma de la camiseta de la selección de Colombia. Fue una fiesta en movimiento.
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Cada cierto tramo, el grupo, integrado por barristas de distintos clubes del país que hacen una tregua para alentar a su país, se detenía para hacer dinámicas.
Cantaban más despacio, se agachaban, esperaban unos segundos y salían corriendo otra vez entre gritos.
La lluvia había dejado la calle mojada, pero nadie parecía preocupado. Algunos iban con impermeables, otros con sombreros vueltiaos, camisetas de James Rodríguez, capas tricolores o banderas amarradas al cuello.
Andrés Viloria, uno de los líderes de la Fiebre Amarilla, encabezó parte de una movilización que explica mucho de lo que representa Colombia en este Mundial.
Para los colombianos, el debut frente a Uzbekistán no fue solo su primer partido del grupo K en el Mundial 2026, también fue su oportunidad de mostrar presencia, de convertir la previa en territorio propio y de recordarle a la selección que no jugará sola en la Ciudad de México.
En la última milla, la escena se volvió mexicana
La caminata colombiana se encontró con grupos de música de banda y cumbia que se mezclaron con su fiesta.
Hubo baile, fotos, gritos y un choque de culturas que no se rechazaban, se acompañaban y apoyaban.
Los colombianos pusieron la marcha y los mexicanos, por momentos, el otro ritmo. Incluso policías y aficionados locales posaron juntos en la ruta hacia el estadio y se unieron a la fiesta de los visitantes.
El contraste apareció después, en el Azteca.
Mientras la marea amarilla llenaba accesos, pasillos y tribunas, los aficionados de Uzbekistán aparecían de forma contada.
Eran pocos, apenas unas decenas visibles en distintos puntos del inmueble, casi siempre perdidos entre camisetas colombianas.
Para muchos hinchas sudamericanos y mexicanos eran una rareza. Varios se acercaban a pedirles fotos, como si se hubieran encontrado con una postal inesperada de un Mundial que por fin juntaba mundos que casi nunca se cruzan.
Los periodistas uzbekos ya lo habían explicado en la previa: llegar desde Tashkent, capital del país asiáticos, hasta México podía implicar más de 15 mil kilómetros, escalas largas, trámites de visa y costos de miles de dólares.
Abdulbosit Valixonov, de Championat.asia, calculaba que su cobertura podía costar cerca de 7 mil dólares entre vuelos, hoteles y traslados.
Davlat Umarov, de Gazeta.uz, hablaba de una presencia mucho mayor en Estados Unidos que en México por la diáspora uzbeka y por la dificultad logística del viaje.
Por eso, si Colombia llegó como multitud, Uzbekistán lo hizo como resistencia.
En una de las explanadas del Azteca, sin embargo, la escala cambió por unos minutos. El Uzbek Fan Klub, la porra oficial de la selección, se acomodó con tambores, trompetas, banderas azul, blanco y verde, sombreros tradicionales y bufandas. Muyuin Turobov, uno de sus integrantes, formaba parte de ese pequeño grupo que por un momento se adueñó de la atención.
Los colombianos seguían siendo mayoría absoluta, pero el ruido cambió de dueño.
Los tambores uzbekos comenzaron a marcar el ritmo, los gritos se escucharon sobre la explanada y muchos aficionados se acercaron para grabar. Por unos instantes, los que habían llegado en menor número parecían ocupar todo el espacio.
Esa fue la imagen del día. Colombia caminó más de una hora hasta el Azteca y lo llenó con una marea amarilla de unas 60 mil personas; Uzbekistán llegó con apenas un pequeño grupo después de un viaje largo, caro y complicado.
Unos tenían la fuerza de la multitud; otros, la emoción de estar viviendo el primer Mundial de su historia.
El partido todavía no empezaba, pero el contraste ya era notorio.
