Noventa y seis años después, la final vuelve a hablar español, esta vez bajo la lluvia

Los aficionados llegaron de mil formas distintas, pero todos coinciden en el mismo destino horas antes del silbatazo: Times Square.
Show de drones previo a la final en Nueva York
Show de drones previo a la final en Nueva York / David Ramos/Getty Images

A quince kilómetros del estadio, Manhattan despierta con otros colores. Times Square, uno de los centros turísticos más reconocibles del mundo, deja sus anuncios gigantes en segundo plano para convertirse en una plaza futbolera. Faltan horas para la final y la ciudad ya cambió de idioma, aunque el cielo no colabora.

Llueve desde temprano. Las camisetas albicelestes de Argentina y las rojas de España, ya empapadas, se cruzan entre los trajes de los ejecutivos, los paraguas de los turistas y el movimiento de una ciudad acostumbrada a vivir miles de historias al mismo tiempo. Este sábado, sin embargo, Nueva York tiene un idioma dominante: el español.

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La ciudad habitada por personas de casi todos los rincones del mundo contempla una escena que no se producía desde hace 96 años: dos selecciones hispanohablantes disputan una final de Copa del Mundo. La única anterior ocurrió en Montevideo, en 1930, cuando Uruguay venció 4-2 a Argentina en el primer partido por el título de la historia.

Desde entonces, nunca dos países cuyo idioma principal es el español volvieron a encontrarse en el último encuentro del torneo. El estadio Centenario quedó atrás. Ahora el escenario está en Nueva Jersey, dentro de una región que pretende convertir al futbol en una parte definitiva de su identidad deportiva.

Los aficionados llegaron de distintas formas. Algunos reservaron sus vuelos con meses de anticipación; otros condujeron durante días; muchos más ya vivían en Nueva York y solamente esperaron el momento de salir a la calle, paraguas en mano o resignados a mojarse. Todos coinciden en el mismo destino antes del silbatazo: Times Square.

Ahí se concentran las banderas que gotean, los cánticos que comienzan desde temprano y una fiesta que no necesita esperar a que se abran las puertas del estadio.

Entre los argentinos circula una frase repetida como consigna: “Estamos argentinizando Nueva York”. No parece una exageración. Durante los últimos días, la ciudad fue ocupada por una marea celeste y blanca: banderas colgadas en fachadas, canciones espontáneas en las esquinas y concentraciones que transformaron lugares emblemáticos en pequeñas extensiones de Buenos Aires.

Muchos no viajaron solamente por la final. Viajaron por Lionel Messi. La posibilidad de que esta sea su última Copa del Mundo convirtió el trayecto en una peregrinación. Para miles de aficionados, acompañarlo en esta última aventura mundialista representa despedir una época y observar por última vez en el torneo al futbolista que convirtió a una generación entera en seguidora de Argentina, incluso sin haber pisado nunca el país.

España llegó con un ritmo distinto, menos estridente, pero con una expectativa igual de profunda. En Madrid también se preparan plazas, pantallas gigantes, reuniones familiares y puntos de encuentro para seguir a una generación que puede convertirse en leyenda.

El equipo español carga con la posibilidad de abrir un nuevo ciclo. Lamine Yamal, Pedri y Pau Cubarsí encabezan una selección joven que compite con una naturalidad impropia de su edad. Argentina tiene la memoria reciente del título; España, una generación que busca construir la suya. Una quiere prolongar su reinado y la otra recuperar la cima.

La escena de Manhattan no apareció de la nada. Es consecuencia de una transformación que llevaba años en marcha. Nielsen contabilizó 62.5 millones de aficionados al futbol en Estados Unidos hasta 2025, una cifra cercana a los 65.2 millones de latinos registrados por el Censo estadounidense en 2023. En el conjunto de Norteamérica, la afición creció casi 11% en cinco años y alcanzó los 136 millones de seguidores entre México, Canadá y Estados Unidos.

Casi uno de cada cuatro aficionados comenzó a interesarse por el futbol durante el último lustro, impulsado por la cercanía del Mundial. The Economist ya había advertido el cambio: el futbol seguía detrás del futbol americano, el basquetbol y el beisbol en seguimiento general, pero 10% de los estadounidenses ya lo elegía como su deporte favorito, una proporción superior a la del beisbol.

El gasto en derechos de transmisión se cuadruplicó en una década y Estados Unidos se convirtió en el mercado extranjero más valioso para las cuatro principales ligas europeas. El panorama es distinto al de 1994, cuando el país organizó por última vez un Mundial masculino y su selección apenas reaparecía después de cuatro décadas sin disputar el torneo.

La televisión confirmó el crecimiento. El partido entre Estados Unidos y Bélgica en los octavos de final reunió a 30 millones de espectadores, la mayor audiencia para una transmisión de futbol en la historia del país. La fase de grupos promedió 5.1 millones por encuentro, 92% más que en Catar 2022.

Una encuesta de Gallup encontró que 40% de los adultos estadounidenses planeaba ver al menos una parte del torneo. Entre quienes ya se consideraban aficionados, la proporción aumentaba a 83%. El nuevo público tiene, en promedio, 33 años, ingresos superiores a la media nacional y, en tres de cada cuatro casos, pertenece a las generaciones millennial o Z.

Argentina llega a la final con 14 triunfos consecutivos en Copas del Mundo y busca su cuarta estrella. También pretende convertirse en la primera selección que revalida el título desde el Brasil de 1958 y 1962. España aparece con la mejor defensa del torneo, apenas un gol recibido, y una generación que no parece sentir el peso de la historia.

En medio de las dos selecciones está Messi, el futbolista que debutó en un Mundial como adolescente en Alemania 2006 y que ahora camina hacia otra final. Quizá sea su último partido en el torneo. Quizá la última página de una historia que comenzó hace dos décadas.

La lluvia no cede y Times Square recibe cada vez a más personas. Las banderas mojadas ondean en las esquinas y los cánticos ya no esperan permiso. Argentina canta bajo el agua, España responde y Nueva York observa.

Noventa y seis años después de aquella final en Montevideo, el Mundial vuelve a tener una definición en español. Esta vez la historia no se escribe solamente dentro del estadio, sino también en las calles empapadas, en los trenes y en cada aficionado que cruzó un continente para estar aquí.

Antes de que exista un campeón, una ciudad entera espera bajo la lluvia para convertirse, por una noche, en la capital del futbol.

Fiesta albiceleste en Times Square

La afición argentina sí pudo festejar en Times Square por la tarde-noche. El público de la selección sudamericana ha puesto la fiesta en la Gran Manzana.

En Nueva York se habla español. Y es gracias al futbol. Es gracias a la gran final de la Copa del Mundo.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.