Los Seahawks destrozaron las debilidades de Pats con facilidad

SANTA CLARA, California — Desde la patada inicial, cada equipo exhibió sus miedos más profundos y sus vulnerabilidades; las partes de sí mismos que aman y aquellas de las que no pueden deshacerse por más que lo intenten.
Los Patriots mandaron blitzes como posesos, lanzándose en oleadas contra el quarterback de los Seahawks, Sam Darnold, como merodeadores con el corcho del ron todavía en la mano. No para establecer una identidad ni marcar un tono, sino porque sabían que, sin forzar a Darnold a un error catastrófico, no había forma de equilibrar un campo de juego brutalmente disparejo. Eso fue lo que no pudieron decir durante la semana. Bajo la calma de “nada que perder”, bajo toda la individualidad y todo el amor, los Patriots llegaron a este escenario demasiado pronto. Llegaron sin refuerzos.
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Seattle también presionó con blitz. Mucho más de lo que sus tendencias habían mostrado a lo largo de la temporada, enseñándole al mundo no obsesionado con el futbol americano lo que el resto ya sabía desde hace tiempo: esta línea ofensiva de los Patriots había tenido una suerte inmensa hasta ahora. Rescatada por colapsos de quarterbacks rivales o por ciclones bomba que azotaron con nieve invernal los playoffs y se colaron en los facemasks, aún no había sido fileteada en un gran escenario. Claro, tampoco se habían enfrentado a los Seahawks.
Y entonces aparecieron Devon Witherspoon y Nick Emmanwori. Apareció Rylie Mills, sujetando al guardia de los Patriots, Jared Wilson, y guiándolo directo hacia las musleras del quarterback de segundo año, Drake Maye. Maye, sin una dirección clara en su brújula interna para escapar, terminó en el suelo junto a los tres, en un montón de humanidad. No es que los Patriots no se acercaran; pero cada vez que la defensa estuvo cerca de Darnold, él logró soltar el pase. Evitó el desastre el tiempo suficiente para rematar a su oponente.
Seattle 29. New England 13. Los Seahawks son campeones del Super Bowl LX. Tal vez tu idea de entretenimiento no sea ver cómo a un equipo le comprimen lentamente la tráquea con una guillotina. Tal vez los goles de campo no sean lo tuyo, aunque eventualmente ambos equipos llegaron a las diagonales. Pero la NFL ahora pertenece a las defensas. Los Seahawks atravesaron la temporada demostrando que es posible diseccionar una ofensiva de la misma manera en que Sean McVay o Kyle Shanahan despedazan defensas rivales. Y ahora, una liga hambrienta de fantasía tendrá que preguntarse cómo puede incendiar de nuevo el libro de reglas para rescatar sus preciados puntos.
Mucho antes de que comenzara esta semana, el staff defensivo de los Seahawks había capturado cada snap de la línea ofensiva de los Patriots. Sus tendencias a hacer jump-set. Sus caídas verticales o en ángulo. Su trabajo de pies. New England planeó contrarrestar ajustando el timing con el que Drake Maye colocaba las manos bajo el centro. Tal vez —sólo tal vez— al desacomodar las claves de la línea sería más difícil presionar. Más difícil taponear el plan de juego del coordinador ofensivo Josh McDaniels como un trapo atorado en el desagüe.
Los Patriots llegaron al medio tiempo con 48 yardas netas totales y apenas 13 yardas netas por pase en 25 jugadas. Luego vino el tercer cuarto, cuando el efecto completo del asesinato ladrillo por ladrillo de Seattle —al estilo de Montresor y Fortunato— quedó expuesto. Para cuando los Patriots encontraban una ventana para lanzar, Maye ya se desplazaba de forma subconsciente hacia las fauces de la presión interior de Seattle. Y si lograba hallar el pequeño resquicio que la secundaria de los Seahawks concedía, el balón rebotaba en las yemas de los dedos de sus receptores.
Elige la métrica avanzada que prefieras. Sin importar cuál uses, esta fue una de las peores actuaciones ofensivas en la historia del Super Bowl, y estuvo a punto de convertirse en una blanqueada total. Aunque con un matiz importante. Congela el video en la mayoría de los dropbacks de Maye y no había a dónde ir. Pequeños destellos de posibilidad perdidos en un salón de espejos. En cada partido, los Seahawks le ofrecen al rival una elección macabra: perder trayendo tantos protectores al backfield para frenar la presión que no quedan receptores corriendo rutas, o perder con todos los receptores en ruta y nadie protegiendo al quarterback.
Los Patriots oscilaron entre ambas estrategias, aunque para cuando Derick Hall le arrancó el balón del abdomen a Maye al final del tercer cuarto, ya era más una cuestión de apariencia que de sustancia. Mack Hollins consiguió un par de recepciones que sumaron puntos al marcador, aunque la banca de New England permaneció relativamente inmóvil. Mike Vrabel se movía de grupo en grupo, manos sobre hombros o rodeando cascos. Se sentía menos como el inicio de una remontada milagrosa y más como un ejercicio de triage emocional. Los Patriots agregaron seis puntos más al final, con el partido ya completamente fuera de alcance.
Emparedados dentro del muro, los Patriots tuvieron que aceptar los límites de su encierro por todos lados. Era un buen equipo aprendiendo una de las lecciones extrañas de la vida: nada —ni el amor, ni la oportunidad, ni la suerte, ni la alegría— llega cuando estás listo. A veces, del otro lado, te recibe el latido tierno de todo eso. Otras, te enfrentas a la encarnación exacta de lo lejos que aún te falta llegar.
Seattle no concedió espacio para la gracia. Ni margen para el error. Ni lugar para creer en otra cosa que no fuera la verdad, mientras “Sweet Caroline” retumbaba en el sistema de sonido del estadio y la defensa de los Seahawks se preparaba para blitzear una vez más, castigando a Maye, sacudiendo el balón y devolviéndolo para touchdown. Poco después, debajo del estadio se desplegó y levantó una cinta de precaución, barriendo a amigos y familiares de los futuros campeones hacia el campo con más de un minuto por jugar.
A veces, contra un equipo tan asfixiante como éste, no existe un plan: sólo la esperanza de sobrevivir.
