ARCHIVO SI ¿Roger Federer es el mejor de todos los tiempos?

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. A propósito del cumpleaños de Roger Federer este 8 de agosto, nos remontamos a junio de 2009. Roger Federer conquistó el Abierto de Francia, completó el Grand Slam de carrera e igualó el récord de Pete Sampras de 14 títulos de Grand Slam en individuales. Era el momento de abrir el debate sobre su lugar en la historia.
Roger Federer con el trofeo de Roland Garros, el único de su carrera, el cual ganó en 2009.
Roger Federer con el trofeo de Roland Garros, el único de su carrera, el cual ganó en 2009. / Ryan Pierse/Getty Images

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es Is HE THE GREATEST OF ALL TIME?, de S.L. Price, publicada originalmente el 15 de junio de 2009.

El otro hombre ya casi no importaba. Roger Federer había recuperado lo suficiente de su antigua versión dominante para desactivar al antes peligroso Robin Söderling y convertirlo en un actor secundario en el acto final del Abierto de Francia 2009. Pero, seamos sinceros: nadie, ni siquiera el propio Söderling, esperaba que el sueco representara un gran obstáculo. En realidad, el verdadero rival de Federer durante todo el torneo habían sido los factores inesperados, esas variables capaces de alterar mentalmente a cualquier jugador, y en la final del domingo todos aparecieron de golpe en una sola prueba.

Te puede interesar: ARCHIVO SI | Wimbledon nunca fue mejor

Primero, su padre, Robert, aquejado por un virus, abandonó el complejo antes del partido y tuvo que seguir desde la televisión del hotel la actuación que sellaría el legado de su hijo. Después apareció un viento arremolinado que agitó con fuerza las banderas sobre la Cancha Philippe Chatrier; un cielo gris que descargó neblina, llovizna y chubascos durante el encuentro; y, justo cuando Federer dominaba por 6-1, 2-1, un desequilibrado saltó a la cancha y corrió directamente hacia él. Nadie reaccionó a tiempo para detenerlo y nadie sabía cuáles eran sus intenciones.

"Eso me asustó", dijo después Federer. "Verlo tan cerca de inmediato".

En realidad, el mayor fantasma era la historia. Federer no solo intentaba igualar el récord de 14 títulos de Grand Slam de Pete Sampras en su cuarta final consecutiva en Roland Garros, sino que, al conquistar por primera vez el torneo parisino y completar el Grand Slam de carrera, también rompía el empate con el estadounidense, quien jamás pasó de las semifinales en París. Y además estaba aquella mujer en las gradas agitando una pancarta con un mensaje enorme: RAFA ESTÁ AQUÍ.

Y, en efecto, Rafael Nadal podía estar descansando sus maltrechas rodillas junto a una piscina en Mallorca, pero su presencia se sentía sobre la cancha. Su dominio sobre Federer seguía siendo el mayor argumento en contra de cualquier afirmación de que el suizo era el mejor jugador de su época, y mucho más el mejor de todos los tiempos. No extrañó que durante todo el partido Federer luchara por contener los pensamientos que revoloteaban en su cabeza: ¿Y si gano? ¿Qué significa eso? ¿Qué voy a decir?, mientras hacía parecer indefenso a Söderling.

Federer también pasó buena parte de la primavera lidiando con el No. 3 del mundo, Andy Murray, y el No. 4, Novak Djokovic, quienes habían acumulado un récord de 6-0 contra él desde el Abierto de Estados Unidos del otoño anterior. Un problema en la espalda lo obligó a permanecer seis semanas fuera de las canchas antes de la gira de torneos sobre superficie dura, y sus discretos resultados en Indian Wells y Miami lo dejaron desconcertado.

"La gente habló mucho de que había perdido el control, y hasta cierto punto supongo que era verdad", dijo después de la victoria. "De repente mi juego desapareció por completo. No sé por qué".

Pero una sorprendente victoria en sets corridos sobre un agotado Rafael Nadal en el torneo de preparación de Madrid —el primer título de Federer en el año— le devolvió la confianza rumbo a París. Cuando Djokovic fue eliminado por Philipp Kohlschreiber durante el primer fin de semana de Roland Garros y Fernando González dejó fuera a Murray en los cuartos de final, el camino del suizo hacia el campeonato pareció abrirse de par en par. Tras sobrevivir a un duro partido de cinco sets frente al no sembrado Tommy Haas en la cuarta ronda, Federer observó un cuadro integrado por cinco rivales ante los que tenía un impresionante récord de 38-1. ¿El No. 23 del mundo, Robin Söderling? Lo había enfrentado nueve veces y solo le había cedido un set.

Aun así, Federer sufrió varios altibajos a lo largo del torneo. El más dramático llegó cuando se encontró abajo dos sets a uno frente al No. 5 del mundo, Juan Martín del Potro, en las semifinales del viernes. Federer cumpliría 28 años en agosto y, entre esos momentos de incertidumbre y su creciente uso de las dejadas —un recurso que alguna vez calificó como señal de debilidad—, comenzaba a dibujarse el retrato de un genio enfrentando el inevitable paso del tiempo. Tras reencontrarse con su mejor tenis y derrotar a Del Potro en cinco sets, dejó de hablar sobre la oportunidad perdida de cobrar revancha.

"Quizá ustedes lo van a extrañar", dijo tras la semifinal, en referencia a la ausencia de Nadal de la final de Roland Garros por primera vez en cinco años, "pero yo no".

¿Y en el fondo?

"Sabía que el día en que Rafa no estuviera en la final, yo estaría allí y ganaría", confesó Federer el domingo por la noche. "Lo sabía y siempre lo creí".

Aunque esta podía ser su última gran oportunidad para conquistar Roland Garros, Federer no era el jugador más nervioso en París. La recién coronada No. 1 del mundo, Dinara Safina, llegó desesperada por justificar su posición en el ranking y borrar el recuerdo de sus dos anteriores derrumbes en finales de Grand Slam. Sin embargo, la noche previa a la deslucida final femenina del sábado, la rusa de 23 años estaba tan abrumada por el momento que se aisló de su entrenador de confianza, Zeljko Krajan, y de cualquiera que intentara tranquilizarla.

"Después de las semifinales, Dinara ya estaba acabada", explicó Krajan, luego de que Svetlana Kuznetsova, otra especialista en superar crisis bajo presión, se impusiera 6-4 y 6-2 para quedarse con el título. "Estaba perdida en su cabeza y era imposible llegar a ella. Antes del partido ni siquiera pudo cenar. Lloró durante cuatro horas. Emocionalmente simplemente se derrumbó".

Durante años, Kuznetsova, campeona del Abierto de Estados Unidos 2004, libró sus propias batallas mentales. Al igual que Safina, había perdido sus dos finales anteriores de Grand Slam y en 2008 estuvo cerca de abandonar el tenis. Pero el otoño pasado decidió reconectar con sus raíces y regresó a Rusia, dejando atrás el centro de entrenamiento donde había vivido durante años en Barcelona, una decisión que revitalizó su carrera.

"Quiero salir a la cancha y divertirme", dijo Kuznetsova el viernes.

Al día siguiente lo demostró. Recorrió con soltura la Cancha Philippe Chatrier, castigó con su derecha, alternó dejadas y esperó pacientemente a que Safina se desmoronara.

"Ella juega con demasiada presión", comentó después del partido. "Yo ya aprendí lo que es la presión. No es lo mío".

Pero incluso la mente más fuerte puede llenarse de dudas. Durante los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, Kuznetsova empezó a cuestionar su decisión de mudarse a Moscú; algunos amigos le advertían que allí se distraería. Entonces, las jugadoras de la selección rusa de basquetbol le pidieron ayuda para tomarse una fotografía con Federer, y fue la primera vez que habló con él. Le confesó que estaba cansada de vivir en España.

"Mira", le respondió Federer, "solo puedes depender de ti misma. Si puedes concentrarte y vivir en Moscú, hazlo".

Que Federer, quien durante toda la primavera hizo caso omiso a quienes le sugerían cambiar su estilo de juego para vencer a Nadal, alabara la autosuficiencia no sorprendió a nadie. El domingo, cuando el último derechazo de Söderling quedó en la red, el suizo cayó de rodillas y escondió el rostro entre las manos. Pero se levantó de inmediato, con la boca temblando, y golpeó una pelota hacia la multitud que celebraba. Entonces comenzó a llover otra vez.

Andre Agassi, cuya propia carrera había cambiado diez años antes tras conquistar ese mismo torneo, fue el encargado de entregarle el trofeo. Federer lo levantó sobre su cabeza y luego lo acercó para besarlo largamente. Durante el himno nacional de Suiza, las lágrimas recorrieron sus mejillas.

"Ahora, por el resto de mi carrera, podré jugar relajado", le dijo al público.

Después dejó el micrófono. El cielo se abrió, la arcilla roja se convirtió en lodo, pero daba la impresión de que París sonreía. Roger Federer ya no tenía nada por lo cual llorar.

Federer había alcanzado 20 semifinales consecutivas de Grand Slam y 10 finales consecutivas. La racha más larga de Rod Laver fue de seis finales.

"Quizá ustedes lo van a extrañar", dijo finalmente Federer sobre la ausencia de Nadal en la final de Roland Garros, "pero yo no".


Published |Modified