De una aldea de KwaZulu-Natal al Azteca: Mbokazi y la presión de ser visitante donde Sudáfrica fue local antes

Tenía cuatro años cuando ocurrió. Hluhluwe, KwaZulu-Natal, una localidad en el noreste de Sudáfrica donde los elefantes y los rinocerontes viven más cerca que cualquier estadio de futbol. En algún lugar de ese pueblo, un niño que todavía no entendía bien el juego escuchó a los adultos hablar de un gol. De uno espectacular, decían. De cómo la gente estaba feliz en casa. Era el 11 de junio de 2010 y Siphiwe Tshabalala acababa de marcar en el partido inaugural del primer Mundial celebrado en suelo africano. Bafana Bafana contra México. Sudáfrica en casa, ante el mundo.
Mbekezeli Mfanufikile Mbokazi no vio ese partido. Lo vivió como se viven las cosas que suceden cuando uno es demasiado pequeño para comprenderlas: como una historia que otros cuentan, como imágenes vistas después en videos, como una memoria prestada que sin embargo se siente propia.
Dieciséis años más tarde, ese mismo niño estará en el Estadio Azteca. No en la tribuna. En la cancha. A la espera de la lista oficial de su selección.
El Azteca tiene capacidad para 87,000 personas. Hluhluwe tiene 20,000 habitantes. Mbokazi nació ahí, lo crió su abuela, aprendió a jugar en Makhasa FC y en la Academia Langalibalele antes de llegar a las fuerzas básicas de Orlando Pirates, uno de los equipos más populares de Sudáfrica. Nadie en ese pueblo habría trazado una línea recta entre ese origen y este destino. Pero la línea existe y el 11 de junio de 2026 será visible para todo el mundo.
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Lo que nadie le contó de ese destino es lo que viene con él: 87,000 voces no van a gritar su nombre. Al contrario, lo van a presionar y apoyaran al Tricolor mexicano para lograr la victoria. "México juega en casa y tiene todo a su favor", dice Mbokazi en entrevista con Sports Illustrated. "Nosotros estaremos de visitantes y tendremos pocos aficionados apoyándonos, mientras que México tendrá muchísimos".
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No lo dice con miedo. Lo dice con la precisión de alguien que ha pasado años aprendiendo a leer el terreno antes de pisar el césped. A los 19 años, Mbokazi ya capitaneó el equipo reserva de Orlando Pirates, debutó con la selección mayor, fue elegido el mejor jugador en un partido de eliminatoria mundialista contra Nigeria. Ya sabe que nombrar la presión no es rendirse ante ella. Es el primer paso para administrarla. Además de que ya salió de su país para jugar en la MLS con Chicago.
Lo que pasó 2010 es el dato que más pesa. Entonces, Sudáfrica recibía. Ahora, visita. Aquel fue un empate. Ahora la cancha será la misma en términos reglamentarios y radicalmente distinta en términos emocionales. Mbokazi lo entiende sin necesidad de que nadie se lo explique.
"En 2010 Sudáfrica estaba en casa y México sintió esa presión. Ahora las cosas han cambiado y seremos nosotros quienes sentiremos la presión porque la mayoría de la afición apoyará a México. Esa es la principal diferencia. Nosotros seremos los visitantes", explica Mbokazi en su idioma natal.
La frase es corta. Es casi un diagnóstico. Y lo que sigue no es una queja sino una declaración de intenciones: "Lo que nos ayudará será enfocarnos y hacer nuestro trabajo. No creo que haya algo que nos haga fracasar si trabajamos unidos como Sudáfrica y estamos comprometidos con lo que hacemos".
Es el idioma del colectivo. Los africanos, dice Mbokazi, no aceptamos perder fácilmente. Y lo que fortalece al equipo, insiste, no es el talento individual sino el espíritu compartido. Es una convicción que suena antigua, casi tribal en el mejor sentido y que en su caso tiene el respaldo de quien ya la ha puesto a prueba en condiciones adversas.
Como defensa central, su trabajo en el Azteca tendrá un nombre y un apellido. Posiblemente dos. Raúl Jiménez, 35 años, veterano de Premier League y ahora jugador del Fulham, un hombre que no ha marcado en Mundiales y busca hacerlo tras tres Copas del Mundo (2014, 2018 y 2022). Apenas ha acumulado 116 minutos en ellos, su participación ha sido poca. Ahora llega como uno de los referentes.
El otro es Santiago Giménez, 25 años, goleador del Milan, el delantero más peligroso que ha producido México en años. Pero en Qatar, Gerardo Martino prefirió no llevarlo y ahora será su debut, si Javier Aguirre lo deja en la lista final de 26 hombres. Dos perfiles distintos, la misma amenaza.
"Será difícil", admite Mbokazi. Y luego agrega algo que define su forma de entender la posición: "Como defensor, haré todo lo posible para no fallar y no permitir que ningún jugador pase sobre mí y llegue hasta mi portero. No queremos perder por culpa de la defensa. No puede pasar".
Tiene 1.78 metros. No es el central más alto del torneo. Pero su pie izquierdo construye desde atrás con una precisión que desconcierta a quienes lo enfrentan por primera vez y su lectura anticipatoria compensa lo que no gana en centímetros. En septiembre de 2025, frente a Nigeria, mostró que puede sostener esa compostura bajo presión real, en un partido que Sudáfrica no podía perder.
El Azteca será otra cosa. Pero Mbokazi lleva tiempo preparándose para que no lo sea. "En mi idioma decimos que, si quieres tener éxito, al principio no será fácil. Tienes que esforzarte mucho".
No especifica el idioma. Es zulú, la lengua de KwaZulu-Natal, la provincia donde nació, donde aprendió a jugar, donde alguien le contó de un gol espectacular que él no vio. Un gol que su selección marcó en casa, ante el mundo, en un Mundial que cambió la forma en que África se miraba a sí misma.
Ahora le toca a él. Sin la ventaja de la localía. Sin los 84 mil apoyándolo en el Soccer City de Johannesburgo. Con toda la presión encima y la responsabilidad de demostrar que el futbol sudafricano tiene algo nuevo que decir.
"Representar a tu país no es algo sencillo", comenta. "Es una responsabilidad muy pesada. Pero si te dan la oportunidad y te dicen que mereces estar ahí, entonces tienes que trabajar duro y cumplir con la tarea que se te asigna".
Mbekezeli Mbokazi espera la lista final de Sudáfrica, para estar ahí. Pero ya se imagina el 11 de junio de 2026, en el estadio más grande del mundo, para demostrarlo.
