Argentina, mi villana favorita

Stephen baja las escaleras de la mansión caminando con dificultad, ayudado por su bastón. “¿Quién es ese negro montado a caballo?”, le pregunta a su amo, Calvin Candie. “Él es Django y sé que se van a odiar”, le dice el patrón. Stephen, el mayordomo, esclavo principal de Candie, había visto la llegada de Django, negro como él pero hombre libre, con sus ojos llenos de odio, sus cejas gruesas y blancas. Cuando Candie le dice que tiene que prepararle la habitación y tratarlo bien, Stephen se aleja indignado. “No puede ser -refunfuña- que un negro se quede en la mansión”
La escena es memorable. Pertenece a la película Django sin cadenas (2013), de Quentin Tarantino. Calvin Candie es Leonardo Di Caprio y Django es Jamie Fox. Samuel Jackson interpreta a Stephen, el esclavo colaboracionista, entregado a su patrón. Su imagen mirando la llegada de Django se convirtió en un meme. Es el mismo que replicó Jackson antes de la final del Mundial entre Argentina y España. Era un mensaje a la comunidad negra desde la cuenta SEC Black Alumni Network: “No hinchen ni apoyen a Argentina para que gane la Copa Mundial de la FIFA. Históricamente, Argentina ha sido uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”. “Si sos una persona negra alentando por Argentina -decía el mensaje-, esto es lo que representás para mí".

Después del partido con España, el diario deportivo argentino Olé realizó un relevamiento sobre 186 títulos de la prensa internacional y detectó que uno de cada cinco fueron negativos para la selección de Lionel Scaloni. La crónica que el periódico británico The Telegraph publicó sobre ese partido comenzó con un resultado: “Fútbol 1, Delincuentes 0”. “Era imprescindible -escribió el periodista Jason Burt- que España ganara esta final. Cualquier otro resultado habría sido un auténtico crimen”.
Dos meses después de la final, participé de la Feria y Foro del Libro Deportivo que organizó el Círculo de Periodistas Deportivos, en Buenos Aires. La charla giraba en torno al último Mundial de Lionel Messi. Hasta que la conversación llegó a esas críticas contra la Argentina. Fue entonces que uno de los asistentes, el periodista Guillermo Blanco Alvarado, miembro del Círculo, preguntó: “¿Y qué hicimos nosotros para que nos vean así?”.
Era una pregunta desafiante, de esas que descolocan porque obligan a mirarse hacia adentro. ¿Qué había pasado para que el equipo que tenía a Messi, un futbolista maravilloso que conmovía al mundo con sus 39 años, se convirtiera en el nuevo villano del fútbol global? ¿Era la mirada externa desenfocada? ¿Era envidia, como algunos la llamaban? ¿O también había responsabilidad propia?
Cuando la Argentina se consagró campeón del mundo en Catar, fue un equipo celebrado más allá de las fronteras, sobre todo por hinchas de Bangladesh, India y Nepal. Durante la primera fase del último Mundial, Sam Anderson, cronista de The New York Times Magazine, asistió a los dos partidos que Argentina jugó en Dallas, contra Austria y Jordania, para ver al Messi de carne y hueso, y se encontró con el mismo fenómeno. “Vi Messis bebés, Messis ancianos y Messis embarazadas -escribió Anderson-. Vi Messis en motocicletas y Messis en sillas de ruedas. Messis besándose y Messis peleando. Vi a un Messi calvo con la cabeza pintada de azul. Cada mañana, en el comedor de mi hotel, tenía que abrirme paso entre una multitud de Messis apiñados alrededor de la máquina de waffles, esperando waffles calientes con forma de Texas”.

Pero semanas después, en la final que Argentina perdió contra España, Anderson captó la contracara. Vio a esos mismos Messis llorando y al propio Messi también llorando. Aunque él mismo se alegró por el triunfo de España en un partido de fútbol muy discreto. “La fealdad fue culpa de Argentina. Jugaron mal, con una violencia escandalosa, y Messi, la figura principal del fútbol mundial, no logró brillar. Su viaje de héroe llegó a su fin”.
En medio de todo eso pasó un Mundial. Una primera fase con tres victorias argentinas, Messi goleador y figura, y luego el sufrimiento con Cabo Verde, quizá la selección más querida. Ahí pudo verse un punto de partida en las críticas, pero también en los fallos del VAR que se discutieron con Egipto y Suiza. “ArgenFIFA”, decían los rivales. “Argentofobia”, respondíamos.
¿Hubo una campaña contra Argentina? Se lo pregunté al ensayista y sociólogo argentino Pablo Alabarces, autor de diversos libros sobre fútbol y cultura popular. “Ni campaña anti Argentina -me dijo-, ni conspiración planetaria, esas cosas no existen. Sí me parece que tuvo que ver con el funcionamiento de redes, que crean burbujas y además favorecen los discursos de odio”.
Otro sociólogo argentino que investiga sobre deportes, Diego Murzi, me habló de esa maquinaria de ficción que también son los Mundiales. “Son un acontecimiento comunicacional y de sentidos fabuloso -me dijo-, ahora potenciado por esa conversación global que se da en las redes. Se arma todo un guión ahí. Que no sé quién lo escribe, o quizá lo escribimos todos, y dura ese mes y medio. En ese guión, esta vez a Argentina le tocó el rol de villana de la película”.
Pero, ¿cuál era la percepción desde afuera? A uno de los primeros amigos que le escribí fue a Juan Manuel Vázquez, periodista mexicano, editor de Deportes del diario La Jornada, con quien compartimos unos días en el inicio del Mundial, inaugurado en el estadio Azteca, escenario esencial para el fútbol argentino y maradoniano. Juan Manuel me había pedido que le llevara una remera de Charly García por lo que tengo claro su amor por la Argentina. Le pregunté, entonces, por qué creía que la selección había sido la villana del último Mundial.

“Decir que se vio a Argentina como la villana me parece no sólo parcial sino incluso excesivo -arrancó su audio de WhatsApp-. Raya, incluso, la victimización. Es una manera de eludir una postura autocrítica. Lo dice alguien que quiere mucho a Argentina, y que piensa que Argentina es mucho más que fútbol, es fascinante el país y su cultura. Pero a veces son demasiado arrogantes, rozando lo despectivo. Borran al otro, le insultan, y pasan a ser cada vez más violentos. Y, claro, también aquí en México se les ha empezado a responder”.
El periodista español Toni Padilla, especialista en historia y deporte, autor de diversos libros, me aportó otra mirada. Me dijo que todo esto le recordaba al fútbol italiano de los ochenta, el que veía en su infancia en Barcelona, un juego más físico. “Es un fútbol que puede ganar títulos a nivel clubes o de selecciones, es un fútbol ganador, con una cultura competitiva dispuesta a todo, incluso a cruzar ciertas líneas, a caminar en el filo del límite de los valores de deportividad”.
En ese sentido, me dijo Padilla, la pasión argentina, tanto como la italiana, lleva a hacer cualquier cosa para ganar. “Es una unión perfecta de talento y virtudes positivas con lo que se puede llamar picaresca, por un lado, o antideportividad, como podía ser el equipo de (Carlos) Bilardo, algo que a veces él admitía”.
En el Mundial de Italia 90, para el partido con Brasil por octavos de final, se preparó un bidón con agua y sedantes del que tomó Branco, jugador brasileño, que siguió el partido con náuseas y mareos. Esto lo contó años después el propio Diego Maradona. “Era un comportamiento totalmente censurable desde un punto de vista ético y muchas veces en Argentina se aplaudía -me dijo Padilla-. Yo creo que eso, al final, genera cierta animadversión por parte de los otros hinchas, que ven un equipo que, por momentos, cuando te enfrentas a él te puede sacar de tus casillas”.
Cada uno elige con qué imagen argentina quedarse. Podría ser el bidón de Branco o la Mano de Dios, el primer gol de Maradona a Inglaterra en 1986. Pero también podría ser la foto del segundo gol, el más maravilloso de la historia de los Mundiales.

Cuando en Estados Unidos se confirmó la semifinal con Inglaterra volvieron las imágenes de México 86, la obra maestra de Diego, todo condensado ahí: la picardía, la trampa y la genialidad. El partido de 1986 se jugó cuatro años después de la guerra de Malvinas. El de 2026 fue el primero con Lionel Messi. El 2-1 de la ciudad de Atlanta fue un triunfo heroico, emotivo, conseguido en los minutos finales después de una gran superioridad futbolística. Fue Messi en su esplendor.
Además del resultado, en Inglaterra molestó la bandera que los jugadores argentinos mostraron entre los festejos con la frase “Las Malvinas son argentinas”. Era un trozo de sábana pintada en una habitación de hotel y que unos hinchas lanzaron al campo de juego. Fue una acción de enorme impacto político. Los sectores más conservadores del Reino Unido pidieron sanciones. La FIFA impuso una multa económica a la Asociación del Fútbol Argentino.

“Las 31 artimañas sucias que Argentina desató contra Inglaterra”, se leyó en The Telegraph. En The Guardian, líneas distintas, hubo bellos artículos sobre Messi y Argentina. Pero The Sun publicó la foto de la bandera y le puso el título “Argie arrogance”. Durante la charla en el Círculo de Periodistas Deportivos, Juan Manuel Trenado, del diario La Nación, buscó el antónimo para pensar a Inglaterra: “Inglaterra humilde”. “¿Quedaría bien así?”, preguntó.
Entre todo esto, las simpatías excedían lo que ocurría en la cancha. Lo que también se discutía -en sectores del progresismo del norte, de Europa y Estados Unidos- era a Javier Milei, el presidente de la Argentina, aliado de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Todo se puso en la licuadora. Las redes también hicieron su parte.
“Hay un desplazamiento que es falaz -me dijo Alabarces-. Milei no es la Argentina, pero Milei es la cabeza de la Argentina y es un rostro muy presente. Y es, después de todo, un presidente electo por más de la mitad de la sociedad. Eso, insisto, son conclusiones falaces, son conclusiones mal sacadas, pero son conclusiones que se sacan. Y eso te ubica en el rol de villano”.
En su programa de televisión en Argentina, durante el Mundial, el conductor Eduardo Feinmann, ideológicamente cercano a Milei, dijo que detestaba a los mexicanos. “Los detesto con mi alma -se envalentonó-. El ahorita ese se lo pueden meter en el orto. Son detestables esos tipos. La envidia que los mexicanos les tienen a los argentinos, no solo en el fútbol, quieren ser como nosotros y no les da el pinet”.
El episodio llegó hasta la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, que en su conferencia de prensa de las mañanas calificó a Feinmann de “pseudoperiodista” y lo vinculó a sectores de la derecha mexicana.
México, además, rivalizó con la Argentina en el último tiempo, sobre todo por los cruces en Mundiales de 2006, 2010 y 2022, todos con victorias albicelestes. “La eliminación en Alemania 2006 le dolió mucho a la afición mexicana porque parecía que era el partido para romper con la hegemonía de Argentina”, me dijo el periodista mexicano Alberto Aceves. “Hay también -me contó- un público joven que consume contenidos en YouTube y TikTok, donde replican videos con comentarios no tan agradables hacia el fútbol mexicano o hacia la afición mexicana, y eso alimenta una animadversión hacia los argentinos”. “Sin embargo, cuando ves el fútbol en México -siguió Aceves- hay jugadores argentinos que han hecho raíces. Es el mercado que más ha exportado y que más jugadores tiene registrados en la liga”. Los vínculos entre México y Argentina, además, exceden el fútbol.

Vázquez le agregó la música, los intercambios universitarios y también la solidaridad entre los pueblos, como ocurrió al recibir a los exiliados argentinos de la última dictadura. “Pero con el fútbol han cosechado un entorno hostil -me dijo-. Es como si fuera un patrimonio absolutamente de los argentinos. Creo que les hizo mucho daño el Mundial 2022, la arrogancia que vino después de eso. Puedes preguntarle a los colombianos qué opinan. O a los brasileños”.
Asumí esa recomendación y le pregunté a un colega brasileño. Lucio de Castro es, además de historiador, un prestigioso periodista de investigación con muchos años de trayectoria. “En Brasil -me dijo- existe la opinión generalizada, a pesar de las buenas intenciones de muchos, de que los argentinos son ‘arrogantes’. Y últimamente, en gran parte debido al fútbol, se ha extendido una visión de los argentinos asociada al racismo. Y las transmisiones de fútbol, con comentaristas y locutores sensacionalistas, han contribuido a amplificar esto”.
Hubo episodios que alimentaron esa visión, como el canto discriminatorio de Enzo Fernández hacia jugadores negros de Francia y también la controversia que Gianluca Prestianni mantuvo con Vinicius Jr., que incluso impuso una norma de FIFA respecto a taparse la boca en medio de un partido.
Según De Castro, todo ese contexto creó una oportunidad para construir un discurso de odio contra Argentina. “Esto -me dijo Lucio- lleva a la paradoja de acusar a Argentina de ‘racismo’ en una final contra España. España, que sufre cada domingo de racismo cruel, por ejemplo, contra Vinícius Jr. Incluso brasileños de una élite blanca racista señalaron con el dedo. Esto no exime a Argentina de tener serios problemas en este sentido”.
“No somos un país racista -agregó Alabarces-, pero tampoco un país antirracista, y no vemos lo evidente: que hay racismo”. Esto, me aclaró, lo aprendió de Maga Pérez, periodista afroargentina y activista por los derechos humanos de las personas afrodescendientes.
Le pregunté, entonces, a Maga cómo le había caído el posteo de Samuel Jackson. “Me pareció un montón -me dijo-. Le mandaría un recursero de notas con las cuestiones en Estados Unidos sin resolver. Que haga un movimiento de derechos civiles, como los llaman ellos. Que son derechos humanos, no derechos civiles, empezando por ahí”.
Maga sabe muy bien de qué se trata el racismo en Argentina. “Pero nadie -me dijo- está para andar arrojando piedras al voleo”. Aunque tampoco era cuestión de negar lo que pasa en el país: “Soy una mujer negra argentina, transito las calles y sé que el racismo está presente y que se presenta de múltiples formas”. Por eso, a su vez, lo del actor estadounidense permitió también pensar qué pasa con el racismo en Argentina.
Cuando Maga empezó a leer todo lo que se decía de Argentina le produjo dolor. “Tuve que ordenar un poquito la mente y las emociones. Nunca había visto una campaña tan agresiva contra Argentina y la sentí injusta. Porque el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Ningún país, me dijo, tiene resuelta la exclusión a causa del racismo por el color de piel. “Argentina -aclaró- es un país en el que pasan cosas pero se puede transitar”.
En una respuesta al posteo de Samuel Jackson, el politólogo Federico Pita, activista antirracista afroargentino y fundador de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR), escribió: “Intervenir en esta polémica exige rechazar tanto la condena de trazo grueso promovida por la cultura del espectáculo como la tibieza de la defensa propia que busca tranquilidad en el espejo de las causas nobles. Superar el racismo criollo requiere dejar de reaccionar ante los estímulos de la agenda internacional para construir un diagnóstico profundo que no le tema a la incomodidad”.
Durante el Mundial de Catar, un artículo del diario The Washington Post se preguntó por qué no había jugadores negros en la selección argentina. “Los procesos raciales fueron diferentes en un país y en otro -me dijo Maga-. En nuestro país tuvo una forma que nosotros llamamos mestizaje. Y eso tiene que ver en cómo las poblaciones afrodescendientes se han integrado para sobrevivir con el resto de la comunidad”.
Ese mestizaje no se produjo de manera amable, por cierto, pero así ocurrió. “Los morochos -agregó Pita- están en los barrios populares, en las villas, y los blancos en las zonas de clase alta. Entonces, la pregunta que cabe es otra: ¿cuántos jugadores en la selección son blancos?”
Después del Mundial, como contracara a la idea de una selección favorecida por la FIFA de Gianni Infantino, de buen vínculo con Claudio “Chiqui” Tapia, presidente de la AFA, en Argentina se instaló que el equipo había sido boicoteado en la final. Hubo distintas y disparatadas teorías conspirativas. Todas las capas del absurdo se juntaron en la imagen de la coronación española. Mientras Rodri levantaba la Copa del Mundo, los jugadores argentinos saludaban a sus hinchas. Esto se vio como un modo de darle la espalda a los rivales. En España se los acusó de malos perdedores. En Argentina se llegó a decir que era una forma de protesta.
Y, al final, sólo se trató de mirar de frente a los hinchas propios, de compartir la tristeza, de despedirse, ese modo argentino de entender el fútbol de manera colectiva. Quizá la arrogancia que se observa sea también el combustible para la competitividad argentina.
El Mundial 2022, me contó Vázquez, se celebró en Ciudad de México. El Ángel de la Independencia, en Paseo de la Reforma, se llenó de argentinos. “Los mexicanos decíamos que era muy bueno que lo celebren ahí, al fin alguien lo usa, decíamos burlándonos de nosotros mismos. Después sobrevino una soberbia. Lo digo con mucho respeto y mucho amor hacia los argentinos”, me dijo.
Su cierre del audio fue, incluso, un poco más allá. “Y viva Argentina, chingao”.

Alejandro Wall nació en Buenos Aires en 1979. Es periodista especializado en deportes. Desde hace más de veinticinco años publica crónicas sobre los vínculos del deporte con la política y la sociedad en diarios y revistas de la Argentina y el exterior. Cubrió los Mundiales Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y EEUU-México-Canada 2026. Es autor de los libros ¡Academia, carajo! (2011), El último Maradona (2014, junto a Andrés Burgo), Corbatta, el wing (2016), Ahora que somos felices (2019), La Tercera y La Tercera. Los Héroes (2023, junto a Gastón Edul), Revolución Scaloni (2024), Nuestro Fútbol (2026) y No me arrepiento de este amor (2026, junto a Gastón Edul). Escribe en el diario Tiempo Argentino y participa de los programas de radio Pasaron cosas y Era por abajo. También trabaja en la señal de televisión Fox Sports. En Instagram y Twitter es @alejwall.