La lluvia no apagó la fiesta: así se vivió la inauguración del Mundial 2026 en el Ángel de la Independencia

La lluvia caía sobre el Ángel de la Independencia, en el Paseo de la Reforma, como si las nubes buscaran la forma —sin un atisbo de éxito— de apaciguar el fuego súbito de la algarabía.
Por un rato, el agua se evaporó apenas rozó el asfalto, derrotada por el calor febril de los cuerpos y la pasión de la tercera inauguración de un Mundial de Fútbol en la Ciudad de México.
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México acababa de concluir su duelo inaugural contra Sudáfrica en el albor del certamen mundialista. Las siluetas humanas corrían a través de los charcos, destrozaban los espejos de agua turbia a pisotones francos y se lanzaban, desbocadas, hacia el epicentro del júbilo.
“Aquí llevo a mis siete angelitos”, alcanzó, apenas, a decirme un aficionado que corría con una bolsa negra de plástico hacia el Ángel de la Independencia tras la victoria de México 2-0 ante Sudáfrica, con un tanto del colombiano Julián Quiñones al 9' y otro de Raúl Jiménez al 67', para inaugurar la Copa del Mundo 2026.
Bajo la pátina dorada y la sombra de la Victoria Alada, la urbe mutó en una criatura de mil cabezas.
Antes, en Sudáfrica, a un océano y 16 años de distancia, el estadio Soccer City había fungido como un caldero de angustias, encapsuladas en el zumbido perenne de las vuvuzelas.
Pero esta vez, la plétora de almas exhibió atavíos variopintos. Una legión de camisetas verdes con el nombre de Raúl Jiménez en el dorso se fundía en abrazos con completos desconocidos, inmersos en un acto de comunión efímera y voraz.
El aire denso olía a lúpulo derramado y a cebada tibia; la cerveza trazaba parábolas doradas junto a los estallidos intempestivos de espuma en aerosol que blanqueaban los cabellos de los transeúntes en el Paseo de la Reforma.
Entremezclados entre la multitud, los vasos escarchados de esos brebajes fluorescentes —bautizados popularmente como azulitos— teñían las sonrisas de una juventud ávida de azúcar, vodka, vértigo y futbol.
Los infantes, encaramados sobre los hombros estoicos de sus padres, escudriñaban el horizonte nublado con ojos desmesurados, a la espera perentoria de ver aparecer al egregio Gil Morita entre el mar de concreto y cláxones.
“¿Cuál pongo? ¿Cuál pongo?”, me preguntó un individuo vestido con el verdeamarela inconfundible de la playera brasileña, que cargaba como un Caupolicán moderno con una bocina sobre su hombro derecho.
La muchedumbre bramaba el Cielito lindo, para transmutar de súbito a la cadencia machacona del "Seven Nation Army" y culminar, sin previo aviso, en la crudeza callejera de Por mi México de Santa Fe Klan.
“¿En dónde están, en dónde están, los sudafricanos que nos iban a ganar?”, decía la multitud mientras deliberadamente ignoraba la música de la ciudad.
Y si, por los caprichos del azar, algún turista despistado de tez germánica —y ojalá esto fuera solo una hipérbole— osaba cruzar el umbral de la glorieta, el cántico viraba con presteza hacia un agudo “Eeeeel Chucky Lozano”, a modo de conjuro o exorcismo deportivo.
A ratos, la gravedad se abolía cuando la marea entera despegaba los pies del suelo bajo la amenaza inexorable de heredar el denuesto de esa palabra innombrable, la de las cuatro letras, a quien rehusara el brinco.
Extranjeros de mirada atónita se sumaban al ritual, obnubilados por una euforia incomprensible pero letalmente contagiosa.
Cuesta concebir que este rito pagano, esta peregrinación dionisíaca hacia el Ángel de la Independencia, tuvo un origen furtivo. Para entenderlo, es imperativo ir a los laberintos del tiempo y retroceder al 7 de junio de 1970, la tarde en que la escuadra nacional despedazó a El Salvador.
En aquella jornada, una turba espontánea peregrinó hacia Reforma por primera vez.
Eligieron este monumento por la proximidad táctica con el hotel de concentración del equipo y por el magnetismo ineludible de la estatua, que los convocaba desde lo alto con su laurel de bronce.
En una metrópolis todavía lacerada por el autoritarismo, tomar la calle y gritar a los cuatro vientos sin sufrir represión policial constituyó una verdadera epifanía.
La válvula de escape se abrió. Desde ese instante, la glorieta se consagró como el altar definitivo de la catarsis nacional.
Ahora, en este presente acuoso, la historia se reescribe.
El tiempo lineal pierde su tiranía entre los saltos al unísono, la lluvia oblicua y el repertorio inagotable del sujeto de amarillo. Todo ocurre simultáneamente en la percepción del observador: el silbatazo final en tierras africanas, el néctar de malta esparcido en la avenida, la niña ilusionada en busca de sus ídolos, el asfalto retumbante con furia inusitada. Nos convertimos en un solo organismo vivo, un amasijo de agua, espuma y clamor, aferrados a un instante de perfección absoluta que, a pesar de su naturaleza fugaz, posee el sabor inconfundible de la esperanza que asegura, insegura, que la primera ya duerme en tierras mexicanas.
