Gilberto Mora: El Mundial le llegó antes de que cumpliera 18 años

Los pasillos del CAR estaban vacíos cuando Gilberto Mora llegó el lunes, cuando la concentración apenas arrancaba y la novela de los clubes que retenían jugadores todavía ocupaba los titulares. No había nadie, ningún compañero, ningún periodista, solo las instalaciones nuevas y el eco de sus propios pasos en un lugar que en pocos días se llenaría del ruido y la tensión de un país entero que deposita en veintiséis hombres la esperanza de hacer algo diferente, pasar la barrera de los Cuartos de Final en casa.
Mora entrenó solo. Disfrutó el silencio. Y esperó a los demás con la paciencia de quien ya aprendió, a fuerza de meses muy difíciles, que esperar no es perder el tiempo, a veces es la única forma de llegar.
Gilberto conoce la espera de una manera que la mayoría de los jugadores de su edad todavía no. La conoce desde adentro, desde una clínica en Pittsburgh, desde un cuarto de hotel en Estados Unidos, desde la distancia específica y cruel que impone una lesión cuando llega en el peor momento posible. Diecisiete años, un Mundial en casa que se acercaba en el calendario como una fecha límite y el cuerpo diciéndole que esperara. Una pubalgia le generaba dudas. Que no todavía. Que quizás.
Esperó. Y el futbol, que a veces tiene memoria, fue a buscarlo de vuelta.
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La duda, por la lesión
Al principio de la lesión, admite, sí estuvo triste. No lo dice con dramatismo ni busca que nadie lo imagine sufriendo en soledad. Lo dice como quien describe el clima de aquellos días, con la misma calma desconcertante con la que habla de casi todo. Hubo tristeza, hubo esa preocupación de "a ver si llego, a ver si no"; hubo también algo más profundo y más silencioso que el miedo: la fe terca, casi infantil, de quien todavía no aprendió a rendirse. Confió en Dios. Confió en su cuerpo. Confió en los tiempos, aunque no fueran los suyos, terminarían siendo los correctos. Tenía razón. Diecisiete años y ya tenía razón.
“Sí, al principio triste, cuando se dio la lesión, siempre confié en mí, en Dios, los tiempos de él son perfectos, trabajé para estar en selección, nunca lo vi lejos, siempre motivado para estar en el Mundial”, reconoció Mora.
La decisión más difícil no fue soportar la rehabilitación sino tomar una que nadie podía tomar por él: operarse o no operarse. Un quirófano hubiera cerrado la puerta del Mundial de golpe y sin apelación. La otra opción era apostar y así lo hizo. Apostó a su cuerpo, al tiempo, al staff de Xolos que lo acompañó cada día de regreso a Tijuana después de las semanas en Estados Unidos.
"Siempre fue la opción no operarme y dejar que el tiempo pasara, que mi cuerpo se recuperara solo", explicó. Una apuesta que solo se hace cuando la fe en uno mismo es más grande que el miedo a equivocarse. Y cuando se tiene Diecisiete años y un Mundial en casa esperando del otro lado.
Su llamada al Mundial 2026
La llamada que lo confirmó no llegó de madrugada ni en un momento solemne construido para el recuerdo. Gilberto Mora estaba en su casa, con su familia, en uno de esos domingos que no anuncian nada. El teléfono sonó y al otro lado estaba el presidente de Xolos, Jorgealberto Hank Inzunza.
Mora escuchó. Colgó. Y en esa sala en Tijuana, rodeado de los suyos, sucedió algo que durante meses había parecido demasiado frágil para nombrarlo en voz alta: el alivio profundo, casi físico, de quien apostó todo a que su cuerpo sabía lo que hacía y ganó. "Muy felices todos, emocionados de poder estar otra vez en selección", recordó después, sin adornos, sin el énfasis que la ocasión quizás merecía y que él, sencillamente, no necesita.
Diecisiete años. Primer Mundial. En casa.
Hay algo en Gilberto Mora que descoloca a quien espera encontrar en él la ansiedad típica de los jugadores jóvenes ante una primera cita grande. Habla como alguien que ya aprendió, a fuerza de meses quieto y lejos, que el pánico no acelera la recuperación ni mejora los partidos. Cuando le recuerdan su edad y la dimensión histórica del momento — será uno de los futbolistas más jóvenes en disputar un Mundial con la selección mexicana — lo escucha con cortesía y lo deja pasar. "La verdad no me fijo mucho en eso. Trato siempre de disfrutar el momento". No es pose. Es el resultado concreto de haber pasado por algo que te obliga a reordenar las prioridades desde cero.
Dentro del grupo encontró lo que quizás más necesitaba después de meses de rehabilitación y soledad deportiva: pertenencia. "Todos desde que llegué se han portado muy bien conmigo, siempre me están apoyando en todo momento", indica y se le cuestiona si había algún jugador en particular lo ha arropado más que los demás. Sonrió.
"No te podría decir uno, sino que todos, la verdad. Todos me han arropado muy bien". Es la respuesta de alguien que llegó con hambre de grupo y encontró exactamente eso.
El mensaje de Javier Aguirre al plantel también caló en él de una manera particular, quizá porque resonó con algo que la lesión ya le había enseñado por las malas. El Vasco no habló con Mora en privado sino con todos, lo que dijo fue simple y contundente: que disfrutaran cada momento, que ya había empezado el Mundial desde el primer día de concentración, que no iba a haber otra oportunidad igual.
"Dijo que disfrutara cada momento, cada partido, cada entrenamiento, cada día", resumió Mora. "Que no iba a haber otra oportunidad de un mundial en casa con México". Lo escuchó y reconoció en esas palabras algo que él ya cargaba dentro, algo que Pittsburgh y los meses quieto y la apuesta de no operarse le habían tatuado de una forma que ningún discurso técnico puede igualar: que los momentos únicos no se guardan para después, no se disfrutan en retrospectiva, no se posponen hasta estar seguros. Se viven ahora o no se viven.
La presión de ser una de las grandes esperanzas del Tri, de cargar con la etiqueta de joven figura en el torneo más visto del planeta, no parece pesarle. O si pesa, encontró hace tiempo la manera de redistribuir ese peso hacia un lugar donde no se inmoviliza.
"No lo tomo como una presión, sino como una motivación", repite y lo dice de tantas maneras distintas a lo largo de la mañana que uno termina por creerle del todo. "Trato de ser yo dentro del campo, de jugar, de divertirme. Creo que eso me ha ayudado mucho".
Ser él. Divertirse. En un Mundial. A los Diecisiete años. Con un país entero mirando.
Gilberto Mora lo dice sin ironía y sin ingenuidad. Lo dice como quien aprendió, en los meses más largos de su vida, que la única manera de llegar a donde uno quiere llegar es no convertir el camino en un tormento. Hubo tristeza, hubo preocupación, hubo semanas lejos de casa y decisiones que no admitían duda. Y al final de todo eso, un domingo ordinario en Tijuana, un teléfono que sonó y una familia reunida alrededor de algo que durante meses había parecido demasiado frágil para nombrarlo.
El Mundial ya empezó. Él ya está adentro. Y tiene toda la intención de disfrutarlo.
