Julián Quiñones: El hombre que esperó su momento

Julián Quiñones llegó a México con 18 años y una mochila que no pesaba mucho. Venía de Magüí Payán, un municipio de Nariño donde el río Patía define las fronteras y donde la guerrilla y el narcotráfico han sido, durante décadas, parte del paisaje cotidiano. Su familia la formaban su mamá, su abuela —que según él fue como su padre— y tres hermanas menores. Su padre se había ido. El futbol era lo que quedaba y también lo que alcanzaba.
En las divisiones juveniles de Futbol Paz, en Cali, anotó 50 goles en 38 partidos. Medio siglo de goles en menos de cuarenta juegos. Eran números que no necesitaban traducción. Los cazatalentos de Tigres los leyeron bien y se lo llevaron al norte, a un país que todavía no era el suyo.
Durante años deambuló por el futbol mexicano. Pasó a préstamo por varios clubes menores hasta que le llegó la oportunidad de debutar en primera división con los Lobos BUAP. La Liga MX, con su lógica implacable de resultados y rotaciones, no regala nada. Quiñones lo aprendió despacio, en canchas de provincias, en torneos que pocos ven. Con la paciencia de quien no tiene otro plan.
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El momento llegó en Guadalajara. Con los rojinegros del Atlas jugó 83 partidos, marcó 36 goles y dio 12 asistencias, pieza clave en el histórico bicampeonato que rompió una sequía de siete décadas. Luego se fue al América, donde anotó el primer gol de la final del Apertura 2023 que las Águilas ganaron 3-0 ante Tigres. Cuando salió rumbo a Arabia Saudita, se fue con seis títulos de liga en la maleta. Él lo sabía y también sabía en qué punto estaba: "He venido de menos a más, eso se ve".
El problema era otro
Javier Aguirre llevaba tiempo mirándolo con cautela. Quiñones aparecía en las listas, sumaba minutos contados, marcaba algún gol en amistoso y volvía a la incertidumbre. Al interior de la selección estaban convencidos de que tenía el talento, pero aún no contaba con los méritos para ser titular. Ni los más de veinte goles con el Al Qadsiah, ni las conversaciones de Aguirre con el entrenador del club habían logrado afianzarlo en el Tricolor.
El propio Vasco lo diagnosticó con una franqueza que casi parecía afecto: "Él se autopresiona mucho, se exige demasiado, le digo que se relaje". Quiñones escuchó. Trabajó. Y cuando le preguntaban por las dudas, respondía sin resentimiento, con esa economía de palabras de quien ha aprendido que quejarse no suma goles: "El Vasco me ha visto trabajando, me ha visto cómo doy cada pedazo de mí para estar acá. Que él lo diga, eso me motiva".
Colombia lo había convocado en sus selecciones menores, pero la absoluta nunca llegó. En mayo de 2023, Néstor Lorenzo lo llamó. Quiñones desechó el llamado. Ya estaba terminando su proceso de naturalización mexicana, demorado meses por un error en el llenado de los formularios. Llegó de niño, construyó su vida aquí, sus hijos nacieron en México y ese vínculo fue más fuerte que cualquier pasaporte de origen. Eligió. Y con la elección vino una carga que él mismo nombraba sin rodeos: "Me emociona mucho poder tener el estadio lleno, dar un poco de lo que México me dio".
Esta temporada registró 33 goles en 34 partidos con el Al Qadsiah, cinco por delante de Cristiano Ronaldo en el título de goleo individual. Números que, en cualquier otra lógica, habrían cerrado el debate. En el imaginario del proceso mundialista mexicano, sin embargo, el debate siguió abierto. Quiñones era demasiado extranjero para ser indiscutible y demasiado bueno para ser ignorado. Él encontró su propia explicación para el salto de nivel y no era táctica ni física: "Se debe a la confianza. La confianza que agarré en mi club y la confianza que me está dando el cuerpo técnico acá".
Entonces llegaron los días previos al torneo. Se le recordó las ausencias, los torneos sin brillar con la verde, los años de incertidumbre. Quiñones respondió con la serenidad de quien ya no necesita convencer a nadie: "Dios a cada uno le da su momento. Tal vez ese no fue mi momento. Esperamos que este sea el mío".
El minuto 9 del 11 de junio de 2026
El mediocampista Érik Lira presionó alto y logró una recuperación en el círculo central. Con la defensa sudafricana retrocediendo a contramano, la pelota le quedó servida a Quiñones. Lo que siguió duró tres segundos o treinta años, según desde dónde se cuente: se escapó a pura velocidad, pisó el área con jerarquía y definió con precisión para estampar el 1-0, anotó el primer gol oficial de todo el Mundial 2026.
Era la primera vez en la historia de los Mundiales que un jugador nacido fuera del país que representa marcaba el primer gol de la edición. Quiñones celebró replicando el gesto de Siphiwe Tshabalala, autor del primer gol del Mundial de Sudáfrica 2010, cuando la nación africana había abierto ese torneo precisamente frente a México.
Dieciséis años después, el ciclo cerraba y quien lo cerraba era él: un colombiano que eligió ser mexicano, que tardó años en convencer y que cuando llegó el momento más importante de su vida convirtió la presión en gol. Tuvo además un remate en el palo y fue el generador del segundo tanto. México ganó 2-0 y acabó con la maldición de nunca haber ganado un partido inaugural en una Copa del Mundo, tras cinco derrotas y dos empates.
Después, en zona mixta, Quiñones habló poco y dijo todo. Nada de euforia, nada de revancha declarada. "Lo principal ahora es la selección. Ahorita estoy en modo selección, enfocándome en eso. Lo que queda atrás está atrás".
Su gol ante Sudáfrica quedó inscrito además en una lista muy corta. En toda la historia de México en Copas del Mundo, solo dos delanteros habían marcado más rápido: Luis Flores, al minuto 3 ante Paraguay en México 86, y Rafael Márquez, al minuto 6 ante Argentina en Alemania 2006. Quiñones se sumó al minuto 9, en el partido inaugural de un Mundial en casa. Flores anotó en un torneo que organizó su país. Márquez lo hizo en el partido más importante de su generación. Quiñones hizo las dos cosas al mismo tiempo.
El niño de Magüí Payán ya tenía su momento. Y sabía, mejor que nadie, el precio que había pagado por él.
