Los Aguirre: la familia que siguió una llamada hasta el otro lado del mundo

Mikel Aguirre se ríe cuando lo dice. Lo ha contado tantas veces que la frase ya forma parte de la mitología familiar. Pero detrás de la broma hay una vida entera atravesada por el futbol.
“Yo siempre le digo a mis cuates: nosotros hemos tenido la suerte de ir a un montón de países, de ciudades, pero también nos han mentado la madre en 16 idiomas distintos. Y nos han corrido de seis países distintos. Pero bueno, son vivencias”.
Mientras millones de mexicanos conocen a Javier Aguirre como entrenador, mundialista o seleccionador nacional, sus hijos crecieron viendo otra versión del personaje. La del padre que hacía maletas cada pocos años. La del hombre que podía estar dirigiendo una selección en Japón, un club en Pamplona o un gigante europeo en Madrid. La del jefe de familia que nunca imaginó nada de eso.
“La verdad es que lo he dicho un montón de veces: mi papá nunca soñó con ser futbolista”, cuenta Mikel.
La historia comenzó casi por accidente. Un visor de América lo descubrió cuando era joven. Después llegaron 15 años como profesional. Más tarde, cuando pensaba en retirarse, apareció otra oportunidad inesperada.
“Nunca soñó jugar un Mundial. Le habló Bora Milutinovic para jugarlo. Nunca pensó en ser entrenador y antes de retirarse Miguel Mejía Barón le llamó y le dijo: ‘Oye, te invito a ser mi ayudante’”.
Aguirre aceptó. Y tampoco imaginaba que aquello se convertiría en una carrera de más de tres décadas.
“Nos dijo: ‘Yo creo que voy a ser entrenador cinco o diez años y me retiro’”.
Treinta años después sigue en los banquillos.
La llamada que cambió la historia
Si existe un momento que divide la vida de los Aguirre en dos, ocurrió durante el Mundial de Corea-Japón 2002.
México estaba concentrado en Asia. Javier Aguirre dirigía a la selección nacional. Nadie imaginaba que el futuro estaba a punto de aparecer por teléfono.
Todo comenzó con una entrevista. Un periodista español del diario Marca le pidió una conversación durante el torneo. En algún momento le preguntó por sus aspiraciones.
“Mi papá dijo: ‘A mí algún día me gustaría dirigir en España’”.
Nada más. Una frase sencilla. Sin estrategia. Sin plan. Pero aquella entrevista cayó en las manos correctas. La leyó Ángel Martín González, antiguo compañero suyo en Osasuna y hombre cercano al proyecto que encabezaba Patxi Izco.
Entonces llegó la llamada. “La anécdota es buenísima”, recuerda Mikel. “Mi papá dice que estaba en el gimnasio en Japón y hablan al hotel. Contesta Alberto de la Torre. Le dicen: ‘¿Está Javier Aguirre? Hablamos del Club Atlético Osasuna’. Entonces Alberto va y le dice: ‘Javier, te hablan del Osasuna’”.
La reacción fue inmediata. “‘¿Cómo que me hablan del Osasuna?’. Y sí, le hablaban del Osasuna”.
Aquella conversación terminó cambiando el rumbo de toda la familia.
“Ángel Martín le dijo: ‘Hablé con el presidente y queremos saber si te gustaría venir a Osasuna’. Y mi papá le respondió: ‘Me voy mañana nadando a Osasuna’”.
Dejarlo todo
Lo lógico era quedarse. México acababa de completar un Mundial exitoso. Aguirre tenía prestigio. Tenía estabilidad. Tenía reconocimiento.
Y ganaba bastante más dinero del que iba a recibir en España. Pero los Aguirre nunca eligieron el camino más cómodo.
“Vivíamos muy bien aquí en México. Ganábamos muy bien. Teníamos un súper puesto en la selección”, recuerda Mikel.
“Y de repente mi papá nos dice: ‘Pues vámonos a Pamplona, allá al norte de España. A cagarnos de frío. A ganar cinco veces menos de lo que ganamos aquí. A que la gente no nos conozca. Porque allá está el mejor futbol del mundo’”.
La respuesta familiar fue sencilla. “Pues vámonos”.
No sabían qué encontrarían. No sabían cuánto durarían. No sabían si funcionaría. Pero fueron.
Tres meses sin ganar
Los primeros meses fueron durísimos. Osasuna pasó tres meses sin ganar un solo partido.
Tres meses. Hoy sería suficiente para despedir a casi cualquier entrenador. Pero Patxi Izco decidió esperar.
“Patxi Izco fue de los mejores presidentes que tuvo mi papá”, cuenta Mikel. “En su primer año en Pamplona estuvo tres meses sin ganar. Tres meses sin ganar. Y no lo corrió”.
Todavía se pregunta por qué.
“Algo vio el señor Patxi Izco que dijo: ‘Mantén al mexicano aquí’. Y no lo corrió”.
Aquella decisión terminó cambiando la historia del club. Y la de la familia.
El año perfecto
Cuatro temporadas después llegó la mejor versión de Osasuna. Mikel todavía habla de aquel equipo con entusiasmo infantil.
“Ese cuarto año en Pamplona fue el más bonito que viví futbolísticamente en mi vida”. Recuerda cada detalle. “Mi papá movía piezas como quería. Tenía a John Aloisi, a Savo Milosevic, a Pierre Webó y al Chingo Morales. Los cambiaba y todos metían goles”.
Recuerda también a Pablo García. “Era un animal”. Y a la defensa. “Cruchaga y Josetxo jugaron a un nivel impresionante”.
Osasuna derrotó al Atlético de Madrid, al Barcelona y al Sevilla. La ciudad se volcó con el equipo. “Había una armonía muy bonita entre la ciudad y el vestidor. Todo nos salió bien. Todo”.
Por eso Mikel sigue convencido. “Fue el año más hermoso que viví futbolísticamente”. El equipo que siempre tuvo en la cabeza
Lo curioso es que mientras construía el mejor Osasuna de su historia reciente, Javier Aguirre observaba otro proyecto desde lejos. El Atlético de Madrid.
“Mi papá decía que desde el segundo año en Osasuna veía al Atlético y pensaba: ‘A este equipo le puedo ayudar’”.
Veía un gigante herido. Un club histórico que llevaba años lejos de su mejor versión. “Venían de ascender, tenían muchos problemas, habían perdido referentes y tenían a Fernando Torres de capitán con apenas 23 años”.
La obsesión llegó al contrato. “Cada vez que renovaba con Osasuna ponía una cláusula: si me llama el Atlético de Madrid, me voy gratis”.
Y un día ocurrió. “Si Dios es grande, le llamó el Atlético de Madrid”.
El único lugar donde sintió miedo
Para Mikel, llegar al Atlético fue descubrir otra dimensión del futbol. “Ahí sí entendimos lo que era un club grande. Grande de verdad”.
También fue la primera vez que sintió miedo. “Es la única vez en mi vida que he pasado miedo en un estadio”. No fue en África. No fue en Rusia. No fue en Australia. Fue en Madrid.
“Los ultras se ponían afuera de donde salían los coches. Los bloqueaban cuando las cosas iban mal”. Recuerda perfectamente a su madre. “Mi mamá abrazándome para sacarme de ahí. Yo decía: ‘Ay cabrón, esto sí está rudo’”.
Y al mismo tiempo entendió la magnitud del Atlético. “Las victorias ahí eran otra cosa. Bajabas tres kilos de lo que sufrías”.
El Kun y el Game Boy
Entre los recuerdos más entrañables de aquella etapa aparece un adolescente argentino.
Sergio Agüero. “El Kun tenía prácticamente mi edad. Por eso nos hicimos amigos”.
Fuera de la cancha parecía un adolescente cualquiera. “Viajábamos por Europa y él prefería sentarse conmigo y con mi hermano a jugar Game Boy”.
Pero en el campo era otra cosa. Una noche en Moscú cambió para siempre la percepción que Mikel tenía de él. “El Lokomotiv nos estaba dando un baño. Hacía un frío terrible, menos cuatro grados”.
Entonces apareció Agüero. “Agarró la pelota, se llevó a medio equipo y metió gol”. Minutos después repitió la jugada. “Yo dije: ‘Estamos viendo algo que nunca había visto en mi vida’”.
Horas más tarde, en el avión, el mismo jugador volvió a preguntar si podían jugar videojuegos. “Decías: no puede ser que este niño sea el mismo que acaba de destrozar a los rusos”.
El verdadero título
Javier Aguirre nunca ganó una Liga con el Atlético. Nunca levantó un gran trofeo en Madrid. Pero la familia guarda otro reconocimiento. Uno mucho más personal.
Cuando Diego Simeone conquistó la Liga española años después, Aguirre envió un mensaje de felicitación a Miguel Ángel Gil.
La respuesta quedó grabada. “Muchas gracias, Javier. Todo esto empezó contigo”. Para Mikel, ahí está el verdadero título. “Ese es nuestro campeonato”.
Y explica por qué. “No hablo de la prensa ni de la afición. Que el dueño del club te diga eso, que reconozca el trabajo que hiciste, para nosotros vale muchísimo”.
El tercer Mundial
Hoy, cuando Javier Aguirre dirige otro Mundial, la familia vuelve a mirar atrás. A las llamadas inesperadas. A los cambios de país. A los triunfos. A las críticas. A las derrotas. Y a todo lo que vino después.
“Somos unos afortunados”, insiste Mikel. “Claro que mi papá y su cuerpo técnico han puesto de su parte para que lleguen estas oportunidades. Pero hemos tenido oportunidades que nunca esperábamos”.
Quizá por eso, cuando la selección mexicana volvió a llamarlo en 2024, la respuesta fue inmediata. “Es muy complicado decirle que no a la selección mexicana”.
La razón es sencilla. “Primero porque mi papá tiene una historia con ellos desde jugador, ayudante y entrenador. Y segundo porque es nuestro país. Aquí vivimos y aquí moriremos”.
Después de tantos años, tantos estadios y tantos idiomas, los Aguirre siguen teniendo claro dónde está su casa. Y también saben algo más.
Que toda esta historia comenzó con una entrevista cualquiera, una llamada desde Pamplona y una familia que decidió seguirla sin mirar atrás.
