João Pedro, bicampeón de goleo; su último gran capítulo

Hay ciudades que uno deja con el cuerpo pero nunca del todo con el alma. Para João Pedro Galvão, esa ciudad se llama Belo Horizonte. Tenía 13 años cuando hizo la maleta —poca ropa, ningún lujo— y cruzó la puerta de la academia del Atlético Mineiro. Detrás quedaban sus padres, su casa, el barrio. Delante, una cantera llena de niños igual de hambrientos, igual de talentosos, igual de asustados. La diferencia era que João Pedro no sabía que tenía miedo. O mejor dicho: no sabía que podía fallar.
"Para mí era una cosa natural. Yo iba a crecer, iba a llegar y todo iba a pasar bien". Esa certeza sin fundamento racional, esa ignorancia estratégica del fracaso, sería la primera y más duradera ventaja competitiva de su carrera.
Crecer y jugar al futbol en Brasil no es un privilegio. Es una selección natural. Doscientos millones de personas, la mayoría de ellas convencidas desde la infancia de que el balón es su destino. João Pedro lo sabía: el talento, en esa tierra, sobra. Lo que escasea es todo lo demás.
"Conocí muchos niños con mucho más talento que yo, pero que capaz les faltó un poquito de cabeza". Su familia era sencilla. No había mucho en casa, pero él dice que tampoco conocía otra cosa, así que para él era como tenerlo todo. El futbol llegó de la mano de su padre, que jugaba, y el hijo lo seguía a la cancha como quien sigue una religión. De ese ritual nació la vocación. De la vocación, la obsesión. Y de la obsesión, el hábito que lo definiría para siempre: hacer siempre más que los demás.
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"En el gimnasio, una serie más. En la cancha, una vuelta más. Un remate más al arco. Siempre más". Eso le dijo su padre. No le habló de gloria ni de contratos ni de estadios llenos. Le habló de series. De vueltas. De repeticiones. La sabiduría más sencilla y más difícil de sostener.
En el Brasil de su infancia, donde —como él recuerda— “no teníamos muchas cosas”, el futbol no era una promesa de escape, sino una certeza cotidiana.. “Para mí ya era como tener todo”. Una convicción que no lo abandonaría nunca: iba a llegar. “No porque tuviera confianza, sino porque no sabía que no se podía”.
A los 13 años, en la academia del Mineiro, el mundo se redujo a un dormitorio compartido, entrenamientos y la voz de su familia una vez por semana al teléfono —porque la tecnología todavía no alcanzaba para más. El resto era competir, entrenar y vivir el futbol desde adentro, sin red de contención, sin retorno fácil. Cinco o seis categorías en el club. Dos o tres iban a llegar arriba. Las matemáticas eran brutales, pero João Pedro nunca las hizo.
23 de mayo de 2010. Estadio Mineirão lleno. Atlético Mineiro contra Atlético Paranaense. João Pedro, 18 años, entra en los últimos minutos. Corre como un loco. Quiere demostrar que tiene ganas, que existe, que no está ahí por error. "Al momento no me di cuenta de lo que estaba pasando. Pero después, en casa, cuando terminé el partido, ahí sí entendí".
El debut le dio tranquilidad y le quitó la inocencia al mismo tiempo. Había llegado. Pero también entendía, por primera vez, lo que eso significaba: de ahí en adelante, todo sería responsabilidad. El camino fácil ya había terminado.
El título con el Mineiro llegó pronto. Demasiado pronto, quizás, porque le enseñó lo que es ganar antes de enseñarle cuánto cuesta. "Ahí entendí cuánto es difícil ganar campeonatos. Entendí la diferencia que es jugar arriba o no". La fortuna del principiante también tiene su trampa: puede hacerte creer que todo viene así de natural.
Europa, el sueño de la televisión
En Brasil, en la generación de João Pedro, el domingo por la tarde era el Calcio. El Milan, el Inter, la Juventus. San Siro como catedral. El campeonato italiano como medida de todas las cosas. Cuando a los 22 años cruzó el Atlántico hacia el Parma, no iba solo a buscar trabajo. Iba a habitar el sueño que había visto en blanco y negro —o en la mala resolución de la televisión brasileña de los 2000.
"Todo lo que miraba en la tele, después lo jugué. Marqué en San Siro, marqué contra la Juve, contra el Inter, contra todos esos equipos que yo miraba. Fue algo muy grandioso".
Cinco años en el Parma. Luego Palermo. Luego el Cagliari, que se convertiría en algo mucho más que un club.
Si hay un lugar en el mundo donde João Pedro Galvão dejó de ser un jugador de futbol para convertirse en un hombre, ese lugar es Cagliari. Llegó siendo un chico. Se fue siendo capitán, padre de dos hijos, segundo máximo goleador histórico del club en la Serie A solo detrás de Gigi Riva —una leyenda intocable del calcio italiano— y cuarto en la historia general de la institución con 86 goles.
Ocho años en el mismo equipo. En el futbol moderno, eso es casi una ofensa. "Me quedé ahí ocho años. Me convertí en capitán. Viví muchas cosas buenas y no tan buenas. Jugué en todos los estadios que siempre soñé, marqué a todos los equipos que siempre soñé, conocí personas que tampoco soñaba de acercarme".
Pero Cagliari también le dio el momento más oscuro de su carrera. Un proceso por doping que duró meses. Una sustancia que apareció en su organismo sin que él lo supiera, confiando en las personas que lo rodeaban. Y de repente, todo el castillo construido ladrillo a ladrillo desde los 13 años amenazó con derrumbarse por algo que él no había hecho.
"Fue creo que el peor periodo de mi vida. No sabía dónde mirar, a quién confiar, a quién pedir ayuda. A veces iba a dormir sin saber lo que iba a pasar al día siguiente. Todo el esfuerzo de toda mi carrera podría terminar por una cosa que yo no había hecho".
Su mujer estuvo ahí, siempre. Él lo dice con una gratitud que no necesita adornos: "Voy a agradecerle eternamente". Cuando ya no tenía fuerzas, ella las tenía por los dos. Tres meses de bombardeo mediático, de incertidumbre jurídica, de silencio hacia afuera y tormenta adentro. Hasta que llegó la sentencia que lo absolvió. Y paradójicamente, ese fue el peor día.
"Fue una sensación muy muy extraña. Porque lo conseguí, pero durante todo ese tiempo no sabía lo que iba a pasar". La inocencia probada no te devuelve los meses perdidos. Pero sí te da algo que el éxito no puede dar: la certeza de que sobreviviste a lo peor. Los años que siguieron a esa pesadilla fueron, por su propio testimonio, los mejores de su carrera en Cerdeña. Volvió al campo con hambre renovada. Marcó contra el Milan a los dos minutos de ingresar, después de seis meses sin jugar. Eso, dice, fue quizás su gol más importante.
Después de Cagliari vinieron las mudanzas. Turquía, donde ganó un título. Una lesión que lo frenó. El Gremio, una temporada difícil que lo obligó a mirarse al espejo. Y luego Inglaterra, la Championship, con 33 años y la pregunta que nadie se atreve a hacer en voz alta rondándole la cabeza: ¿Todavía puedo?
"Era una pelea conmigo mismo. Si todavía podía jugar a alto nivel, jugar noventa minutos, marcar goles. Porque siempre pensé que al momento que yo entienda que no estoy ayudando, me retiro. El fútbol para mí es una competición al máximo".
Inglaterra le respondió que sí. Que todavía podía. Que el cuerpo aguantaba, que la mente aguantaba, que la ambición no se había oxidado. Esa respuesta —no el título, no los goles, sino simplemente la confirmación de que seguía siendo él— fue lo que lo trajo a México.
La primera charla con Atlético de San Luis fue corta y fue suficiente. Un proyecto ambicioso. Un club que funciona como familia. Y una consideración que, a estas alturas de la carrera, pesa tanto como los títulos: poder estar con su familia. En Inglaterra había ido solo. Su mujer italiana, sus hijos en Cerdeña. El futbol también tiene esos costos invisibles.
"Quería un lugar donde pudiéramos estar juntos. Unir la parte personal con la parte profesional. Porque mi carrera está más cerca del final que del principio y quiero vivir los últimos años así".
Llegó con 33 años y la etiqueta implícita que acompaña a todo extranjero veterano en la Liga MX: útil para la experiencia, quizás no para mucho más. Él lo sabía. Se preparó en consecuencia.
"Sabía que todos me iban a decir que estaba viejo, que ya no podía jugar. Entonces quería llegar preparado para de verdad ayudar, no solo como jugador que trae experiencia de carrera".
El primer torneo: 12 goles. Campeón de goleo. El segundo torneo: 14 goles más. Bicampeón de goleo. 26 en la temporada, el primero en la historia del club en lograr ese doblete. Un gol cada 109 minutos en el Clausura, con la regularidad de quien lleva décadas haciendo una serie más, una vuelta más, un remate más.
El primer gol, al 91 contra León, fue la señal. "Te da mucha confianza para todo lo que va a pasar. Ahí empezó todo". No fue un golazo. No importó. Lo que importó fue el reloj, el momento, el partido ganado. El delantero que valora todo por igual.
El gol contra el América y la decisión más difícil
En algún momento del torneo pasado, el Pisa de la Serie A llamó. Su mujer, italiana, lloró de emoción cuando él se lo contó por teléfono. El regreso a Italia estaba casi cerrado. Y entonces João Pedro jugó un partido contra el América.
No recuerda exactamente en qué minuto fue. Recuerda que el equipo ganaba 1-0, que el estadio respondía, que algo dentro de él se asentó de una manera que no había sentido en mucho tiempo. "Estoy bien acá. Estoy disfrutando lo que quería para el final de mi carrera". Lo pensó dentro de la cancha. Y pocas cosas revelan más a un jugador que lo que piensa dentro de la cancha.
Llamó a su mujer. Ella, que ya tenía todo casi listo para volver a Italia, escuchó. Y entendió. "Vos conocés mejor el fútbol. Si no querés ir y no estás convencido, no vamos." La mañana siguiente, João Pedro se despertó tranquilo. Sin la inquietud del que todavía duda. Esa tranquilidad fue la respuesta definitiva.
Su hija de seis años terminó de confirmar la decisión sin saberlo. Le dijo que tenía un amigo con quien siempre hablaba de fútbol. "Cuando te llame ese amigo, no lo contestes, porque no quiero cambiar, quiero quedarme acá." Seis años. Ya entiende de permanencias y de raíces.
El contrato se extendió. San Luis dijo que también lo quería. "La relación casi perfecta."
La competencia
A João Pedro se le preguntó por Armando González, el joven de Chivas que competía con él por el título de goleo. No dudó ni un segundo. "Es un jugador mexicano, un chavo que lo está haciendo como un jugador grande. Es muy difícil hacer muchos goles. Lo que está haciendo con poca experiencia pero con mucha calidad y talento es algo valorable. Espero que continúe marcando, porque me está sacando algo, me está haciendo hacer su arte”.
No hay condescendencia en esas palabras. Hay algo más genuino: el respeto de alguien que necesita la resistencia del otro para seguir siendo lo mejor de sí mismo.
Del Mundial que se juega en casa habló con la mesura de quien ya vivió uno como espectador privilegiado, en Brasil 2014, y sabe el peso que tiene la presión de la localía. "Todo va a pasar de cómo manejen la presión. Puede darte algo más, puede sacarte cosas". Su favorito: Francia. "Tienen un equipo de otro mundo".
Cuando se le pregunta cómo quiere que lo recuerde el futbol, João Pedro no menciona títulos ni estadísticas ni los 86 goles en Cagliari ni las dos coronas de goleo en San Luis. Dice algo mucho más sencillo y por eso mismo mucho más difícil de sostener durante 16 años de carrera profesional:
"Como un jugador que dio todo por el futbol".
Eso le prometió a la afición del Atlético la primera vez que llegó. Eso se cumplió. Y eso, en el fondo, es lo que su padre le enseñó en aquella cancha de Belo Horizonte, cuando todavía no sabía que no se podía: que el talento lo tiene casi todo el mundo, pero que el que hace siempre una serie más, siempre una vuelta más, siempre un remate más, ese es el que queda. A João Pedro se le quedó.
