La victoria que tardó 96 años; México por fin pudo relajarse

Durante casi un siglo, México llegó a los partidos inaugurales de los Mundiales cargando una deuda histórica. Había estado presente en el primer encuentro de la Copa del Mundo en Uruguay 1930, había inaugurado el torneo en casa en 1970 y había abierto la Copa en Sudáfrica 2010. Nunca había ganado. Hasta ahora.
La victoria sobre Sudáfrica en el Estadio Azteca no sólo entregó los primeros tres puntos del Mundial 2026. También cerró una historia que llevaba 96 años abierta. Por primera vez, México ganó un partido inaugural de una Copa del Mundo, tras cinco derrotas y dos empates. Y mientras el Azteca celebraba, tres futbolistas vivían la hazaña desde perspectivas completamente distintas.
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Para Guillermo Ochoa fue el triunfo de la experiencia. A los 40 años, en su sexto Mundial, observó el debut desde el banquillo, un rol inédito para quien fue titular en las últimas cuatro Copas del Mundo. Lejos de cualquier frustración, el histórico guardameta habló de las distintas etapas de una carrera que lo ha llevado a romper récords.
“Son diferentes etapas. Lo asumo con normalidad. Estoy listo para jugar y aportar en el rol que me toca ahora”.
Ochoa reconoció que el triunfo tenía un valor especial para una afición que esperaba una alegría en una noche histórica. “Era algo pendiente que teníamos nosotros los jugadores con la afición. Se merecían una victoria, se merecían un triunfo y afortunadamente se los pudimos dar”.
También vivió una jornada personal. Al convertirse en el primer mexicano con presencia en seis Mundiales, el arquero habló de los sacrificios que existen detrás de una trayectoria tan larga. “Son muchos años de constancia, disciplina, resiliencia, de ausencia y de soledad por momentos”.
Mientras Ochoa veía cómo una nueva generación tomaba el escenario, Erik Lira vivía uno de esos momentos que, según admite, tardará tiempo en comprender. El mediocampista fue fundamental en la recuperación que originó el primer gol mexicano. Pero más allá de la jugada, se quedó con la magnitud de lo vivido. “Todavía no me cae el veinte de lo que pasó”, confesó.
Lira recordó que semanas atrás convivieron con integrantes de la Selección que disputó el Mundial de 1986 y escuchó cómo, cuatro décadas después, aquellos jugadores siguen hablando de la emoción que sintieron en el Azteca.
“Hace 40 años que no pasaba y ellos todavía sienten esa adrenalina. Creo que es un momento que me voy a llevar toda mi vida”.
El volante también reconoció el peso emocional de la tarde. El nerviosismo apareció antes del partido, pero terminó transformándose en orgullo cuando vio las calles llenas de aficionados acompañando al equipo rumbo al estadio.
“Yo me crié en esta zona del sur de la Ciudad de México. Ver a toda la gente unida, con la playera verde, es algo que me llevaré por el resto de mi vida”.
Para Israel Reyes, la noche tuvo un significado todavía más íntimo. El defensa debutó en una Copa del Mundo y lo hizo en el escenario más emblemático del futbol mexicano. Cuando salió del túnel del Azteca sintió algo que nunca había experimentado.
“Nunca me había pasado sentir la piel chinita en los brazos y en el cuello de esta manera”. Reyes describió el momento como la culminación de años de trabajo. “Fue la cúspide de algo que esperaba en mi carrera. Es un sueño cumplido”.
También entendió rápidamente el tamaño de lo conseguido. México no sólo había iniciado el torneo con tres puntos; había derribado una barrera histórica.
“No sé si la selección había ganado alguno de los inaugurales. Era importante para nosotros hacerlo así y demostrar de qué estamos hechos”.
La victoria no garantiza nada en el camino mundialista. Javier Aguirre fue el primero en pedir calma. Pero la mañana siguiente reveló algo igual de importante.
En el entrenamiento de recuperación ya no aparecieron los rostros tensos de los días previos. Los jugadores saltaron a la cancha relajados, intercambiando bromas, comentando las jugadas del partido con voces gruesas y sonrisas difíciles de esconder. Frente a los medios, el grupo mostró una imagen distinta a la que había acompañado la cuenta regresiva hacia el debut.
La presión de inaugurar un Mundial en casa había desaparecido.
Lira había hablado del nerviosismo, del miedo y de la responsabilidad que implica representar a millones de mexicanos. Reyes reconoció que las emociones por momentos llegaron a sobrepasarlos. Ochoa, desde la experiencia, describió la semana como una de las más nostálgicas de su carrera.
Ahora el ambiente era otro.
Las risas aparecían constantemente entre grupos de jugadores. Algunos revivían acciones del partido, otros simplemente disfrutaban el momento. El triunfo había liberado una tensión acumulada durante meses.
Porque la primera victoria de México en un partido inaugural no sólo cambió una estadística que sobrevivió durante 96 años.
También transformó el estado de ánimo de una selección que llevaba demasiado tiempo cargando con la obligación de hacer historia.
Y por un día, al menos por un día, México pudo disfrutarla.
