El Mundial que llenó los estadios, pero vació las expectativas

Durante un mes, México fue el escaparate del futbol mundial. Los hoteles elevaron tarifas, los aeropuertos cambiaron sus rutas y miles de aficionados caminaron por Reforma, Monterrey y Guadalajara con la camiseta de su selección. Pero cuando el torneo terminó y llegó la hora de contar el dinero, la historia fue menos brillante que las postales: hubo menos turistas de los esperados, una ocupación hotelera que cayó en dos de las tres sedes y una derrama económica inferior a la proyectada.
El Mundial sí llenó los estadios, pero no todas las cajas registradoras. La ciudad volvió a respirar con normalidad mucho antes de que terminara julio. Las vallas desaparecieron del Ángel de la Independencia, los vendedores recogieron las últimas banderas y los hoteles volvieron a publicar tarifas parecidas a las de cualquier verano. Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad quedó una pregunta que las cifras todavía no responden del todo: ¿el Mundial realmente dejó el negocio que México esperaba?
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El reporte de Deloitte ofrece una respuesta menos triunfalista que la narrativa de las tribunas. México recibió 494 mil turistas, muy lejos de los 836 mil previstos antes del torneo. El impacto económico alcanzó 2,543 millones de dólares, equivalente apenas al 0.12% del PIB, por debajo de la estimación inicial, mientras que la generación de empleo temporal también quedó corta. La infraestructura cumplió prácticamente con lo proyectado; el consumo del visitante, no.
La explicación aparece una y otra vez entre las láminas del estudio y las voces de sus especialistas: dynamic pricing y crowding out. El Mundial terminó siendo un torneo de distintas velocidades económicas, donde los precios altos no necesariamente atrajeron más visitantes, sino que terminaron desplazando a muchos de ellos.
Hoteles: ganar más cobrando más
Las cicatrices del torneo todavía sobreviven en algunos hoteles de Paseo de la Reforma. Durante junio, las tarifas llegaron a duplicarse y muchos aficionados descubrieron que asistir a un partido significaba hacer cuentas antes de reservar una noche adicional.
La Ciudad de México terminó junio con una ocupación promedio de 56.5%, dos puntos porcentuales menos que un año antes, aunque la tarifa promedio aumentó 47%, hasta 147.5 dólares por habitación. El patrón fue evidente: el visitante llegaba, asistía al partido y abandonaba la ciudad apenas terminaba el encuentro. La estancia promedio apenas alcanzó 2.5 noches.
Guadalajara vivió un fenómeno parecido. La ocupación cayó seis puntos respecto a 2025, aunque los encuentros de mayor demanda elevaron momentáneamente la ocupación hasta 93%. El negocio volvió a sostenerse en el precio más que en el volumen.
Solo Monterrey rompió la tendencia. La capital regiomontana elevó su ocupación hasta 64.2%, 4.1 puntos por encima del año anterior, mientras la tarifa promedio creció 41%, alcanzando 150.5 dólares. Fue la única sede donde la demanda y el precio crecieron al mismo tiempo.
Daniel Zaga, Economista en Jefe de Deloitte Latin America, explica en entrevista con Sports Illustrated el resultado en una frase sencilla: "En promedio los hoteles terminaron ganando". Pero inmediatamente añade la duda que trasciende cualquier balance financiero.
"¿Qué percepción se lleva quien está experimentando ese servicio si el servicio ahora me cuesta el doble o el triple? Entonces la pregunta es: ¿voy a querer volver o no?"
La rentabilidad inmediata puede convertirse en un costo reputacional. El Mundial dejó ingresos extraordinarios, pero también el riesgo de que algunos visitantes recuerden más la factura que la experiencia.
Los cielos tampoco despegaron como se esperaba
Durante tres semanas los tableros de salida de los aeropuertos cambiaron de idioma y de destino. Sin embargo, el crecimiento no fue uniforme.
El AIFA incrementó su oferta internacional de asientos 30.4%, Monterrey creció 18.8% y Guadalajara 10.4%. En el extremo contrario apareció Cancún, con una caída de 14.5%. El dato más llamativo es nacional: pese a recibir una Copa del Mundo, la oferta internacional de asientos cayó 2.6%.
No se trata de una contradicción, sino del mismo fenómeno que afectó al hospedaje. Los boletos dinámicos convirtieron cada ciudad sede en un mercado distinto. Muchos aficionados comenzaron a comparar costos entre México, Estados Unidos y Canadá antes de decidir dónde asistir. Quien simplemente quería vivir un partido eligió la sede más barata. Muchos mexicanos radicados en Estados Unidos optaron por permanecer del otro lado de la frontera, donde vuelos, hospedaje y entradas resultaban más accesibles.
El Mundial no generó necesariamente más viajeros; redistribuyó a los que ya existían.
El consumo también aprendió rápido
Otro hallazgo del estudio aparece lejos de hoteles y aeropuertos. Deloitte utilizó un sistema de inteligencia artificial para seguir, mediante Google Trends, las señales de intención de compra antes de cada partido. El mayor pico apareció durante el encuentro inaugural de México. Después, las búsquedas relacionadas con alimentos, entregas a domicilio y compras comenzaron a estabilizarse.
Para Zaga, el consumidor simplemente dejó de buscar porque ya había definido su patrón de gasto.
Las empresas que reaccionaron con rapidez y combinaron canales físicos con servicios de entrega lograron mejores resultados, particularmente en retail. Gastronomía siguió como el sector con mayor derrama, aunque quedó por debajo de las expectativas originales.
El verdadero Mundial empieza ahora
Cuando el último visitante abandona el aeropuerto comienza el torneo más importante para cualquier destino turístico.
Teresa Solís, especialista en Hospitalidad y Desarrollo Turístico de Deloitte Latinoamérica, cree, en entrevista con Sports Illustrated, que el principal legado del Mundial no está en los estadios ni en las cifras de ocupación, sino en la experiencia que los visitantes se llevaron de México.
"México salió supercampeón en cuanto a cómo tratamos al turista... el nivel de apertura, de inclusión, el ver que mi casa es tu casa es efectivo".
Pero advierte que la hospitalidad, por sí sola, no genera desarrollo económico permanente.
El desafío consiste en transformar ese recuerdo en una segunda visita.
Su propuesta es sencilla en el papel y compleja en la ejecución: convertir una estancia promedio de 2.4 noches en una de cinco, impulsar el turismo de bleisure (combina los negocios y el ocio), distribuir mejor los grandes eventos por el territorio y aprovechar que quienes ya hicieron el viaje internacional descubran otros destinos además del estadio.
"¿Cómo logramos fidelizarlos y construir una relación más de largo plazo con estos viajeros?" Para Solís, el Mundial no terminó con la ceremonia de clausura. Apenas comenzó la tarea de convertir una buena experiencia en una industria más rentable.
Al final, la Copa del Mundo dejó una enseñanza que va más allá de los goles. Los estadios sí se llenaron. Las obras se construyeron. La hospitalidad mexicana volvió a recibir elogios.
Pero el verdadero legado no se medirá por la ocupación de una noche ni por el precio de una habitación.
Se medirá cuando ese aficionado que guardó una foto frente al Ángel de la Independencia decida volver a México, ya no por un Mundial, sino porque la experiencia valió más que la factura.
