El arquitecto silencioso: Luis Pérez, la mano derecha que Efraín Juárez eligió para reconstruir Pumas

Hay una escena que Luis Pérez repite con frecuencia. No es de un gol ni de un título. Es de un vestidor, cuando tenía 16 años, y un veterano de nombre Nacho Ambriz le decía que había que llegar el primero y salir el último. Que el futbol se ganaba también en los márgenes del entrenamiento, en los hábitos, en lo invisible.
"Él me enseñó a ser disciplinado, a trabajar en el campo y fuera del campo, a entrenar, a ser el primero en llegar y el último en irme, a quedarme a trabajar horas extra, a meterme al gimnasio", dice Pérez, sentado del otro lado del escritorio, con el tono de alguien que habla de una deuda que nunca termina de saldarse. "Yo creo que sin él, quizás no hubiera jugado al nivel que jugué", añade en conversación con Sports Illustrated.
Pérez no lo olvidó. Décadas después, ese muchacho es hoy el auxiliar técnico de Pumas UNAM y la pieza que Efraín Juárez eligió para instalar en el club auriazul una cultura que, según él mismo reconoce, no abunda en el futbol mexicano.
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El mediocampista que fue espejo de una generación
Luis Ernesto Pérez Gómez nació en la Ciudad de México el 12 de enero de 1981. Debutó en Primera División el 21 de septiembre de 1999 con el Necaxa, el club que lo formó y donde comenzó a crecer bajo la sombra protectora de Ambriz. Con los Rayos llegó pronto la gloria temprana: la Copa de Campeones de la Concacaf en 1999 y el tercer lugar del Mundial de Clubes en el año 2000, cuando Necaxa venció en penales al Real Madrid.
Pero fue en Monterrey donde Pérez escribió el capítulo definitivo de su vida como jugador. Con los Rayados conquistó tres títulos de Liga —Clausura 2003, Apertura 2009 y Apertura 2010—, dos Ligas de Campeones de la Concacaf y el InterLiga 2010. Se convirtió en capitán del equipo regiomontano, quedó entre los diez primeros goleadores históricos del club con más de 50 anotaciones y es el cuarto futbolista con más partidos disputados en la historia de la institución. Mediocampista de recuperación y distribución, de liderazgo sin aspavientos, fue durante casi una década el corazón del Monterrey más ganador de su historia.
Con la Selección Mexicana vivió los momentos que definen carreras: la Copa de Oro 2003 —ganada en tiempo extra ante Brasil en el Azteca—, la Copa Confederaciones 2005 y el Mundial de Alemania 2006, donde disputó minutos ante Irán y Portugal. Su carrera lo llevó también por Chivas, Querétaro y Chiapas antes de colgar los botines en 2017, cuando el cuerpo ya pedía otra cosa y la cabeza pedía más.
Lo que vino después no siguió ningún guión. Cuando se retiró, Pérez quiso alejarse del futbol. No con resentimiento, sino con la serenidad de quien cierra una puerta que se abrió de par en par durante veinte años. "Mis primeros pensamientos eran quizás ya no dedicarme a nada de esto", reconoce. Tuvo ofertas. Monterrey le abrió una puerta en su estructura. Él la miró y siguió su camino.
Lo que lo detuvo fue, otra vez, una conversación. Dos, en realidad. Una con Nacho Ambriz, el mismo hombre que lo había formado en aquel vestidor de Necaxa. Y otra con Efraín Juárez, su amigo y compañero desde los tiempos de Monterrey, que llevaba años construyendo una carrera como entrenador en Europa y hablaba de ese mundo con una energía que costaba no contagiarse. "Él había estado casi toda su carrera deportiva fuera de México y me contaba muchas cosas que no suceden aquí", dice Pérez. "Yo escuchaba y decía: esto es algo superagradable".
La decisión la tomó junto con su familia, con su esposa. Y se fue a España.
Europa: el hombre que aprendió tras no saber nada
Lo que encontró al otro lado del Atlántico no fue solo un título. Fue una transformación íntima. Tras dos años y medio de esfuerzo, obtuvo el UEFA Pro, la máxima titulación de entrenador de la Real Federación Española de Futbol, uno de los pocos mexicanos en conseguirla. Estudió también la maestría en Dirección del Futbol en la Universidad Europea del Real Madrid y se especializó en psicología deportiva en Valencia.
Fue en esa época cuando, según él, cambió por completo. No solo como profesional. "Cambié muchos hábitos, cambié mi forma de ser", dice. "Y eso me vino bien a mi persona". El futbol, que había querido abandonar, lo había reclamado de otra manera.
Inició su trayectoria como técnico con las categorías inferiores del Club Toledo en el futbol español, donde los días tenían una rutina doble: las mañanas en la oficina, las tardes en la cancha con los juveniles. De la Sub-16 a la Sub-18. El trabajo sucio, el trabajo de hormiga, el trabajo que no aparece en ninguna tarjeta de presentación pero que construye todo lo demás.
"Ahí nació el gusto", dice. "Puedes ayudar a la gente joven, a los que tienen nuevos caminos, no solamente fuera sino también en el campo. Es cuando me empieza a entrar el gusanito de poder seguir en el futbol".
Lo que más le cambió en Europa no fue ninguna asignatura. Fue descubrir que como jugador, por más que había ganado, no sabía nada. O casi nada. "Antes pensaba que con trabajar bien en el campo ya podría darte. Hoy me doy cuenta que tienes que ser bueno en todo: en la gestión individual y colectiva, en el modelo de juego, en la metodología, en la psicología, en la cercanía con el jugador. Hoy engloba muchísimas cosas que obviamente no puedes perder ninguna".
De regreso en México, en 2020 asumió la dirección de la Selección Mexicana Sub-17 y posteriormente fue promovido a la Sub-20. Después vino un paso por el cuerpo técnico de Nacho Ambriz en Toluca y en Santos Laguna, acumuló kilómetros de cancha y de vestidor. Con la idea clara: aprender, siempre.
Colombia: el doblete que validó todo
A finales de agosto de 2024, Pérez dejó Santos Laguna y se unió al cuerpo técnico de Efraín Juárez en el Atlético Nacional de Medellín. Lo que siguió superó cualquier expectativa razonable. Juárez se convirtió en el tercer entrenador en la historia del club en ganar un doblete y lo hizo en su primera temporada al mando del equipo. Pérez estaba en el banquillo cada noche de esa campaña, desde adentro, lo que él y Juárez habían construido durante años en conversaciones, estudios y cancha.
"Nosotros fuimos a Colombia y bueno, al final habíamos salido", recuerda, con la sobriedad de quien ya no necesita alardes. "Sabemos la importancia que tiene el salir, el cómo comportarte, el cómo hacer, el cómo ver el futbol. Sin duda que eso ayuda, porque eso es experiencia. Y la experiencia no te la puede dar ningún curso".
El título en Medellín no fue solo un trofeo. Fue la prueba de que el modelo funcionaba. Que la cultura que Juárez quería replicar era exportable, replicable, sostenible en cualquier latitud. Y que Pérez era la pieza clave para instalarla.
Pumas: construir desde adentro
Cuando Juárez llegó al Pedregal a finales de 2024, Pérez llegó con él. El reto era concreto y, a la vez, casi filosófico: cambiar hábitos que llevan décadas arraigados en el futbol mexicano. No con órdenes, sino con convencimiento. No con imposición, sino con evidencia.
Pérez ya era parte de su círculo de confianza. La apuesta del técnico mexicano era trasladar a la Liga MX una metodología construida con influencias europeas y refinada en Sudamérica. Para eso necesitaba a alguien que conociera los dos mundos: el del jugador mexicano, con sus resistencias y sus tiempos, y el del futbol de alto rendimiento contemporáneo. Eligió a Pérez.
En el esquema que construyeron juntos, el día empieza a las 7:30 de la mañana con el desayuno. Luego viene el video, el precalentamiento, la sesión de campo, la recuperación —hielo, botas de compresión, masaje, sesión con la psicóloga—. El jugador que lo vive completo puede estar en las instalaciones hasta las tres o cuatro de la tarde. "Si ves un gol, llega a las 7:30 de la mañana y se va saliendo a las 3 o 4 de la tarde", dice Pérez, "porque ya se comió, ya cogió video, ya se va de aquí con toda la idea clara de ese día, de lo que se pretende en la semana y de lo que se va a hacer el día del partido".
El cambio no fue sencillo. Pérez lo sabía antes de aterrizar. "Antes de llegar aquí le dije al míster: un gran reto que tienes es ese cambio, porque es verdad que por muchos años y en muchos clubes estamos acostumbrados a otra cosa. Si me cita el míster a las 11, llego a las 10, 10:30 y ya me parece temprano. Me cambio rápido, estoy ahí un poco y salgo del entrenamiento. No hay esa cultura de decir: voy a desayunar, voy a ver video, voy a prepararme bien".
La clave fue no imponerlo. Fue dejar que los jugadores sintieran la diferencia en su propio cuerpo, en sus propios números, en su propio rendimiento. Y funcionó. "El jugador se acerca a querer más, constantemente pedirte videos del juego. Se acercan con nosotros para ver si podemos hacerle algún individual, no solamente del partido, sino también de un entrenamiento donde no se ha sentido cómodo". Lo que antes se rechazaba, hoy se busca. "Antes decían: 'Video no, ni siquiera colectivo, ni siquiera vemos'. En individual, pues mucho menos. Hoy el jugador quiere más, quiere más, quiere más".
Siete jugadores tienen asignados a miembros del cuerpo técnico para seguimiento individual. Se les analizan partidos y entrenamientos. Se detectan patrones técnicos y tácticos. "Siempre hay un porqué, ¿no? No es simplemente ganar. ¿Por qué se hicieron bien las cosas? ¿Por qué se ganó? ¿O por qué se empató? ¿O por qué se perdió?". La pregunta es siempre la misma. Solo cambian las respuestas.
En ese cuerpo técnico, Pérez maneja lo que podría llamarse el puente humano: la cercanía con el plantel que solo dan dos décadas dentro de un vestidor. Sabe cuándo llegar, cuándo callarse, cuándo regañar y cuándo felicitar. "Eso no te lo puede enseñar ninguna escuela", dice. "Ese es de estar en el pasto, olerlo. El cuándo llegarles, el cuándo no, el cuándo hablarles, el cuándo regañarles, el cuándo acercarte, el cuándo no". Pero insiste: esa experiencia, sin preparación metodológica, ya no alcanza. El futbol cambió. La ventaja competitiva no viene del palmarés. Viene de estudiar todos los días.
Ahí está, entonces, el núcleo de todo lo que Luis Pérez representa. El hombre que ganó tres ligas con Monterrey y jugó un Mundial, que se fue a España a estudiar cuando todo le indicaba que podía vivir de lo que había hecho, que levantó una copa en Colombia junto a su mejor amigo de banquillo y que llega hoy al Pedregal antes que cualquier jugador y se va después que todos. No porque se lo pidan. Porque no concibe otra manera. Porque Nacho Ambriz se lo enseñó cuando tenía 16 años y el futbol todavía olía a promesa y porque hay cosas que se aprenden tan hondo que ya no hay manera de desaprenderlas.
"Predicamos con el ejemplo", dice Lucho con la misma convicción de que los hábitos preceden al talento. Con la misma certeza de que el futbol se construye en lo que no se ve. "Si pedimos llegar temprano, nosotros somos los primeros en llegar más temprano que ellos e irnos al último. Son detallitos que a lo mejor no cuentan, pero al final te dan frutos".
