El tercer paso hacia la historia: el Tri firma una fase de grupos perfecta tras vencer a Chequia

La noche que comenzó con silbidos terminó con aplausos. La que parecía destinada a la frustración acabó convertida en una celebración del presente y, sobre todo, del futuro. El Tri derrotó 3-0 a Chequia en el Estadio Azteca y escribió una página inédita en su historia mundialista.
Tres triunfos en tres partidos, portería invicta durante toda la primera ronda y un boleto a los dieciseisavos de final acompañado por una sensación que hace tiempo no se respiraba alrededor de la Selección Mexicana: ilusión.
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El Estadio Azteca no estaba satisfecho. No después de dos victorias, no después de una diferencia de goles de 13-2 en el torneo disputado en casa en los Mundiales, no después de cinco partidos consecutivos sin recibir gol en territorio mexicano. El coloso quería más. Quería una noche que lo acercara a la historia.
Y durante 45 minutos pareció que México caminaba en dirección contraria. Los abucheos comenzaron temprano. Cada vez que Chequia tocaba el balón, el ruido bajaba desde las tribunas. Pero cuando la pelota cambiaba de dueño, el estadio respondía con un rugido colectivo: “¡México! ¡México!”. Era una exigencia disfrazada de apoyo.
Javier Aguirre había prometido un equipo que dejaría todo en la cancha y, durante el arranque, eso se notó más en la intención que en el futbol. México apretaba, corría y disputaba cada balón, pero era incapaz de encontrar caminos hacia el arco rival.
Los europeos parecían más peligrosos. Denis Visinsky avisó apenas al minuto 7 con un disparo dentro del área. Más tarde llegaron otros intentos checos. Cuatro remates en apenas un cuarto de hora reflejaban lo que sucedía sobre el césped. El Tri esperaba en un bloque 4-4-2, con César Montes imponiéndose por arriba y Raúl Rangel ordenando desde el fondo, pero la pelota tardaba demasiado en llegar a los hombres de ataque.
La noche pertenecía a los defensores. Mientras el equipo buscaba respuestas, Raúl Rangel escribía su propia historia. Once partidos consecutivos como titular en este 2026, lo que provocó que Memo Ochoa tuviera que esperar. Cada minuto sin recibir gol acercaba a México a otra marca histórica de solidez defensiva en una Copa del Mundo.
Pero adelante faltaba imaginación. Ni Julián Quiñones encontraba espacios ni Gilberto Mora podía aparecer entre líneas. El chico de 17 años y 253 días, convertido en el titular más joven en la historia de México en un Mundial, intentaba acelerar cada jugada como si el tiempo corriera más rápido para él.
El Azteca se impacientó. Los silbidos aparecieron desde algunos sectores. El equipo tocaba y tocaba, pero sin profundidad. Entonces, como si las tribunas comprendieran que la crítica ya no ayudaba, surgió nuevamente el canto. Miles de voces empujando a once futbolistas que parecían atrapados en un partido incómodo.
Israel Reyes intentó una chilena. Jorge Sánchez sacó un disparo lejano. Roberto “Piojo” Alvarado desperdició una oportunidad franca. Quiñones cerró la primera mitad con otro intento desviado. Y llegaron los abucheos.
El 0-0 al descanso recordó por momentos lo ocurrido días antes en Guadalajara. México dominaba las estadísticas del torneo, pero no el ánimo de su gente.
Entonces ocurrió algo inesperado. Mientras los jugadores regresaban de los vestidores, comenzó a sonar Mi Mayor Anhelo. Poco a poco las gradas se sumaron. Después otra sección. Luego otra más. El Azteca entero terminó cantando a una sola voz.
Era una pausa extraña. Un recordatorio de que el futbol también se juega desde las emociones. Y México pareció escucharlo.
Aguirre ajustó la presión para el segundo tiempo. El equipo adelantó líneas y comenzó a recuperar la pelota más arriba. Ya no esperaba. Ahora perseguía.
Al minuto 51 llegó una señal. Luis Romo recibió un pase filtrado dentro del área. Eligió centrar en lugar de disparar y la jugada se perdió. Pero algo había cambiado. Cuatro minutos después apareció el futuro.
Chequia atacaba. México resistió. Al minuto 55, después de una recuperación mexicana y una salida rápida desde campo propio, Chávez recibió el balón con espacio por delante. Era su debut mundialista. El tipo de momento que suele acelerar las pulsaciones y traicionar las piernas.
Como si llevara años jugando estos partidos, el joven definió con una serenidad impropia para alguien que apenas estrenaba su historia mundialista. El Azteca explotó. El muchacho que apenas comenzaba su camino acababa de colocar a México a un paso de algo que nunca había conseguido: ganar sus tres partidos de una misma fase de grupos.
El gol liberó a todos. A los jugadores. Al técnico. Y a las tribunas.
Seis minutos después apareció otra de las joyas de esta generación renovada. Gilberto Mora condujo con calma desde la media cancha, levantó la cabeza y esperó el momento exacto. Encontró a Jorge Sánchez por la banda. El choque con el arquero dejó la pelota viva y Julián Quiñones apareció donde viven los goleadores para empujar el segundo.
Dos a cero. Partido resuelto. Historia al alcance.
Los cambios llegaron entre aplausos. Guillermo Martínez salió y recibió una ovación en una noche especial al dejar su lugar a Santiago Gimenez. Mateo Chávez y Memo Ochoa se convirtieron en los debutantes número 14 y 15 de este proceso mundialista, símbolo de la profunda renovación que impulsó Aguirre. Todos los jugadores de campo convocados ya habían visto acción. Solo faltaban los porteros Memo Ochoa y Carlos Acevedo, quienes permanecían sin minutos.
La imagen decía mucho del proyecto. México no solo ganaba, sino que estaba construyendo su legado y escribía páginas doradas.
Ya había dejado atrás la victoria en el partido inaugural, sumó su sexto triunfo como local tras los Mundiales de 1970, 1986 y 2026. El Tri también ha mantenido su portería en cero en cada uno de sus últimos seis partidos mundialistas disputados en territorio mexicano. Y además logró su sexta fase de grupos invicto en su historia, pero ahora con tres victorias. Las otras cinco ocasiones fueron en 1970, 1986, 1998, 2002 y 2014.
Al minuto 77 llegó uno de los momentos más emotivos de la noche. Desde las tribunas comenzó a escucharse un grito que poco a poco se convirtió en un clamor colectivo: “¡Memo, Memo, Memo!”. Javier Aguirre miró hacia la banca y tomó una decisión cargada de simbolismo.
Guillermo Ochoa se levantó, se quitó el peto y caminó hacia la línea de cambio mientras el Estadio Azteca se ponía de pie para rendir homenaje a uno de los grandes nombres en la historia de la Selección Mexicana. El arquero ingresó entre aplausos, abrazó a Raúl Rangel y volvió a pisar una cancha mundialista en casa, cerrando el círculo de una carrera que comenzó cuando muchos de los jóvenes que hoy comparten vestidor apenas daban sus primeros pasos. Sumó su cuarto Mundial en la cancha, el sexto de su carrera. No fue un cambio táctico; fue un reconocimiento. Una postal para la memoria de un Mundial que también le pertenece a Guillermo Ochoa, quien, al terminar el encuentro, se arrodilló en su área, rezó y sus compañeros, al ver la imagen, lo acompañaron para abrazarlo y después hacerle un círculo y tirarlo por los aires.
Antes, llegó el tercer gol al minuto 94, tras un disparo de Álvaro Fidalgo, quien entró por Gilberto Mora. El Tri cerró invicto una fase de grupos por sexta ocasión en su historia, se convirtió en la primera selección de Concacaf en alcanzar 20 victorias mundialistas y extendió una racha que ya lo tiene con seis triunfos y dos empates en sus últimos ocho partidos de Copa del Mundo disputados como local**, además de terminar** con 16 goles a favor y 2 en contra en el Estadio Azteca en Mundiales.
Pero más allá de los números, quedará otra sensación. La de un equipo que soportó la impaciencia de su gente, escuchó los silbidos, respondió con futbol y encontró en dos jóvenes debutantes parte de las respuestas para seguir soñando.
Porque las grandes historias no siempre empiezan con aplausos. A veces comienzan entre abucheos y terminan con un estadio entero cantando.
