REVISTA | Armando González: El origen de un goleador

Antes del Akron y de la selección, hubo noches sin público y un padre tirando centros en la oscuridad. Armando González creció ahí, en ese territorio íntimo donde el futbol no se explica: se vive.
Armando González ya fue campeón de goleo y ya marcó con la selección. Nada de eso lo detiene. Su carrera avanza desde la inconformidad.
Armando González ya fue campeón de goleo y ya marcó con la selección. Nada de eso lo detiene. Su carrera avanza desde la inconformidad. / Edmundo Méndez

Las luces del estadio ya estaban apagadas. El partido había quedado atrás, la gente se había ido, el ruido se disolvía en la noche. En el césped, sin embargo, todavía quedaban dos niños. Corrían detrás de un balón como si el tiempo no existiera, como si el juego no tuviera final. Esperaban a su padre —Armando González Bejarano—, que saldría del vestidor para tirarles centros en la oscuridad. Uno de esos niños era Armando González, “La Hormiga”. No lo sabía entonces, pero ahí, en esa penumbra, empezaba a construirse el goleador de Chivas.

No llegó al futbol por accidente. Nació dentro de él. Es hijo de un exfutbolista, creció en un entorno donde el juego no se explicaba: se vivía. Aprendió los códigos en conversaciones que no aparecen en pizarrones ni en sesiones tácticas. Pero también cargó con lo que eso implica. El apellido pesa. Las comparaciones llegan solas. La sombra familiar existe. A algunos los aplasta. A él lo empujó.

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Armando nació en Celaya el 20 de abril de 2003, casi por una coincidencia administrativa —su madre se atendía con un doctor que operaba entre esa ciudad y Querétaro—. Creció en Aguascalientes, la ciudad de su familia, el territorio donde el futbol formó parte de su educación emocional. Ahí entendió el juego desde dentro, desde la cercanía con el vestidor, con la rutina, con el oficio.

“Ir al club con mi papá, meterme a los entrenamientos cuando acababan, jugar con los jugadores, hacer destrozos en los vestidores”, recuerda con una sonrisa en charla con Sports Illustrated en Verde Valle, donde entrena con Chivas. “Y cuando se acababan los partidos me bajaban a la cancha y jugaba con mi hermano con las luces apagadas. Que mi papá regresara y se pusiera a tirar centros con nosotros, eso es de los recuerdos más bonitos”.

Su padre nunca convirtió el futbol en obligación. Nunca lo empujó hacia una meta que no fuera suya. Le enseñó algo más complejo: responsabilidad individual. Control sobre lo propio. Un principio que hoy, a los 23 años, sigue intacto.  Y dejó un consejo que Armando repite hoy, a los 23 años, con la misma convicción de aquel niño: "Todo lo que hago depende de mí. Si juego o no juego, todo pasa por mi día a día, por mis hábitos, por lo que puedo controlar. Ese fue el mejor consejo que me dio y es algo que sigo hasta hoy".

Hubo más referencias en su formación. Su hermano mayor, más cercano, más tangible, marcó un estándar. “Para mí fue un ídolo. Es mil veces más técnico que yo. Siempre lo veía como un reto. Me tomó tres años alcanzarlo, pero lo logré”. Y más lejos, desde la televisión, apareció un modelo que se volvió obsesión: Javier Hernández.

Lo estudió durante años. No como fan, sino como aprendiz. Movimientos, tiempos, decisiones dentro del área. Detectó similitudes, las hizo propias. "Traté de imitar un poco sus movimientos, estudiarlo. Y ahí estaba algo que yo también tenía, entonces se me dio muy natural".

Cuando Chicharito llegó a Chivas, Armando llevaba apenas dos semanas en el primer equipo. El veterano lo vio, reconoció algo y se acercó. Le enseñó cosas que, dijo, él hubiera necesitado escuchar en su momento.  Le habló desde la experiencia. Un gesto que “La Hormiga” no ha olvidado.

El valor de esperar

El 13 de enero de 2024 debutó en Primera División. Minuto 84. Empate sin goles ante Santos Laguna. Seis minutos sin estadística, sin titulares, sin ruido. Un debut que pasó casi inadvertido. Para él, no.

“Fue ver tantos años de trabajo cumplidos al mismo tiempo”, dice. Y enseguida, la idea que define su estructura mental: “También entendí que era el inicio. No había llegado a nada. Apenas empezaba lo difícil”.

Esa claridad no es común. Tampoco su manera de competir. Nunca negoció el esfuerzo ni el enfoque. Nunca se detuvo en lo que no controlaba. “Si me daban un minuto, yo me iba con todo. ¿Quién dice que no puedo meter un gol en un minuto?. Si me dieron uno, que el siguiente me den dos. Así ir creciendo”.

El futbol le respondió. Entró ante San Luis y marcó dos goles en diez minutos. Después, en su primer inicio ante Tijuana, volvió a anotar. La titularidad dejó de ser una aspiración y se convirtió en una responsabilidad. "La titularidad se tiene que defender. No porque seas titular ya está todo bien. La tienes que demostrar todos los días".

El peso de doce goles

El Apertura 2025 fue su explosión definitiva. Gabriel Milito llegó al banquillo con una promesa sencilla y sin matices: el que esté mejor va a jugar. Armando González la tomó como contrato personal. Gol tras gol, semana tras semana, Al final: doce goles. Campeón de goleo. Un gol cada 93 minutos. Cinco definiciones con la izquierda, cinco más con la cabeza, dos con la derecha. Un repertorio completo. Su nombre quedó en la misma línea histórica que delanteros importantes del club. Sin embargo, su reacción no fue de euforia. No lo vio venir. No lo persiguió como objetivo individual.

“Después del clásico contra Atlas me di cuenta de que podía ser campeón de goleo. Pero yo solo buscaba ayudar al equipo”. La dimensión del logro apareció después, en silencio, lejos del ruido competitivo. “Fue una alegría muy grande… pero no estoy satisfecho. Sé que lo puedo hacer mejor”.

Su gol favorito no fue el más espectacular en términos técnicos. Fue el más íntimo. Contra América. Porque ahí apareció la memoria. Su padre también había marcado en ese clásico. El gesto se repitió. La historia encontró continuidad. Como si aquella cancha en penumbra hubiera sido un ensayo.

Meses después, el teléfono sonó. Selección nacional. La noticia lo alcanzó al salir de entrenar. Sintió un golpe emocional completo. “Me dieron ganas de llorar”, relata tras recordar aquel noviembre del 2025.

En un amistoso contra Islandia, con México en busca del gol, González entró y anotó. Su primer tanto con el Tri. Sin anuncio previo, rompió una sequía: el primer delantero de Chivas en marcar con el Tri en nueve años. Su reacción fue simple.  "Ese dato no lo tenía. Se me hace raro porque Chivas tiene buenos jugadores. Feliz de haber cortado esa racha". Nueve años. Una grieta que él cerró casi sin enterarse.

Desde entonces, no ha soltado el lugar en las convocatorias de Javier Aguirre. Lo que más lo marcó no fue la presión, sino la naturalidad del entorno. “Me pidieron que fuera yo mismo”. Esa frase sostiene todo. Porque no hay artificios en su crecimiento. No hay personaje. Solo una identidad clara.

En el Clausura 2026 confirmó que lo suyo no era un momento. Sin factor sorpresa, con defensas preparadas para frenarlo, con todos los técnicos rivales estudiando sus movimientos, se mantiene como goleador del campeonato. Pelea por segunda temporada consecutiva el liderato de goleo. Produce desde la constancia, desde la repetición correcta, desde la obsesión.

Y mientras eso sucede, el 11 de junio se acerca. El Estadio Azteca. El Mundial en casa. Cuando alguien le menciona esa fecha, Armando González hace una pausa y dice algo que no suena a declaración ensayada sino a algo que le pasa en el cuerpo: "Se me pone la piel chinita".

Javier Aguirre les ha hablado de su experiencia en el 86, de lo que es jugar un mundial con su propia gente en las tribunas. Armando lo escucha y lo entiende desde un lugar que va más allá de lo táctico. "Un mundial en casa es algo muy difícil que se repita en tu vida como jugador. Tienes que aprovechar este momento". ¿Qué rol busca? Su respuesta no cambia: "Para lo que me necesiten. Si me necesitan un minuto, si me necesitan noventa, lo que sea. Me dan de aguador, yo voy".

El título con Chivas también lo persigue. Desde 2017, el club vive en deuda con su historia. Él lo asume como una responsabilidad colectiva. “No hay día que no entrenemos pensando en eso”.

Y aun así, su discurso nunca se cierra en lo conseguido. Siempre aparece la lista de pendientes: mejorar de espaldas, afinar la definición, crecer en lo táctico, aportar en defensa. “Soy un jugador en crecimiento. Es muy raro que me sienta satisfecho”.

Ahí está la clave. No en la velocidad con la que llegó, sino en la inconformidad que lo sostiene. Armando González no se detiene en lo que ya hizo. No se instala en el reconocimiento. No se concede descanso.

Allá, en Aguascalientes, las luces del estadio se apagaron hace tiempo. El eco de aquellos partidos se perdió en la noche. Pero él no dejó de correr.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.