La casa donde la MLS construye su futuro

Antes de hablar de estadios, inversiones o audiencias récord, basta recorrer el piso quince del PENN 2, en Manhattan. Ahí, entre las treinta camisetas de la liga, la MLS Cup y los nombres de quienes abrieron el camino —Cuauhtémoc Blanco, Jorge Campos, Carlos Vela o Marco Etcheverry—, la Major League Soccer exhibe la transformación que el Mundial de 2026 terminó por acelerar. Ya no es una liga que busca legitimarse; es una industria que presume infraestructura, talento y una estrategia para convertir el auge del futbol en Norteamérica en un crecimiento permanente.
Hay otra imagen que ayuda a entender el momento que vive la MLS. Ya no despacha desde oficinas discretas. Hoy su sede ocupa dos pisos completos del PENN 2, sobre Pennsylvania Plaza, frente al ir y venir de Penn Station y a unos pasos de Madison Square Garden. En los pasillos del piso quince cuelgan, una junto a otra, las camisetas de los treinta equipos de la liga, un mosaico de escudos y colores que resume en una sola pared la geografía completa de la MLS.
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Más adelante, bajo vitrina, el trofeo de campeón reposa rodeado de los escudos de cada equipo que lo ha levantado temporada tras temporada, un pequeño museo de las coronas que la liga ha repartido desde 1996. Hay un rincón aparte, casi de santuario, donde cuelgan las camisetas que explican de dónde viene todo esto: la de Cuauhtémoc Blanco, la de Marco Etcheverry, la de Jorge Campos con sus colores imposibles, la de Carlos Vela, la del Pibe Valderrama, la de Wynalda, la de Cobi Jones.
En otro costado, al caminar unos metros más sobre el pasillo que te lleva a la oficina del Comisionado, fotografías de los estadios de cada franquicia completan el recorrido, como si la liga hubiera querido construir, dentro de su propia oficina, el estadio que todavía no tiene: uno solo, hecho de treinta.
En medio de ese recorrido nos recibe Diego Pinzón, director senior de Comunicaciones Internacionales de la MLS. Detrás de él, Manhattan se extiende hasta donde alcanza la vista. La conversación, sin embargo, arranca en otro terreno: el de los estadios que sí existen, ladrillo sobre ladrillo, fuera de esta vitrina. "Uno de los énfasis que el comisionado y los dueños han hecho en los últimos quince años es que todo equipo nuevo tenga estadio propio", explica Pinzón.
La MLS y sus estadios
Le da identidad al club, lo conecta con la ciudad, y si además queda dentro del perímetro urbano, mejor: ahí está el corazón de todo. Cuando Atlanta entró a la liga de la mano de un dueño que también poseía el equipo de futbol americano, la promesa fue clara desde el primer ladrillo: un estadio pensado para el soccer, no adaptado después. Chicago Fire dejó Bridgeview atrás y hoy juega en Soldier Field mientras construye una casa exclusiva para el futbol en la ciudad. Y en Queens se levanta el estadio del New York City FC, justo frente al Citi Field de los Mets y al lado del US Open, en la zona de mayor concentración latina de la ciudad. "Va a ser un lleno cada fin de semana", asegura Pinzón, detrás de esa certeza asoma una estrategia completa: la de anclar cada club a una comunidad que ya ama el deporte.
Las marcas siguieron el mismo camino. El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, el Etihad Park de Nueva York respaldado por el City Football Group, el futuro estadio de Chicago patrocinado por McDonald's —su primer naming rights en cualquier deporte— dibujan una liga que aprendió del modelo comercial estadounidense y hoy lo exporta de vuelta. "Esas otras ligas están aprendiendo mucho de nosotros en la parte comercial", dice Pinzón, y pone como ejemplo lo que ocurre en México, donde el Estadio Azteca ya se llama Banorte. El respaldo económico de las marcas, insiste, es lo que sostiene el desarrollo del futbol en ambos países.
Ese desarrollo tiene ya, según Pinzón, un dato contundente: el futbol es hoy el tercer deporte más seguido en Estados Unidos, por delante del hockey y el béisbol, detrás solo del futbol americano y el básquet; los niños ya practican más que otras disciplinas. Las academias de los clubes de la MLS y la división MLS Next alimentan ese crecimiento y de ahí salen historias como la de Ricardo "Richie" Ledesma, formado en el país pero convertido en jugador de Chivas, o la de Brian Gutiérrez, producto de la cantera del Chicago Fire y hoy pieza de selección nacional.
La exportación de talento ya no se limita a México: jugadores formados en la MLS han sido figuras en las selecciones de Bosnia y Herzegovina y de Cabo Verde durante el Mundial. "El desarrollo sigue siendo prioridad para Estados Unidos y Canadá, pero ya lo estamos exportando a otros lugares", resume.
Los salarios, dice Pinzón, han acompañado ese ascenso. Los dueños de la liga han empujado el crecimiento de los contratos para retener talento que antes se iba tras otras carreras y un nuevo acuerdo con el sindicato de futbolistas de la MLS ordena esa negociación y abre espacio a un mayor crecimiento futuro.
Sobre las cifras exactas de audiencia del Mundial, Pinzón es honesto: no las tiene a la mano y prefiere no improvisar un número. Lo que sí puede afirmar, sin necesidad de estadística, es que los partidos de Estados Unidos alcanzaron los ratings más altos que se recuerden para la selección masculina y que el cruce entre México e Inglaterra rompió récords en la audiencia hispanohablante de Telemundo.
Detrás de esos números hay una transformación cultural que Pinzón narra desde su propia experiencia. Colombiano de nacimiento, hoy vive entre tres camisetas: apoya a Colombia por origen, a Estados Unidos por arraigo, a México por cercanía con la gente con la que trabaja. "Empiezo a crear una cultura alrededor de todo eso y los niños que crecen aquí ahora van a crecer dentro de eso, así como nosotros crecimos", dice, ahí queda claro que la diáspora latinoamericana no solo llena estadios: los funda.
La relación con México ocupa buena parte de la charla. La Leagues Cup, dice Pinzón, existe para que ambas ligas crezcan juntas y ganen cupos hacia la Concacaf y, eventualmente, el Mundial de Clubes. Esta temporada, además, el torneo dio un paso que antes generaba resistencia: ya se juegan partidos en territorio mexicano, algo que antes chocaba con la logística de los viajes.
Sobre los rumores de una eventual fusión entre la Liga MX y la MLS —treinta equipos de un lado, entre dieciséis y dieciocho del otro, una superliga regional—, Pinzón no cierra la puerta pero tampoco se compromete: "No sé si llegara a pasar, pero el torneo permite demostrar el poderío de ambas ligas en nuestra región. Ahora lo importante es que la MLS siga creciendo y que la Liga MX encauce también su camino".
Sobre el Mundial recién terminado, con España como campeona, Pinzón elige un dato que lo conmovió más que cualquier resultado: los tres países sede —Estados Unidos, México y Canadá— llegaron a octavos de final, el quinto partido del torneo. No fue la gloria completa que muchos hubieran querido, pero sí la prueba de que el futbol en la región ya compite de igual a igual. Lo que más lo sorprendió, sin embargo, no estuvo en la cancha: fue ver cómo las aficiones del mundo entero tomaron las ciudades estadounidenses y contagiaron a locales que antes miraban el torneo con recelo. Alemanes, noruegos, escoceses maravillados frente a un Walmart o una gasolinera con tienda de conveniencia, enamorados de un país que, dice Pinzón, "los atendía muy bien" y les devolvía calidez a cambio de curiosidad.
Ese enamoramiento, cree, tiene una consecuencia comercial directa: la MLS espera capitalizar a los aficionados extranjeros que ahora saben dónde ver futbol en Estados Unidos cuando el Mundial ya sea recuerdo. Y el cambio de calendario que la liga aplicará a partir de mediados de 2027 —con una temporada corta de transición y el arranque del ciclo 2027-2028 en julio, siguiendo el formato otoño-primavera del fútbol europeo y latinoamericano— busca justamente eso: hablarle en el mismo idioma futbolístico a un público que ya entiende ese calendario de memoria.
El reto, admite Pinzón, no está tanto en la oficina de prensa internacional, que ya lo entiende, sino en educar al mercado de transferencias para que los jugadores lleguen a la MLS en condiciones óptimas, con pretemporada completa y no a mitad de una temporada ajena, arrastrando el cansancio de otro calendario.
Al salir, el recorrido regresa por el mismo pasillo del piso quince. Las treinta camisetas siguen ahí, colgadas en fila, el trofeo sigue bajo su vitrina rodeado de escudos. Pero después de escuchar a Pinzón, esa pared ya no parece un museo: parece un borrador. Cuauhtémoc Blanco, Campos, Valderrama, Wynalda, Jones abrieron una puerta que treinta camisetas de club apenas empiezan a llenar y en algún estadio de alguna de esas treinta franquicias, ahora mismo, un niño que vio el Mundial de 2026 juega pensando que un día su camiseta también podría colgar ahí.
