Los traductores: la inteligencia que Pumas no muestra pero siempre usa

El futbol tiene un momento invisible. Ocurre en una sala sin tribuna, entre pantallas llenas de secuencias pausadas y números que parpadean. Nadie lo ve. Nadie lo aplaude. Pero ese momento —el análisis, la traducción del dato en decisión— suele determinar lo que después millones van a presenciar en el estadio.
A las siete de la mañana, cuando Ciudad Universitaria empieza a despertar con clases académicas, dos hombres ya llevan horas con análisis del próximo rival. El del siguiente partido y el que viene después de ese. Martín Cors, argentino, ingeniero industrial egresado de la UBA, abre las plataformas y empieza a cortar. Julián Gallegos, colombiano, licenciado en Educación Física por la Universidad de Antioquia, hace lo mismo en otra computadora.
Ninguno de los dos estará en el once. Ninguno saldrá en las alineaciones. Pero lo que construyen en esas pantallas —esos clips pausados, esas secuencias etiquetadas, esas métricas traducidas a lenguaje de vestuario— determina, con frecuencia, lo que Pumas va a hacer cuando empiece el partido.
Son los analistas. Son, en el futbol moderno, los traductores. Dos trayectorias distintas, un mismo oficio: leer el juego antes de que ocurra.
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Cors pasó cuatro años en España sin pisar un campo de manera regular. Su trabajo era otro: capacitar cuerpos técnicos de las ligas más importantes de Europa —La Liga, la Bundesliga, la Ligue 1, Portugal, Suiza, Austria— en el uso de tecnologías aplicadas al análisis de rendimiento. Viajaba de club en club enseñando cómo sacarle provecho a herramientas que muchos equipos compraban pero pocos sabían realmente usar.
Fue en ese circuito donde lo encontró Efraín Juárez, entonces en la Liga de Bélgica, que utilizaba esas mismas plataformas y tenía preguntas que Cors podía responder. La convocatoria para Pumas no fue un anuncio formal. Fue la consecuencia natural de una conversación que comenzó alrededor de una tecnología y terminó en una alianza. "Me convocó a trabajar con él en Pumas", dice Cors con la economía verbal de quien prefiere que los datos hablen por él.
Gallegos llegó por otro camino, pero igualmente trazado por el azar de la confianza. Cuando Juárez tomó el mando de Atlético Nacional, lo primero que le pidió a Julián fue que cambiara de oficina. Que se sentara con el cuerpo técnico. Que entendiera, desde adentro, qué quería ese equipo y por qué. "Necesito que estés con nosotros", le dijo Efraín. Y Gallegos comprendió que algo era diferente: con Efraín, el analista no era un auxiliar que mandaba reportes por correo. Era una pieza en la sala de decisiones.
"Cuando ya tienes un entrenador así, tan cercano, para uno como analista es mucho más fácil trabajar. Te sientes con la confianza de presentar todo, de hablar, de dar la información que ellos en verdad requieren”. Juntos ganaron dos títulos en el Nacional. Ligas y Copas. Gallegos después viajó a México.
El trabajo de analista
El trabajo empieza por lo más árido: el etiquetado. Cors y Gallegos se reparten los partidos del rival —tres cada uno, aunque al final los dos ven los seis—, y durante horas pausan, cortan y clasifican cada acción relevante. Una presión alta. Una salida en corto. Un desmarque entre líneas. Una transición que siempre termina igual. "Vamos así, siempre un partido adelante con toda la información", explica Gallegos. De ese proceso surge una biblioteca de comportamientos que, filtrada y condensada, llega al cuerpo técnico.
Pero no llega completa. Llegar completa sería el error. "Si tenemos cinco clips del mismo comportamiento, le mostramos tres", dice Gallegos. "No le vamos a mostrar cinco clips de lo mismo al míster. Le mostramos uno y le decimos: esto pasa. Y si quiere ver más, nos dirá que le mostremos más".
La síntesis no es pereza. Es una forma de respeto. El entrenador necesita claridad, no volumen.
La métrica favorita de Cors se llama expected goals —goles esperados— y permite rastrear qué secuencias de pases de un rival producen las mayores probabilidades de daño. "Puedes analizar por dónde es que más sufre el rival", explica. "Y a partir de eso, ir contextualizando la información para que sea aplicable a lo que somos nosotros y a lo que pretende el entrenador".
Con esa herramienta leyeron a Chivas antes del clásico de la temporada regular, cuando el equipo de Gabriel Milito era el líder general. Detectaron que el Guadalajara era letal en las pelotas al hombre, que anticipaba, que en el duelo directo los rojiblancos ganaban casi siempre. La recomendación fue directa: no entregar al pie. Buscar el espacio, la espalda, la profundidad.
"Si como eran cortos al hombre, el balón a los espacios y con gente rápida podíamos hacerles bastante daño", recuerda Luis Pérez, uno de los auxiliares del cuerpo técnico. Lo entrenaron. Lo vieron funcionar en campo. Y cuando llegó el partido, el plan ya no era teoría. "El jugador ve imágenes de lo que es Chivas, ve imágenes de lo que ya entrenó, y dice: ya sé lo que tengo que hacer".
Gallegos piensa que el rol del analista siempre existió. Que el futbol moderno no lo inventó: le dio nombre y espacio propio. "Antes era el asistente técnico el que se encargaba de ver rivales, de analizar", dice. "Pero a medida que va avanzando el futbol y la manera en que se compite, se necesitó tener un rol específico para eso. Primero, porque jugás cada tres días. Es imposible que el asistente esté junto al entrenador en la planificación, en el campo, y que encima tenga que ver los rivales".
Él comenzó como entrenador. En Medellín dirigió casi diez años en formativas y hacía los análisis de sus propios equipos porque le gustaba entender por qué las cosas pasaban, no solo verlas pasar. Se formó con Adrián Espárraga, hoy secretario técnico del Al-Nassr. Tomó cursos con la MBP School. Completó el programa de analista de rendimiento de la CONMEBOL. Y fue descubriendo que la diferencia entre un analista corriente y uno excepcional no está en la tecnología que usa —esa, dice, la tienen todos—, sino en cómo lee lo que tiene enfrente.
"La misma información la puede cargar cualquiera de otro lado. La diferencia es cómo cada uno asume la interpretación".
En el tema del scouting, esa filosofía tiene consecuencias concretas. Gallegos describe el proceso con precisión clínica: se define el perfil del jugador que necesita el equipo —características físicas, técnicas, tácticas—, y el área de inteligencia deportiva del club filtra la base de datos hasta dejar una lista corta. Antes de ese filtro, un scout veía setenta delanteros. Después del filtro, ve seis o siete. "Te ahorrás ver un montón, porque ya está muy específico desde el perfil que buscas".
Pero los datos no siempre mandan solos. A Álvaro Angulo, lateral colombiano y hoy pieza clave en Pumas, no lo trajo ningún algoritmo. Lo trajo la memoria. Gallegos lo escauteó cuando estaba en Nacional, lo siguió durante año y medio antes de recomendarlo, lo vio crecer y emigrar y volver. "Lo conozco desde que era muy joven", dice. "Le digo que es como mi hijo. No nos hemos separado".
La historia de Angulo es también la historia de cómo funciona el oficio cuando el dato y el olfato se vuelven cómplices en lugar de rivales.
Cuandos se le pregunta a Cors qué encontró en México que no esperaba, la respuesta descoloca. Viene de alguien que calibró ligas europeas de primer nivel y debería tener el listón muy alto. "Lo que me encontré es que México en ese sentido no tiene nada que envidiarle a las ligas europeas. Tiene una infraestructura muy buena de tecnología".
Cámaras automáticas en todos los estadios. Plataformas de descarga y visualización en tiempo real. Datos estructurados para todos los equipos. "Realmente sorprendido con el nivel que hay aquí en la Liga de México", admite.
El problema, aclara, nunca fue la herramienta. El problema siempre es saber usarla.
Cors y Gallegos saben. Lo hacen a las siete de la mañana, en silencio, frente a pantallas que nadie más ve. Y en ese trabajo —en esa sala sin tribuna, antes de que el partido empiece— Pumas lleva semanas tomando ventajas que el estadio solo reconoce cuando el balón entra.
