Líderes del Tri, forjados en el fracaso

Los Ángeles vive estos días en un estado extraño, suspendido entre la rutina y algo que parece mucho más grande. En menos de dos semanas, la ciudad más mexicana de Estados Unidos —donde viven cerca de un millón de personas de origen mexicano, donde cada barrio parece guardar una bandera verde, blanca y roja, donde el español domina las calles del East LA— comenzará a respirar Mundial.
El futbol ya está instalado en el ambiente. Se escucha en los restaurantes, viaja en los autobuses, aparece en las camisetas del Tri que la gente usa como si el torneo hubiera empezado hace tiempo. A cuarenta y cinco minutos al norte, en Pasadena, el Rose Bowl observa las montañas de San Gabriel con esa solemnidad tranquila de los estadios que han visto demasiada historia como para dejarse impresionar fácilmente.
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Ahí se jugó la final del Mundial de 1994 —la de Brasil, los penales y Roberto Baggio mirando al césped—. Ahí México venció a Cuba en la Copa Oro de 2019. Ahí también se reúne, una y otra vez, la migración mexicana cada vez que el Tri cruza la frontera deportiva hacia el norte. La noche del anoche, con más de 70 mil boletos vendidos para el partido del sábado, el estadio abrió sus puertas para algo mucho más íntimo: la jornada de medios de la selección mexicana, una de las últimas escalas públicas antes del 11 de junio, antes del Azteca, antes de Sudáfrica.
Trece días. Eso es todo lo que queda. Y en esa noche de Pasadena, cinco hombres pusieron en palabras —y en silencios también— lo que significa cargar con ese peso.
Guillermo Ochoa llegó primero entre los europeos. A los 40 años, con la posibilidad real de convertirse en el primer portero mexicano en disputar seis Copas del Mundo, no llegó a hacer historia con la solemnidad de quien ya la tiene escrita. Llegó a pelear el puesto, como siempre. Porque Memo Ochoa no entiende otro modo de estar. Seis Mundiales no ocurren por acumulación de años: ocurren porque alguien, cada mañana, decide que todavía le importa más que a los demás.
“Como jugador de más experiencia, hay gente que tiene que ser líder, capitán; es algo natural que tengo que hacerle al grupo, ayudarles”, sostiene con una sonrisa, previo al encuentro ante Australia, el próximo sábado. Memo sabe lo que significan esos días previos antes de la competencia y por ello explica su rol.
“(Me toca) Quitar esa tensión, ese nerviosismo, enfocarnos en lo que va a pasar en la cancha, darles calma, claridad; porque alrededor de un mundial hay muchas cosas. Como capitán de esta selección que soy, hay que tratar de mantener al grupo aislado de lo que pase. Son jugadores muy profesionales, con una gran mentalidad, con ganas de trascender, entonces, estoy muy tranquilo porque son muy buenos chicos, trabajan muy bien”, añade el arquero con posibilidad de jugar su cuarto mundial, luego de que en 2006 fue suplente de Oswaldo Sánchez y, en 2010, de Óscar Pérez.
“Los chicos que debuten le darán alegría a la selección y los que no debutan, pero pueden volver a participar, pues los veo con la misma mentalidad, como si fuera el primero”, sentencia Ochoa.
Edson Álvarez, por su parte, también se ha puesto el brazalete, pero lo que lleva encima va más allá de un gafete. Lleva meses de tobillo operado en Turquía, de mensajes en Instagram desde la oscuridad de un quirófano, de rehabilitaciones silenciosas mientras el futbol seguía sin él. “Estoy con mucha ilusión, jugaría mi tercer Mundial y con la misma ilusión que el primero. Estoy físicamente muy bien, estoy entusiasmado, muy contento”, comparte.
Edson llegó al Rose Bowl después de uno de los años más difíciles de su carrera, con apenas 80 minutos jugados en 2026, borrado del once del Fenerbahce, con West Ham descendido a la Championship y su futuro de club aún en el aire. Y sin embargo, ahí estaba. Con el mismo tono de quien no necesita que nadie le recuerde quién es.
“Pienso que la vida te pone cosas y tal vez me pasó esto para disfrutar lo que hago. Uno cuando está afuera, extraña esto, es lo que más me gusta hacer y feliz de estar de regreso”, añade Álvarez, quien al ser cuestionado sobre si México podría levantar la Copa del Mundo, Álvarez no se escuda en la prudencia ni en los discursos de vestuario.
"Se vale ilusionarse, que para eso es la vida, ¿no? Para cumplir tus sueños. Obviamente, sabemos que el camino va a ser duro, pero unidos, como familia, que es lo que somos, qué es lo que hemos creado, lo visualizamos y esperemos que así sea".
Y sobre lo que significa portar ese brazalete el 11 de junio, en el estadio más cargado de historia del futbol mexicano, ante el país entero, fue todavía más directo: "Súmale un mundial en casa, súmale, primeramente Dios, estar en esa lista y poder portar el gafete, que al final yo sé que el equipo está lleno de líderes, pero es algo hermoso, es una responsabilidad que es una oportunidad única", asevera Edson.
Detrás, literalmente y también en el sentido más profundo, están César Montes y Johan Vásquez. Dos centrales. Dos sonorenses. Dos hombres que nacieron a pocos kilómetros de distancia —Hermosillo y Navojoa— y que tomaron casi el mismo camino: los Cimarrones, los Rayados, Europa, la selección. En el proceso de Javier Aguirre llegaron a encadenar siete partidos consecutivos sin recibir un solo gol, una racha que habla no solo de calidad individual sino de una sincronía que se construye con años compartidos, con miradas que ya no necesitan palabras.
“Me mentalice desde que inició la temporada en terminar con salud y con minutos, se me dio ese objetivo para llegar bien al Mundial”, afirma el central del Genova italiano. “Es algo muy importante, me pasó a mí y me tocó ver ejemplos muy grandes como Héctor Moreno, Andrés Guardado, Memo Ochoa. Hacían detallitos simples, pero que te quedan marcados”.
Montes, el Cachorro de Hermosillo, eligió el camino difícil cuando nadie le pedía que lo hiciera. Dos descensos en España —Espanyol, luego Almería—, y en lugar de volver a la comodidad de la Liga MX, se fue más lejos todavía: al Lokomotiv de Moscú, a un futbol sin reflectores, a ganarse el derecho de estar aquí. Con ofertas de clubes grandes de la Liga MX encima de la mesa —equipos que pelean títulos, con recursos, con exposición—, decidió quedarse en Europa, "sacrificando muchas cosas", según sus propias palabras, para seguir creciendo.
Una vez, cuando le preguntaron si a México le faltaba mentalidad en momentos difíciles, respondió sin dudar y sin adornos: "Mentalidad jamás nos va a faltar a un jugador profesional y menos a alguien que defiende la camiseta de la selección nacional". No era una declaración de prensa. Era un principio.
“El sentimiento es el mismo que todos, mucha ilusión. Estar más preparados, con más conceptos que hace cuatro años, todos queremos estar en la lista final. Los que jugamos en Europa poco a poco nos vamos incorporando, así es el proceso, hay que adaptarnos y estar tranquilos”, comparte Montes.
Johan Vásquez tiene una historia distinta pero igualmente cincelada por la adversidad. En Navojoa soñó desde pequeño con ser futbolista profesional, pero el camino fue más complicado de lo que imaginó. El rechazo continuo casi lo llevó a retirarse antes de empezar.
“Hoy tenemos esa responsabilidad nosotros de dar ese ejemplo a los que vienen empujando atrás. Dar ese ejemplo, me toca a mí. El año que viví como capitán, me sigue dando ese crecimiento como humano y como futbolista”, comparte Johan Vázquez.
Hoy es capitán del Genova en la Serie A, renovó su contrato hasta 2028, y en el Azteca será uno de los dos hombres a quienes Javier Aguirre confíe la primera línea de defensa frente al mundo. Ha hablado del peso de portar el gafete de capitán en su club con una honestidad que desarma: "Es una responsabilidad magnífica y tener la cinta es la sensación más bonita del futbol".
Y sobre lo que puede decidir la diferencia en el momento más alto de su carrera, fue preciso: "Manejar las emociones será vital". Lo dijo mirando al Mundial, a la presión de jugar en casa, al rugido de un Aztedca que exige y que también puede asfixiar. El rechazo que casi lo venció se convirtió en el temperamento que hoy lo define.
Y luego está Raúl Jiménez. El caso que más pesa, el que más interrogantes abre. Tres Mundiales, cero goles. El mejor delantero de su generación con una cuenta pendiente que el tiempo ha ido cargando de significado. Con 44 goles en la selección mayor, está a dos de igualar a Jared Borguetti y a ocho de alcanzar el récord absoluto de Javier Hernández. La historia lo espera, pero Jiménez aprendió a no correr hacia ella con desesperación. Ahora está en su cuarta oportunidad mundialista.
"Es algo que sí para el delantero, pues, ¿qué quiere? El delantero meter goles. Entonces, yo estoy tranquilo, contento, ilusionado de que este sea un mundial en el que pueda llegar ese tan ansiado gol, pero también es algo que yo esté ya desesperado por hacer. Es algo que sí, que quiero que llegue, que voy a trabajar para que llegue y que lo voy a hacer lo mejor posible", sostiene el delantero del Fulham.
Doce años después de su primer Mundial, con 23 años y la cabeza llena de todo lo que todavía no sabía, Jiménez reconoce que su rol ha cambiado en lo más fundamental: "Hoy soy un jugador con mucha más experiencia, que sabe ser ese líder dentro o fuera del campo, que intenta predicar con el ejemplo siempre para que mis compañeros se contagien".
Eso es lo que produce el tiempo en un jugador que lo ha usado bien: no solo estadísticas. Una manera de estar, de hablar, de entrar al campo. Una manera de ser seguido. Porque en el fondo, eso es lo que tienen en común estos cinco hombres y todos los que se concentran en Pasadena a trece días del Azteca: saben que jugar un Mundial en casa no es un privilegio, es una deuda. Una deuda con el país que los vio crecer, con la afición que los ha cargado en buenos y malos momentos, con la historia que México lleva sin completar desde 1986.
Lo ha dicho Jiménez con una claridad que no admite evasivas: "Me ha tocado representar a México en otros tres Mundiales, pero no creo que se compare en nada con hacerlo en tu casa, con la gente y con la familia, todos viendo ese primer partido".
Y Edson lo repitió desde que se supo el sorteo, con esa mezcla de presión y combustible que define a los líderes de verdad: "Claro que se siente una responsabilidad, más al ser local y poder inaugurar el evento. Pero desde que inició este proceso lo vemos del lado positivo. Sabemos que tenemos a la gente de nuestro lado. No me quiero imaginar ese apoyo en México, eso nos hará sacar el extra en cada partido", comparte el mediocampista.
El carácter no se improvisa. No aparece el día del partido por decreto ni por voluntad. Se construye en los descensos de Montes en España y en los rechazos que casi detienen a Johan en Navojoa, en el tobillo operado de Edson y en los 40 años que Ochoa lleva diciéndole que no al retiro. Es esa acumulación de golpes recibidos y absorbidos la que convierte a un grupo de jugadores en un equipo capaz de trascender.
El Azteca rugirá el 11 de junio. Y estos hombres, con todo lo que cargan, tendrán que responder. No con discursos. Con carácter. Con los pies sobre la tierra que los parió.
