Un México apagado iguala sin goles ante Portugal en la reapertura del Estadio Azteca

El día llegó y el regreso del Estadio Azteca no fue un simple partido: fue un reencuentro con la memoria. El coloso volvió a latir, vestido de gala, cargado de historia y de una expectativa que se respiraba desde horas antes. Pero en la cancha, el contraste fue evidente. La Selección Mexicana de Javier Aguirre quedó a deber: un equipo apagado, sin claridad ni profundidad, a sólo 75 días de la Copa del Mundo que iniciará en ese mismo escenario.
México intentó asumir el control desde el arranque, pero el libreto cambió rápido. La Selección de Portugal, quinta en el ranking FIFA, se adueñó del ritmo con naturalidad. Bajo la dirección de Bruno Fernandes, el conjunto de Roberto Martínez impuso condiciones: circulación limpia, ocupación de espacios y paciencia para encontrar grietas. México resistía con orden —dos líneas bien juntas—, pero ofrecía muy poco hacia adelante.
Te puede interesar: Estadio Azteca: La cirugía que rejuveneció al gigante
Las miradas se centraron en los nombres propios. Álvaro Fidalgo vivió su primera titularidad con el Tri: cantó el himno con emoción y fue ovacionado, pero en el desarrollo quedó a deber, desconectado de los circuitos ofensivos. En el arco, Raúl Rangel volvió a ser el elegido. Antes del inicio se hincó, apoyó el balón en la frente y rezó. Después respondió cuando fue exigido, respaldando la confianza de Aguirre, quien lo ha sostenido como titular durante este 2026 y en siete de los últimos diez partidos.
Portugal avisó primero. Al 11’, una secuencia de pases terminó en el primer susto; segundos después, Rangel intervino con seguridad. Al 14’, João Félix intentó sorprender con un disparo bombeado. México tardó en reaccionar: al 17’, Fidalgo generó la primera acción que encendió a la tribuna; al 31’, un disparo lejano insinuó algo más. Del otro lado, Gonçalo Ramos dejó escapar la más clara al 34’, tras una jugada bien elaborada.
Mucho esfuerzo, poca profundidad
El problema de fondo fue estructural. Roberto Alvarado lo intentó con movilidad y Raúl Jiménez peleó en solitario, pero el equipo nunca logró progresiones limpias ni ocupación eficaz del último tercio. La más cercana llegó al 44’, tras una presión alta de Erick Lira que terminó en un centro de Raúl sin encontrar rematador. Mucho esfuerzo, nula profundidad.
El complemento no modificó el diagnóstico. Roberto Martínez rotó piezas y administró cargas; tras 70 minutos, el partido perdió filo. Aguirre movió su banquillo —salió Brian Gutiérrez, ingresó Julián Quiñones, además de ajustes en medio campo—, pero el funcionamiento no cambió.
Entonces, el partido se jugó en la tribuna.
La cabecera norte tomó el control emocional. “Dale México… Cielito Lindo…”, bajó desde las gradas, antes el estadio se iluminaba de verde, blanco y rojo en el medio tiempo. La ola recorrió el inmueble y sostuvo lo que el césped no pudo. Ahí, el Azteca recordó su naturaleza: un templo que trasciende el resultado.
El clímax llegó desde la grada. “¡Hormiga, hormiga!”, exigió la afición. Armando González ingresó al 78’ y el estadio estalló. Fue el momento más potente de la noche, no por una jugada, sino por el significado: la urgencia de encontrar nuevas respuestas.
El cierre dejó más preguntas que certezas. México se fue entre murmullos, con la sensación de que el tiempo se acorta. Portugal, en cambio, ratificó su condición de contendiente rumbo al Mundial, donde disputará el Grupo K con sedes en Houston y Miami.
En los números, la noche también dejó datos: más de 81 mil asistentes y una racha que se mantiene —cuatro décadas sin derrota en casa ante rivales europeos, desde aquel 3-1 frente a España—, aunque el historial ante Portugal sigue siendo esquivo con tres derrotas y ahora tres empates.
Pero por encima del resultado, quedó una imagen poderosa: el Estadio Azteca volvió a latir. Porque hay estadios donde se juega al futbol y hay otros donde la historia exige algo más. Hoy, el equipo de Aguirre sigue en deuda con ese peso, a 75 días de enfrentar a Sudáfrica en el mismo escenario.
