El otro Mundial: el que se jugó en las barras, las tiendas y las terminales

Faltaban catorce minutos para que terminara el tiempo extra en el MetLife Stadium cuando Ferran Torres encontró el espacio y convirtió el gol que le dio a España su segunda estrella. En Madrid, Ciudad de México y Sídney, miles de aficionados soltaron el vaso, gritaron y, segundos después, volvieron a levantarlo para pedir otra ronda.
En la barra de un bar nadie pensaba en terminales de pago. A miles de kilómetros, sin embargo, una gráfica registraba el instante con precisión: en los establecimientos de España, el consumo aumentó 33% justo después del gol. En Australia, donde su selección ni siquiera disputaba la final, el salto llegó hasta 271%.
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El futbol había producido lo que mejor sabe producir: una reacción colectiva. La tecnología simplemente se encargó de medirla.
Esa es una de las lecturas que Anna Aguilar, Directora Comercial de Adyen, hace del Mundial 2026 en México. Su radiografía tiene dos historias que avanzan en sentidos distintos. La primera es la de las grandes expectativas que no terminaron de cumplirse: llegaron muchos menos turistas de los que se habían proyectado y la derrama económica quedó lejos de las previsiones iniciales.
La segunda es más pequeña, pero quizá más reveladora. En los momentos importantes, el dinero sí se movió. Y lo hizo con una precisión que permite saber qué partido, qué gol y qué afición fueron capaces de abrir la cartera.
La gran cifra del Mundial en México, de entrada, es menos espectacular de lo que se esperaba. La Secretaría de Turismo había proyectado más de 5.5 millones de visitantes atraídos por el torneo. Los datos que maneja Adyen colocan la llegada real entre 750 mil y 1.1 millones. Antonio Cosío, presidente de la CNET, había estimado por separado unos 850 mil turistas durante toda la competencia.
Las cifras cambian dependiendo de la metodología y de la fuente, pero el diagnóstico permanece: la realidad estuvo muy por debajo de las expectativas.
"Las cifras varían según la fuente que uno revise, pero sí podemos concluir que las proyecciones fueron mucho más altas de lo que vimos en realidad", explica Aguilar.
La derrama tampoco alcanzó las dimensiones imaginadas. Para Adyen, el gasto asociado al torneo no superó los 50 mil millones de pesos, alrededor de 2 mil millones de dólares.
El Mundial que México esperaba recibir como una avalancha turística terminó siendo, al menos desde esa perspectiva, un evento de dimensiones mucho más contenidas.
Pero hay una paradoja.
Mientras el número de visitantes decepcionó, el consumo de quienes sí estuvieron involucrados en la fiesta mundialista mostró otra cara.
Durante el torneo, el mexicano realizó transacciones promedio de 32 dólares, 18% por encima de su nivel habitual. El visitante extranjero, en cambio, registró un promedio de 27 dólares.
La explicación no está necesariamente en los estadios. Está en lo que ocurrió alrededor de ellos.
En el bar, en el restaurante, en la reunión familiar, en la casa de los amigos. Adyen identificó lo que Aguilar define como la "canasta mundialista": el conjunto de gastos adicionales que aparecen simplemente porque hay un partido que ver.
"Existe un consumo mundialista: vas a un bar, a un restaurante o recibes en tu casa a tus amigos, y ahí gastas fuera de lo ordinario, en botanas, en bebidas, en todo lo que acompaña el partido", explica.
El dato cambia la lectura del impacto económico. No era necesario tener un boleto para el Azteca. Tampoco comprar una entrada en reventa. Bastaba con que México jugara para que el consumo se moviera.
Y cuando el rival también viajaba, la reacción era todavía mayor.
Durante el México-Inglaterra de octavos de final, el partido que terminó con la eliminación de la selección mexicana por 3-2, el consumo de los visitantes británicos en México aumentó casi 1,000%.
El turista del Reino Unido gastó, en promedio, 165% más durante su estancia.
La fiebre también llegó a las tiendas. La venta de ropa y souvenirs creció 700%, mientras que los artículos deportivos registraron un incremento de 388%. El hospedaje también recibió un impulso durante los periodos de mayor actividad.
El Mundial, entonces, no necesitó llenar hoteles para modificar los hábitos de consumo.
Le bastó con llenar bares. Y también cambió la manera de pagar.
Uno de los grandes retos para los comercios mexicanos fue prepararse para recibir consumidores acostumbrados a utilizar diferentes métodos de pago. Adyen trabajó con establecimientos para habilitar alternativas como Discover, especialmente relevante para visitantes estadounidenses, y reforzó la infraestructura para pagos sin contacto.
En el Fan Fest del Zócalo, tres de cada diez transacciones provinieron de turistas de más de 25 países.
Ahí apareció una diferencia cultural que el Mundial hizo más evidente: para buena parte de los visitantes internacionales, pagar acercando el teléfono o la tarjeta no es una novedad, sino la forma habitual de consumir.
México, donde el efectivo todavía conserva un peso importante en la vida cotidiana, tuvo que acelerar esta transición. "Para la mayoría de esos visitantes el efectivo ya es casi prehistórico", señala Aguilar. "Aquí todavía es parte del día a día, y eso hace más grande el reto y más importante la solución".
La otra preocupación era que la infraestructura resistiera los picos. No hubo fallas de sistema reportadas por Adyen durante el torneo. La empresa puso a disposición más de diez servidores entre operaciones locales y globales, con una capacidad que, de acuerdo con Aguilar, está acostumbrada a enfrentar jornadas de alta demanda como El Buen Fin, Hot Sale y Black Friday.
La tecnología, en otras palabras, tenía que soportar el mismo fenómeno que ocurría en las calles: millones de pequeñas decisiones tomadas al mismo tiempo. Comprar una camiseta. Pedir otra cerveza. Pagar la cuenta de un restaurante. Comprar comida para ver el partido. Reservar una habitación. Y, después de un gol, volver a hacerlo.
El siguiente paso apunta hacia una experiencia todavía más personalizada. Aguilar explica que la tokenización permite que clubes y comercios reconozcan determinados patrones de consumo para ofrecer productos y experiencias específicas a sus aficionados.
El ejemplo es sencillo: saber que un aficionado compró una camiseta la temporada anterior, conocer su talla y avisarle cuando salga una nueva antes de que llegue al público general.
Es una idea que ya forma parte de la relación entre los aficionados y clubes como Bayern Múnich y Paris Saint-Germain.
La biometría aparece como otro posible paso en la evolución de los pagos, especialmente como herramienta para combatir el fraude, aunque todavía no existe una fecha concreta para su implementación.
Sobre eventuales inversiones futuras en equipos o estadios, Aguilar no adelanta movimientos. Pero quizá esa sea la parte menos visible de la transformación.
El Mundial dejó una lección que no aparece en el marcador ni en las estadísticas de asistencia. La expectativa económica se construyó alrededor de millones de turistas que finalmente no llegaron. Sin embargo, los aficionados que sí estuvieron —mexicanos y extranjeros— gastaron, compraron, comieron y bebieron de una manera distinta.
El futbol no siempre necesita millones de visitantes para mover la economía. A veces basta un partido. A veces, un gol.
Y en el instante exacto en que Ferran Torres marcó en el MetLife Stadium, mientras España celebraba su segunda estrella y un bar en Madrid pedía otra ronda, una gráfica volvió a demostrarlo: el balón cruzó la línea y, casi al mismo tiempo, el dinero comenzó a moverse.
Ese fue el otro Mundial. Uno que no se contó en millones de turistas, sino en miles de transacciones.
