Corea 2002: el error que Javier Aguirre nunca se perdonó

México llegó como líder de grupo, con la ilusión intacta del quinto partido y un equipo que había convencido al mundo. Noventa minutos después, Estados Unidos lo eliminó y Javier Aguirre salió del estadio convencido de que el principal responsable era él. Dos décadas más tarde, el propio Vasco sigue llamando "negligencia" a la decisión que cambió aquel Mundial.
Javier Aguirre tuvo su primera experiencia con el Tri en 2002 y fue eliminado por Estados Unidos.
Javier Aguirre tuvo su primera experiencia con el Tri en 2002 y fue eliminado por Estados Unidos. / MexSport Sports Agency

Hay derrotas que terminan cuando el árbitro pita el final. Otras se quedan en la cabeza de quien las sufrió por siempre. Javier Aguirre carga una desde el 17 de junio de 2002. Los aficionados también tienen una fotografía mental que guardan de aquel verano asiático: al Vasco Aguirre de pie en la banda, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

En el Estadio de Jeonju, bajo un cielo limpio y un sol que caía con fuerza sobre Corea del Sur, el entrenador mexicano vio cómo el equipo que había reconstruido desde las eliminatorias se desmoronaba en apenas noventa minutos. México llegaba como líder de grupo, invicto, convencido de que el quinto partido era una posibilidad real. Salió derrotado por Estados Unidos y con una herida que, veinticuatro años después, el propio Vasco describió como un error suyo.

Aguirre cambió su formación tras el primer gol de Estados Unidos y ahí el partido terminó.
Aguirre cambió su formación tras el primer gol de Estados Unidos y ahí el partido terminó. / MexSport Sports Agency

I. El Mundial que invitaba a creer

Cuando Javier Aguirre tomó la Selección Mexicana durante la eliminatoria rumbo a Corea-Japón 2002, el equipo caminaba sobre el borde. México terminó con dos puntos por encima de Honduras y el Vasco pasó, en pocos meses, de bombero a salvador. Llegó al Mundial sin el cartel de favorito, pero con un equipo que había encontrado una identidad.

El debut fue una victoria de oficio. México venció 1-0 a Croacia gracias a un penal de Cuauhtémoc Blanco, suficiente para comenzar el torneo con confianza frente al tercer lugar de Francia 1998.

Contra Ecuador apareció el carácter. Agustín Delgado adelantó a los sudamericanos apenas al minuto cinco, pero el Tri respondió con serenidad. Jared Borgetti empató antes del descanso y Gerardo Torrado completó la remontada en el segundo tiempo. El 2-1 colocaba a México con paso perfecto.

Entonces llegó Italia. Aquella tarde nació una de las imágenes más recordadas del futbol mexicano. Borgetti se suspendió en el aire y conectó un cabezazo imposible, uno de esos remates que parecen desafiar la anatomía. Alessandro Del Piero empató al minuto 85, pero el 1-1 bastó para que México terminara como líder del Grupo G.

Siete puntos. Dos victorias. Un empate. Ninguna derrota. Por cuarta vez concluía la fase de grupo invicto. Además por tercera ocasión en la historia, el Tri concluía una fase de grupos en la cima de su sector. El sueño del quinto partido dejaba de parecer una fantasía.

II. La oportunidad perfecta

Había razones para creer que esa generación podía romper la barrera de los octavos de final. Rafael Márquez, con apenas 23 años, ya era el capitán del equipo. Cuauhtémoc Blanco atravesaba uno de los mejores momentos de su carrera. Jared Borgetti era el delantero más completo que había producido México en mucho tiempo. Y el rival en octavos de final era Estados Unidos. Sobre el papel, parecía el escenario ideal.

México llegaba como líder de grupo; los estadounidenses, como segundos del suyo. La historia favorecía ampliamente al Tri y la percepción en el país era casi unánime: era el partido que había que ganar para, ahora sí, abrir la puerta de los cuartos de final. Pero el futbol nunca ha tenido demasiada consideración por la lógica.

III. Ocho minutos

El partido apenas comenzaba cuando el plan de Javier Aguirre empezó a romperse. Al minuto ocho, Brian McBride encontró el espacio dentro del área y marcó el 1-0. El favorito ya estaba abajo en el marcador.

Aguirre entendió que el partido había cambiado y tomó una decisión que lo acompañaría durante décadas.

Hasta ese momento, México había construido su Mundial jugando con una línea de cinco defensores. Era el sistema que los futbolistas conocían de memoria y el que les había permitido dominar la fase de grupos.

El Vasco decidió abandonarlo. Al minuto 28 retiró a Ramón Morales para dar entrada a Luis Hernández. La modificación buscaba mayor peso ofensivo, pero implicó romper la estructura que había sostenido al equipo durante semanas. México pasó a una línea de cuatro y comenzó a perseguir el partido con un esquema que prácticamente no había trabajado.

Con el paso de los minutos, el Tri monopolizó la pelota. Las estadísticas registrarían un 67 por ciento de posesión para México contra apenas un 33 por ciento para Estados Unidos. Pero la posesión nunca encontró profundidad.

Los estadounidenses hicieron exactamente el partido que buscaban. Esperaron ordenados, cerraron espacios y apostaron al contragolpe. Años después, Pablo Mastroeni lo resumiría con sencillez: "Nuestras armas eran éstas y con ellas ganamos".

Hubo un momento que pudo cambiar la historia. Borgetti cayó dentro del área después de una mano del defensor estadounidense. En otra época, quizá con otro árbitro o con el VAR que todavía no existía, la jugada habría sido revisada. El juego siguió.

Al minuto 65 llegó el golpe definitivo. Landon Donovan apareció dentro del área para empujar el segundo gol. México todavía tenía tiempo en el reloj, pero ya no tenía respuestas.

La frustración terminó por desbordarse tres minutos antes del final. Rafael Márquez perdió la cabeza y fue expulsado tras agredir a Cobi Jones. Era la imagen perfecta de una tarde que se había escapado desde muy temprano.

IV. El vestidor

Después vino el silencio. No el de las tribunas. El del vestidor. Javier Aguirre caminó hasta ahí convencido de que el responsable principal de la eliminación era él.

Con los años haría algo que pocos entrenadores hacen. No habló de mala suerte. No culpó al árbitro. No buscó refugio en las circunstancias. Se señaló a sí mismo.

"En la derrota contra los americanos me sentí el peor entrenador de la tierra". Luego explicó por qué. "Nos meten gol rápido. Juego con línea de cinco; me equivoco, hago línea de cuatro y meto un atacante más y no lo había entrenado. Ya no jugamos bien, a empujones... Una jugada con Borgetti, el central mete la mano y el árbitro dice juegue... No había VAR. Al final expulsan a Rafa Márquez y cae el 2-0. Entro al vestidor destrozado, derrotado. Presentí algo malo. Le dije a mi mujer: se acabó. Las lágrimas de Silvia, las mías. Lloré amargamente por mi negligencia, por mi falta de lectura del partido, por no hacerle caso a Memo, por mi incapacidad", resumió Aguirre años después de aquel 2002.

Hay una palabra que sobresale entre todas. Negligencia. No es un término habitual en el vocabulario de un entrenador. Mucho menos cuando habla de sí mismo. Aguirre no construyó una coartada; construyó una confesión.

Rafael Márquez también tardó años en hacer las paces con aquella tarde. "La derrota más dolorosa fue contra Estados Unidos en mi primer Mundial. Llegábamos como primeros de grupo, perdimos de esa manera y yo terminé expulsado. Perdí la cabeza".

Dos protagonistas distintos. La misma cicatriz.

V. La deuda

Estados Unidos avanzó hasta los cuartos de final, donde cayó frente a Alemania. México volvió a casa.

La eliminación dolió porque rompía una jerarquía que durante décadas había parecido inamovible. No era caer ante Alemania, Brasil o Argentina. Era quedar fuera frente al vecino al que históricamente se consideraba inferior.

Con el tiempo, el marcador dejó de ser lo más importante. Lo que permaneció fue la pregunta. ¿Qué habría pasado si Aguirre hubiera mantenido la línea de cinco? ¿Qué habría pasado si no hubiera modificado el sistema? ¿Qué habría pasado si aquel penal sobre Borgetti hubiera sido señalado?

Nunca hubo respuestas.

Veinticuatro años después, el futbol volvió a colocar a Javier Aguirre frente a una oportunidad parecida. En 2026 conduce otra vez a México al primer lugar de su grupo, convirtiéndose en el único mexicano que ha estado presente en tres de las seis ocasiones en que el Tri terminó como líder de su sector mundialista: como jugador en 1986 y entrenador en 2002 y 2026.

Jeonju nunca desapareció. Aquella tarde de junio había quedado pendiente una deuda. No con la estadística. Con algo más viejo y más profundo: la certeza de que este equipo, esta gente, esta selección, podía llegar más lejos de donde siempre se había quedado.

El Vasco lo sabe. Hay partidos que nunca terminan y el de Jeonju sigue jugándose en algún rincón de su memoria. Pero el futbol, que a veces también sabe esperar, volvió a cruzarlo con la misma puerta. México no gana un duelo de eliminación directa en un Mundial desde 1986, cuando venció a Bulgaria para alcanzar los cuartos de final. Han pasado cuarenta años. Cuatro décadas después, Javier Aguirre vuelve a tener enfrente la oportunidad que creyó perdida para siempre: ganar el partido que puede empezar a borrar la derrota que nunca dejó de perseguirlo.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.