REVISTA | Las libretas de Efraín Juárez

Antes de tomar decisiones desde la banda, Efraín Juárez aprendió a hacerlo en silencio. En libretas que llenó durante años, donde el futbol dejó de ser intuición. La historia del estratega de los felinos comenzó en los márgenes de una libreta, a los 17 años.
Efraín guarda veinte libretas, ahí escribe ideas o cómo un entrenador sacó adelante al equipo. Diferentes contextos para avanzar.
Efraín guarda veinte libretas, ahí escribe ideas o cómo un entrenador sacó adelante al equipo. Diferentes contextos para avanzar. / Edmundo Méndez

Hay carreras que se explican con estadísticas. Goles marcados. Campeonatos ganados. Equipos dirigidos. La de Efraín Juárez no cabe en esas categorías. La suya se entiende mejor en los márgenes, en los espacios donde nadie mira: en los túneles antes de salir a la cancha, en los aeropuertos a medianoche, en las páginas gastadas de más de veinte libretas donde un futbolista decidió, desde muy joven, que su historia no iba a terminar cuando dejara de jugar. Que apenas iba a comenzar.

Empieza, como comienzan muchas historias en México, en una cancha de Pumas. Un adolescente que crece bajo la exigencia silenciosa en Ciudad Universitaria, donde el talento nunca es suficiente si no viene acompañado de carácter, obsesión y algo más difícil de definir: la capacidad de ver lo invisible. De hacer preguntas mientras otros solo ejecutaban órdenes.

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"Yo ya veía el futbol diferente", dice sentado en la cancha de Cantera, donde todos los días toma el silbato para entrenar junto a su equipo de primera división, los Pumas de la UNAM, en una conversación donde su voz toma el tono del que revela un secreto guardado durante décadas. "No solo jugaba, me preguntaba por qué hacíamos cada cosa", sostiene para Sports Illustrated.

No era normal. No a los 17. No en un entorno donde lo urgente es competir, no analizar. Pero Juárez ya empezaba a escribir.

LAS LIBRETAS: UN ARCHIVO PARALELO

Hay una imagen que explica a Efraín Juárez mejor que cualquier estadística: no es un gol, no es un trofeo, no es una celebración. Es una libreta.

Papel gastado. Esquinas dobladas. Tinta acumulada durante años en vestidores, aviones, hoteles. Una libreta que no fue escrita por un entrenador, sino por un futbolista que todavía no tenía permiso de serlo.

“Cada año compraba una. Era como una necesidad, como si supiera que lo iba a usar después”, comparte Efraín, con voz tenue, como quien comparte su confidencia. Cada temporada, una libreta nueva. Sin excepción. Sin falta. Sin que nadie le pidiera que lo hiciera. No eran diarios emocionales donde procesaba lo que sentía después de perder un partido. No eran notas técnicas donde anotaba sus propias actuaciones. Eran algo completamente distinto: documentos de trabajo donde alguien decidió, conscientemente, que quería ser entrenador incluso antes de dejar de ser futbolista.

"Veía un entrenamiento que me gustaba y lo apuntaba. Veía algo que no me gustaba, también lo apuntaba. Porque yo decía: esto no lo voy a hacer nunca cuando me toque". Esa frase—cuando me toque—no era especulativa. No era un "si" esperanzado. Era una certeza. Había decidido, a los diecisiete años, que sería entrenador algún día. Y dedicó cada temporada a prepararse en silencio para ese momento.

“Siempre quise ser entrenador. Toda mi vida. Desde que debuté en los Pumas hasta que me retiré, siempre”, sostiene con una sonrisa tímida.

En esas libretas estaban todos. Ricardo Ferretti, cuya exigencia brutal lo convirtió en protagonista. Javier Aguirre, el hombre que le enseñaría que la fe podía cambiar realidades. Mohamed, Vucetich, Miguel Herrera, el Chepo de la Torre, el profe Cruz. Técnicos distintos, filosofías opuestas, pero todos convertidos en materia prima. Frases que lo tocaron, ejercicios que funcionaban, decisiones en momentos límite que lo dejaban sin respiración. "Me obsesionaban los momentos difíciles", explica. "Cuando íbamos perdiendo 2-0 en el medio tiempo... ¿Qué decía el técnico? ¿Cómo miraba a los jugadores? ¿Qué palabras usaba? Eso era oro para mí".

Mientras el resto del vestidor se duchaba, él escribía. Mientras otros desconectaban después de los entrenamientos, Juárez editaba mentalmente lo que acababa de vivir. Sin decirlo en voz alta a nadie, ya se estaba formando como entrenador. Ya estaba compilando su propio manual de liderazgo, escrito en las márgenes de su vida como jugador.

Cuándo terminaría su carrera como futbolista, no sería un vacío. Sería una puerta. Las libretas le dirían exactamente por dónde entrar.

Hoy tiene más de veinte libretas. Cada una es un capítulo de alguien que ya sabía cómo terminaría. Y simplemente, pacientemente, estaba construyendo el camino hacia ahí.

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EL CAMPEÓN QUE DESCUBRIÓ LA INSUFICIENCIA

Hay una categoría aparte en la formación de Efraín Juárez como futbolista y como hombre, es la Selección Nacional. No solo porque acumuló 39 partidos internacionales, sino porque la selección fue el lugar donde las lecciones se aprendieron con una intensidad que los clubes no pueden replicar.

Todo empezó en Perú 2005 con el Mundial Sub-17. Jesús "Chucho" Ramírez era el técnico y Juárez habla de él con una reverencia particular porque fue el primero en mostrarle que el convencimiento puede hacer cosas que el talento solo no logra.

"Chucho nos convenció de creer. Nos convenció de tirarte al piso en mitad del campo, visualizar y decir: mañana vamos a hacer un gran partido”, relata con convencimiento. “Lo hacía con convicción. Y le creíamos. Y cuando obtuvimos el campeonato Sub-17, si te das cuenta, hay euforia pero no es como si hubiéramos hecho una hazaña. Porque nosotros en nuestra cabeza era: es que para eso trabajamos. Ya lo teníamos visualizado dos años atrás".

Ser campeón del mundo Sub-17 debería haber sido un punto de llegada. Una certeza. Un cierre. Para Efraín Juárez fue apenas una plataforma inestable que lo lanzó a territorios donde la victoria anterior no significaba nada. Juárez tenía diecisiete años y el mundo a sus pies. El FC Barcelona abrió la puerta. Él entró sin saber que esa puerta daba a un callejón.

Rechazó un contrato de Primera División. Hugo Sánchez, entonces técnico de Pumas, le ofreció el mundo. Juárez dijo que no. Se iba a la Masía. Se iba a convertir en un jugador del Barcelona. Lo creía con la convicción absoluta que solo los diecisiete años poseen. Lo que encontró en Barcelona era algo completamente diferente de lo que había imaginado.

Barcelona. La Masía. El sueño de cualquier futbolista joven. El gran detalle que nadie le había explicado: su año natural de mayoría de edad le impedía jugar en el segundo equipo del Barça. Y el primer equipo ya tenía sus cupos de extranjeros llenos. Pasó meses en La Masía entrenando con Sergio Busquets, Thiago Alcántara, Bojan, Rafinha y Messi —recién debutado en el primer equipo—, pero sin competir un solo minuto oficial. 

“Yo pensaba que sabía jugar futbol… Y no sabía jugar futbol”. La lección llegó desde el primer día, en un campo de cemento que le echaban agua antes de cada sesión: estar en el lugar correcto no es suficiente si no tienes los minutos que te mantengan vivo.

"Técnicamente me había costado mucho. El ritmo de juego me había costado mucho. El balón iba más rápido, el pensamiento iba más rápido… Yo siempre llegaba tarde”, cuenta con sufrimiento, como si aquel recuerdo todavía le pesara. 

La frase no suena a derrota, suena a descubrimiento. En Sant Joan Despí, cada control era una prueba, cada pase una decisión sin margen de error. El balón iba más rápido que él. El juego también. “Seis o siete meses en los que no podía ni controlar bien… sentía que no pertenecía”.

Ahí no había libretas todavía. Solo frustración. Solo repetición. Solo un joven que se quedaba después del entrenamiento golpeando el balón contra una pared, una y otra vez, como si en ese sonido encontrara respuestas.

“A campo abierto la tienes que meter entre líneas. Me costó como seis, siete meses acostumbrarme. Y en las caminatas al entrenamiento se reían de mí. Me decían: ‘el mexicano no puede controlar una pelota. El mexicano no puede dar un pase fuerte’. Entonces me picaba y entrenaba en las tardes, en las mañanas iba a la pared: cuatrocientas repeticiones, ta-ta-ta, toda la mañana. Porque si yo no mejoraba en el pase y el control, que para el Barça es la Biblia, no había manera", relata con melancolía. 

“Ahí entendí que todo es control y pase. Si no dominas eso, no puedes jugar”. Esa idea —simple, casi brutal— fue el primer trazo de algo más grande. No lo sabía entonces, pero estaba empezando a escribir su primera lección como entrenador: la diferencia entre entrenar en la presencia de la grandeza y ser realmente grande. 

Entrenó con jugadores que se convertirían en pilares del Barcelona de Guardiola. Observó la filosofía de Johan Cruyff de especialización, de crear un modelo de juego unificado desde el nivel Sub-9 hasta el primer equipo. Entendió, quizá por primera vez, la perfección aterradora de una máquina de futbol bien construida.

Pero también descubrió algo más: el modelo de Barcelona, para toda su brillantez, estaba diseñado para producir jugadores del Barcelona, no futbolistas bien formados. "Es un sistema muy egoísta", observa Juárez con la claridad que viene de haberlo vivido. "No preparan jugadores para el mundo exterior. Preparan jugadores para el Barcelona. ¿Cuántos graduados de la cantera del Barcelona han salido y realmente triunfado en otro lado? Muy pocos. El Real Madrid es diferente—preparan individualidades—. Barcelona se prepara para un modelo. Y si no encajas perfectamente en ese modelo cuando te vas, estás perdido".

Después de meses de observar, de aprender y apenas jugar, Juárez tomó una decisión que reveló algo esencial sobre su carácter: estaba dispuesto a retroceder para avanzar. Pidió salir del Barcelona. Pidió ir a Barbate, un modesto club de tercera división donde pudiera realmente jugar. El objetivo era estar en el equipo sub20 de México en el Mundial. Este no era el brillante recorrido de carrera de un prodigio destinado a Barcelona. Era desesperación disfrazada de pragmatismo. Era supervivencia.

Cuando Chucho Ramírez asumió la dirección de la Selección Mexicana Sub-20, sabía que necesitaba a los campeones de Perú. Pero también sabía que Efraín necesitaba jugar. En la Copa Mundial Sub-20 de 2007 en Canadá, Efraín llegó con experiencia de verdad. México cayó en cuartos de final contra Argentina, que fue campeona, pero él ya había tocado el futbol real.

El tiempo en Europa terminó. Y su camino era el mismo de unos meses atrás: regresar a Cantera. "Para mí fue un fracaso", reconoce sin rodeos. "Lloraba en el avión de regreso. No quería regresar", relata tras lo aprendido.

"Me enseñó algo que aún llevo conmigo como entrenador: no hay vergüenza en ser honesto sobre dónde estás. Yo no estaba listo para Barcelona. Era bueno, pero no lo suficientemente bueno para Barcelona". Esa experiencia lo llevó a una decisión crucial: desvincularse del Barcelona y regresar a México. No sería la primera vez que eligiera volver a casa.

VOLVER A SER MEXICANO

Cuando Juárez regresó a México desde Barcelona, llevaba consigo el peso del fracaso percibido. Había sido campeón del mundo a los diecisiete. Había entrenado en la mejor cantera del mundo. Y ahora, a los diecinueve, estaba de vuelta en casa. Para muchos, se veía como un colapso. Para Juárez, fue una educación.

Se unió a Pumas, el club que lo había desarrollado desde la infancia y se encontró bajo la dirección de Ricardo Ferretti, uno de los entrenadores más exigentes en la historia del futbol mexicano. Ferretti vio algo en Juárez que el jugador mismo había dejado de creer: potencial que había sido refinado, no destruido, por la experiencia de Barcelona. "Tuca no me mimó", recuerda Juárez. "Demandaba todo. Dijo: 'Has estado en Europa, conoces la intensidad. Voy a hacerte aún mejor.' Y lo hizo".

En el Clausura 2009, Juárez se convirtió en parte de un equipo de Pumas que ganó el campeonato mexicano. Jugó los diecisiete partidos de la fase regular. Fue parte de una final contra Pachuca donde Pumas prevaleció. Esta no era la gloria que había imaginado a los diecisiete. Era mejor, porque era ganada, porque era real, porque era mexicana. Y era su primer sabor de algo que definiría el resto de su vida: ganar.

"Gané siete títulos como jugador", sentencia Juárez. "Uno con Pumas, dos con Monterrey en la liga, una Copa, luego trofeos en Europa, en Canadá, en varios lugares. ¿Pero primero en Pumas? Ese es el que pienso cuando estoy luchando como entrenador. Porque me enseñó que ganar no tiene que ser glamoroso. Solo tiene que ser real”.

Luego llegó la revancha e irse nuevamente a Europa. El Celtic de Escocia fue una respuesta, ahí brilló las primeras semanas—anotó en Champions League, en Europa League, en la liga—.  “Venía de ser campeón del mundo. Venía del fracaso, según ya estaba curado de España. Campeón con mi club. Campeón de Copa de Oro. Mundialista. Mundialista titular. Y voy al Celtic y digo: ‘Puta, es un gran club’. Me lo va a comer a pedazos”, sostiene. Y al principio así fue. Hasta llegó una oferta del Arsenal tras jugar un torneo en Londres, donde Arsen Wenger lo ve y lo pide para llevárselo.

“No era un goleador, era al contrario. Era defensa, no hacía goles. Ahí es, soy ‘Juan Camané’, me voy a comer esta liga”, dice con una sonrisa pícara. “Otra vez la inexperiencia, ¿qué pasa? Me la creo. Y dejo de hacer cosas. Dejo de trabajar. Dejo de entrenar bien. Me da igual. Me empiezo a comer la cabeza, empiezo a pensar en qué coche me voy a comprar. Con qué escocesa voy a salir hoy ¿A qué fiesta voy a ir? ¿Qué voy a cenar? Y entonces te empieza a ir la cabeza. Golpe más fuerte. Termino sin jugar”.

Llegó la distracción del éxito. La ilusión de que era invencible. Y el futbol escocés lo castigó con la frialdad de quien no perdona distracciones. Dejó de jugar. No fue convocado. El año terminó en silencio. En Escocia, tras un inicio prometedor, algo se rompió. No en el juego, sino en la forma de vivirlo. “Me confié. Pensé que ya estaba hecho”. El castigo fue inmediato: de titular a no convocado. 

Después vino el Real Zaragoza. Con Javier Aguirre. Y ahí, el golpe fue más profundo. Sin pretemporada. Sin ritmo. Sin margen. La liga española. El momento donde todo converge: la juventud, la confianza, la falta de preparación. "Llegué sin pretemporada," recuerda. "Pensé que con talento iba a competir y me equivoqué completamente". 

La escena es cruda porque la vive sin filtros. "La gente no perdona. Y tienen razón. Yo no estaba preparado". No hay victimismo en su narrativa. Hay diagnóstico. Hay análisis de un error que se convierte en método. "Fui irresponsable. Tenía tres semanas para prepararme y me fui a Los Cabos en un yate con mi novia. Muy irresponsable".

Silbidos en cada toque. Una ciudad que no sabía quién era. Una liga que no le importaba de dónde venía. Solo importaba si podía jugar y en ese momento, no podía. “Me exhibieron. Y lo peor es que tenían razón”. Las críticas, el entorno hostil, la sensación de no estar a la altura. Todo lo que un futbolista intenta evitar. Pero también, todo lo que lo obliga a crecer.

“Ahí entendí que no era el sistema, no era el técnico, era yo. Yo no estaba preparado”. Esa frase, años después, se convertiría en una de las bases de su discurso como entrenador. No como teoría. Como supervivencia. 

"El análisis fue claro: fui irresponsable. La evaluación fue: ¿por qué lo hice? Porque no creía que el nivel fuera tan diferente. La mejora: eso no me volverá a pasar nunca". Estas no son palabras bonitas. Son cicatrices. Son la prueba de que alguien pasó por el fuego y salió convertido en herramienta.

Años después, cuando fuera entrenador, usaría esta historia—sin suavizar nada—como la lección central para sus jugadores. Aquí es donde entienden que el liderazgo no se construye con éxito. Se construye con fracturas que aprendieron a sanar de forma productiva.

EL TÚNEL: DONDE NACE LA FE

Si hay un lugar donde las historias se abren en dos—un antes y un después—para Efraín Juárez ese lugar es el túnel del Estadio Azteca el 12 de agosto de 2009. Estadio Azteca. México vs Estados Unidos. Eliminatoria Mundialista. Un partido de importancia, pero no es lo más importante de esta escena. Lo más importante es lo que sucede en los veinte minutos antes de que salga a la cancha.

Juárez tiene veintiún años. Una carrera que está fragmentada. Barcelona no funcionó. Celtic comenzó brillante y terminó en sombra. Europa lo vio, no lo creyó completamente, o creyó pero no lo mantuvieron. Así llega a México: joven, talentoso, pero con la confianza tocada. Con preguntas donde debería tener respuestas.

En ese túnel, Javier Aguirre definía la alineación. Hay jugadores con experiencia en Mundiales. Hay futbolistas que vienen de Europa con credenciales. Y está Juárez, quien sabe que probablemente no esté en los once iniciales. "Para mí fue todo," recuerda. "Yo no me sentía listo, pero él sí me veía listo". Aguirre no hace discurso. Solo le dice: vas a jugar.

En el minuto quince, Juárez comete un error. Un gran error. Le ganan la espalda, es gol, 1-0 para Estados Unidos. Es el tipo de error que define carreras. Es el momento donde un técnico puede demostrar confianza o miedo. Aguirre demuestra confianza. No lo saca. No le grita desde el banquillo. Lo deja ahí, como si dijera algo sin palabras: creo en ti sin importar qué. Creo en ti ahora mismo, en tu peor momento.

"El gol de Estados Unidos es por mi culpa… En el partido decía: me va a sacar al cuarenta y cinco. Me va a cambiar. Cayó el uno a uno de Israel Castro, y yo: chao, me va a cambiar. ¡No! El tipo confió en mí. Chamaquito, veintiún años, jugándose la vida. Y a la postre es el desborde, el pase a Sabá y el gol del dos a uno", relata Juárez con emoción.

México gana 2-1. Juárez juega todos los minutos. Y entonces, después del partido, en el túnel otra vez—ese lugar donde el futbol se vuelve íntimo—Javier Aguirre lo espera. Lo abraza. Y le dice una frase: "Siempre confíe en ti, cabrón".

Juárez no solo la recuerda. La vive cada día desde entonces. Esa frase termina en una libreta. Subrayada. Repetida. Convertida no en nostalgia sino en principio operativo. Años después, cuando sea entrenador, cuando tenga que decidir si mantiene a un jugador en la cancha después de un error o lo saca del campo, elegirá la versión de Aguirre. La versión que cree. Porque entiende algo que solo puede aprenderse en un túnel, en un momento de exposición total: que el liderazgo no es táctica. Es fe transmitida en el momento más oscuro.

"Cuando alguien confía en ti en ese momento", dice en entrevista, "puedes hacer maravillas". No es una frase bonita para una conferencia. Es el evangelio de su método. Porque entiende que el verdadero trabajo de un entrenador no es explicar formaciones. Es sostener a las personas cuando dudan si pueden.

Ese partido en el Azteca no cambió su carrera como futbolista. Lo cambió como hombre. Y años después, cuando Juárez sea el que está en el banquillo, será Aguirre quien lo guíe desde la memoria. Será el abrazo en el túnel lo que le diga cómo comportarse en los momentos donde todo pende de un hilo de confianza.

Lo que ocurrió en el túnel del Estadio Azteca al final de ese partido es, quizás, el momento más formativo de toda su carrera. No porque ganaran —aunque ganaron— sino por lo que Javier Aguirre le transmitió en cuatro palabras. "Javier no era un tipo tan expresivo con el jugador individualmente. Es lo que me cambia la vida".

DOS CARRERAS, UNA SOLA ARQUITECTURA

Durante años, Efraín Juárez fue dos cosas simultáneamente. No de forma esquizofrénica. De forma propositiva. Era el jugador que todos veían en las canchas. Y era el entrenador que nadie sabía que se estaba formando en silencio. En hoteles en Europa. En cafés de ciudades donde pasaba de mochila. En concentraciones largas donde sus compañeros dormían y él escribía.

"Yo ya sabía que quería ser entrenador", explica con la claridad de quien siempre supo su destino. "No era una opción. Era algo que ya estaba decidido". Pero no lo anunciaba. No buscaba aprobación. Lo construía. Metódicamente. Pacientemente. De forma que sólo se revelaba cuando decidía contarlo.

Y así llegó el momento tras su paso por el Vancouver Whitecap de la MLS. En Noruega, con Ronny Deila quien dirigía Vålerenga, una conversación simple que lo cambió todo. "¿Qué vas a hacer después del futbol?", pregunta Deila. "Quiero ser entrenador", contesta Juárez. Y entonces, la puerta se abre de forma inesperada. "Vente en las mañanas. Ve cómo planeamos una sesión. Vente en las tardes. Ve cómo analizamos al rival. Ve cómo preparamos las semanas", le dijo Deila a Juárez tras ficharlo como lateral, pero también al ofrecerle enseñarle su método.

Durante seis meses, vive una doble vida que finalmente se siente consistente. Entrena y juega en la tarde. Y luego, en la mañana, va a la oficina y aprende. "Ahí entendí todo lo que no se ve en una cancha. Todo lo que sucede en las mentes cuando el partido está sucediendo". No son meses que siente como distracción. Son meses donde finalmente siente que todo tiene sentido.

Y entonces llega la llamada definitiva. Navidad por la mañana. Deila está en Colombia pero es la conexión para lo que viene. Tiene la oferta del New York City FC. Pero la propuesta que le hace a Juárez no es cómoda. No es cómoda porque es honesta. "No quiero que vengas conmigo de auxiliar y jugador. Quiero que te retires. Que vengas de auxiliar técnico". Pausa. Silencio. Porque eso significa dejarlo todo.

Juárez duda naturalmente. "¿Yo qué te voy a ayudar?", pregunta. "No tengo experiencia. No soy un auxiliar experimentado. ¿Por qué harías esto?". La respuesta de Deila no es sentimental. Es operativa: "Porque te quiero ayudar a crecer como entrenador. Y porque hay doce latinos en el equipo y ninguno habla inglés. Tú vas a traducir. Tú vas a aprender. Y tú me vas a ayudar a mí". Es simple. Es sincero. Es suficiente.

Y así, una vida termina. Pero solo para que otra comience. Las libretas que escribió durante dos décadas finalmente tienen sentido. Todo lo que observó en silencio ahora tiene propósito. El futbolista que no sabía por qué era entrenador finalmente se convierte en el entrenador que siempre fue.

DEL CONO A LA VISIÓN: EL MÉTODO

Su primer rol como entrenador no tiene la mínima cantidad de glamour. No es discutir tácticas. No es dirigir entrenamientos. Consiste, literalmente, en poner conos en la cancha.

"Me decía: marca un espacio de treinta por treinta. Y yo lo medía a pasos. No tenía idea", comparte Juárez ya en su etapa en Nueva York. Lo podría haber presentado como algo vergonzoso. Pero Juárez no lo ve así. Lo ve como un punto cero. El lugar exacto donde empieza todo. 

"Y de ahí fue evolucionando". De los conos al análisis de video. Del análisis a los entrenamientos individuales. Del trabajo individual al scouting internacional. Del scouting al entendimiento profundo de qué hace que un jugador sea mejor.

Lo que Deila ofrecía, a través de la infraestructura del City Football Group, era acceso. Acceso a cursos de edición de video del Manchester City. Acceso a departamentos de metodología. Acceso a recursos que ningún curso UEFA puede ofrecer. Pero Juárez entiende rápido que el acceso no es suficiente. Lo que importa es qué haces con el acceso. "La única manera de mejorar es experimentarlo. La única manera de crecer es analizarlo después”.

En dos años y medio, el New York City FC ganó la MLS Cup 2021. Pero eso es secundario a la educación real. Porque donde Juárez encuentra su voz propia es en el scouting, cuando Deila tomó las riendas del Standard de Lieja y un año más tarde en el Club Brujas. Ahí Deila se muestra como un hombre de cancha. Es teórico. Es metodólogo. El ojo para detectar talento, para ver valor donde otros ven vulnerabilidad, eso lo delega completamente a su auxiliar mexicano. 

"El míster me decía: lo que me traigas, lo convierto en oro. Él debutó a Odegaard con quince años. Formó a Joshua King. Decía: “confío en ti. Trae lo que veas". Y entonces Juárez empieza a viajar. A Bulgaria, donde nadie mira. A Uruguay, donde sacan talento. Dinamarca, lugares que no son tendencia pero que guardan oportunidad. Detecta. Propone. Funciona. Los números eventualmente respaldan el método. 

Thiago, ahora segundo máximo goleador de la Premier League. Castellanos, hoy en el West Ham. Nusa, en el RB Leipzig e internacional con Noruega. Raskin, capitán del Rangers. En total, más de 250 millones de euros en transferencias. Pero los números son apenas confirmación de algo que Juárez ya sabe: que el desarrollo de jugadores no es magia. Es método. Es observación. Es creer en lo que ves cuando nadie más lo ve.

"Para mí, desarrollar jugadores es lo más importante. Desde que llego a un club hasta mi último día, todos los jugadores tienen que estar en mejor nivel". No es arrogancia. Es estándar. Es la medida con la que se juzga a sí mismo. Y es lo que posteriormente enseñará a sus equipos. Que los títulos son consecuencia. Pero lo que realmente importa es si la gente crece. Y entonces sucede lo inevitable, el querer ser el número uno y no el auxiliar que fue durante seis años. Deila sigue convenciendo a Juárez para que continúe con él en una nueva aventura. Pero la decisión ya está tomada cuando Juárez da la respuesta final. No es una respuesta sobre dinero o estatus o seguridad. Es una respuesta sobre la vida.

 "Ya no estoy disfrutando. Yo ya quiero tomar la decisión. Yo ya quiero aventarme. Yo quiero saber qué es pararse siendo yo el responsable. La vida es muy chiquita y muy cortita", comparte tras ser auxiliar en Estados Unidos y Bélgica.

La etapa de Efraín Juárez en Atlético Nacional no comenzó en el banquillo, sino en una decisión personal: dejar de ser el que preparaba la semana para convertirse en el que decide el partido. Tras seis años como asistente, acumulando sesiones, lecturas tácticas y control del día a día, llegó un punto de quiebre. “Ya quiero yo tomar la decisión: quién juega, quién no juega, qué formación, cómo se presiona”, explica sobre ese momento en el que entendió que su crecimiento exigía asumir el mando.

Rechazó continuar en un entorno cómodo —incluso con una oferta económica importante—. Su salida no tuvo red, convencido de que el siguiente paso implicaba riesgo, incluso fracaso: “yo quiero tener fracaso, quiero saber qué es pararse siendo yo el responsable”.

Así apareció Nacional. Un equipo que marchaba en la parte alta de la tabla, pero que internamente tenía otro diagnóstico. “Estamos cuartos por la calidad, no por cómo juega el equipo”, le plantearon desde el club. Juárez entendió entonces que su llegada no pasaba solo por ordenar lo futbolístico, sino por intervenir en algo más profundo.

En Medellín, su enfoque no fue prioritariamente táctico, pese a contar con una plantilla competitiva. Su lectura fue estructural: la cultura. “Cambiar la cultura de un club es lo más difícil que puede haber como entrenador”, sostiene. Detectó un vestidor fragmentado, “no todos iban en el mismo barco”, y asumió que ese sería el verdadero punto de partida.

Con poco margen —“tenía que demostrar ya, siendo debutante, mexicano, en el club más grande de Colombia”—, eligió construir desde lo colectivo. Ordenar al grupo antes que al sistema. Y cuando ese cambio hizo “click”, el equipo respondió. Más que una evolución táctica, su paso por Nacional se explicó como una reconstrucción interna, donde el mayor logro no fue una pizarra, sino una cultura compartida.

Al final, ganó dos títulos y cuando la intención era continuar, se fue porque la directiva no respetó lo que había logrado y ahí terminó su primera aventura como técnico.

PUMAS: LA RECONSTRUCCIÓN DE UNA IDENTIDAD

Cuando llega a Pumas, el problema que encuentra no es táctico. No es que les falte un extremo izquierdo o que presionen mal o que tengan errores defensivos. El problema es más fundamental. El problema es que el club no sabía qué era en ese momento. Llevaba quince años sin un título. Había intentado todo. Diferentes tácticas. Diferentes jugadores. Diferentes filosofías. Pero nadie estaba preguntando el punto central: ¿qué significa ser Pumas? ¿Cuál es la esencia? ¿Qué se supone que somos?

La respuesta no es elegante. No está en una pizarra. No está en una formación. La respuesta es visceral. "Para ser campeón hay que cagar sangre". Eso fue lo que dijo. Y aunque provocó reacción mediática, la intención era estratégica. No era invitar al caos. Era establecer estándares. Porque para Juárez, lo táctico es secundario. "La táctica la cambias en una semana. La cultura te lleva años. Y la cultura es lo que determina si una institución tiene futuro o no".

Entonces comienza un proceso de reconstrucción que requiere incomodar. Más de veinticinco salidas. Cambios de staff que no se identificaban con lo que el club necesitaba ser. Entrenamientos donde se pedía algo que parecía imposible porque era la única manera de construir la cultura que veía en su mente. "El staff tiene que estar a la altura. El doctor, la psicóloga, el utilero, el masajista. El que sale al campo tiene que salir con sangre en los ojos y el cuchillo entre los dientes, porque eso se contagia".

Las críticas llegan rápido. El equipo es indisciplinado, dicen los analistas de televisión. Tiene demasiadas tarjetas rojas, dicen ellos mismos. No juega bien, dicen estos críticos. Juárez lo escucha todo sin defenderse. "Sí, tuvimos dieciocho problemas disciplinarios en el primer torneo. Sí, hubo tarjetas rojas que podríamos haber evitado. Pero estaba construyendo algo. Estaba marcando una línea. Estaba diciendo: esto es lo que parece la garra. Esto es lo que significa luchar". Entiende que durante el proceso de construcción, las métricas tradicionales no van a ser positivas. La verdadera medida es si el edificio está quedando sólido.

El plantel pierde ciento cincuenta kilogramos de grasa corporal en total unos meses después. Juveniles de quince y dieciséis años empiezan a entrenar con el primer equipo. "Si no construyes desde la raíz, el proceso es un castillo de arena". Su teoría es que la cultura no empieza en el primer equipo. Empieza en las fuerzas básicas. Empieza cuando un niño de nueve años entiende qué significa el escudo.

Y aquí aparece algo que define su liderazgo. Su liderazgo no es discursivo. No es motivacional en el sentido de las películas. Es conductual. "Yo no puedo exigirte algo que yo no doy". Por eso confronta a los árbitros. Por eso se expone. No porque pierda el control. Porque entiende que la gente observa. Que el equipo vea cómo el técnico reacciona cuando el árbitro comete un error. Y si el técnico se queda callado, el equipo entiende que está bien vivir con injusticia. Pero si el técnico enfrenta la injusticia, aunque eso cueste una expulsión, el equipo entiende que hay cosas más importantes que evitar problemas. Hay cosas que valen la confrontación.

Y es aquí donde entiende la diferencia que marca toda su pedagogía. "La discusión es que yo te quiero convencer de que lo mío es mejor que lo tuyo. La confrontación es que yo te digo lo que creo, tú me dices lo que crees y nos vamos a crecer juntos. La discusión nos separa. La confrontación nos une si ambos estamos dispuestos a mejorar". 

Es una distinción que parece semántica hasta que la vives, hasta que entiendes que define si un grupo se une o se dispersa en momentos de tensión. “Y es una de las cosas que encontré en Colombia, en Atlético Nacional, y aquí en Pumas: que no todos iban en el mismo barco".

Su concepto de alta exigencia tiene un principio que lo distingue radicalmente de los técnicos autoritarios: él aplica primero sobre sí mismo todo lo que pide a los demás y es implacable con esa coherencia porque sabe que sin ella cualquier discurso motivacional cae en el vacío.

"No me llamen jefe. Lo odio. Porque el jefe da órdenes. El líder es con el ejemplo. Yo no puedo exigir que lleguen temprano y llegar siempre tarde. Antes soy un jefe. Yo llego temprano: ¿por qué? Porque te hace bien. Empieza a preparar, empieza el gimnasio, sal caliente al entrenamiento, haz una preactivación, ve a terapia, te va a ser bien. Y te ven llegar antes que todos. Y entonces ven que predicas con el ejemplo.

“Aquí hay que venir a las siete de la mañana e irse a las siete de la noche. Y si tú no entiendes esto como una pasión, es un trabajo. Entonces vete a una oficina, que entres a las nueve y salgas a las seis. Esto es 24/7, esto es un estilo de vida".

Aaron Ramsey es el ejemplo que usa para explicar cómo la cultura se transmite sin palabras. El galés llegó a Pumas sin estar al cien por ciento físicamente. Sus minutos fueron escasos. Pero cumplió una función que Juárez considera más valiosa que cualquier gol.

"El primero en llegar era Aaron Ramsey, que viene del Arsenal, de la Juventus, del Real Madrid. Los últimos en irse, Aaron Ramsey. Si yo no ponía el ejemplo y le decía al niño de dieciocho años: tienes que llegar a las siete. ¿Cómo? Ahora tú ves a una figura que lo hace de manera natural. Lo tienes que hacer. Eso es lo que nos dejó Aaron Ramsey: una cultura de alto rendimiento espectacular".

Cuando Juárez quiere explicar por qué los cursos UEFA no son suficientes para formar a un entrenador y por qué la experiencia real es insustituible, siempre vuelve a la misma secuencia de cuatro palabras.

"Experiencia, análisis, evaluación y mejora. La experiencia es vivirlo, bueno o malo. El análisis: ¿cuál es la razón de que sea bueno o malo? La evaluación: ¿qué hice bien, qué hice mal? La mejora: que no me vuelva a pasar. Si tú repites los mismos errores, no hay crecimiento. No puedes empezar todos los lunes desde la página uno del libro".

Hay algo que Juárez tiene muy claro sobre su tiempo en Pumas: es una etapa importante, pero no es el destino final. Es la base desde la cual construirá lo que viene después. Y lo que viene después es Europa. No para aprender. Para demostrar.

"Quiero ir a lugares donde técnicos latinoamericanos no llegan", dice con la claridad de quien ya conoce su próximo capítulo. "Escocia, Bélgica, Holanda, Francia. No hablo de mexicanos: hablo de latinoamericanos. Todo el mundo va a Italia, a España. A mí me mueven los retos de hacer cosas diferentes. De ir a lugares donde nadie de nuestro continente ha ido. Y mi sueño máximo: la Premier League. No para ir a aprender. Para quedarme".

LA FE COMO TÉCNICA

Si hay un hilo conductor en toda su historia, no es la táctica. No es el sistema. No es la formación 4-3-3 o 5-2-3. No es Europa o Sudamérica o México. El hilo es la fe. Pero no la fe en abstracto. La fe en acción. La fe en el momento donde todo parece estar quebrándose.

La fe de Aguirre en el túnel del Azteca cuando decide sostener a un jugador joven que acaba de cometer un error. La fe de Deila en el aeropuerto cuando decide invertir tiempo en alguien que acaba de jubilarse del futbol profesional. La fe de Juárez en sí mismo en los momentos donde todo indicaba que debería dudar. En Barcelona, donde era apenas otro adolescente en una cantera llena de adolescentes. En Zaragoza, donde fue silbado cada vez que tocó el balón. En Nueva York, donde empezó midiendo espacios con pasos porque no tenía referencia.

"Creo en la gente. Pero primero tienes que creer en ti", dice con la convicción de quien lo ha vivido. La herencia de las libretas es eso. No solo ideas compiladas. Convicciones destiladas. Creencias que pasaron por el fuego de la experiencia y salieron más fuertes.

Y es por eso que cuando dirige, cuando está en el banquillo, esa fe es su mayor herramienta. No es que ignore la táctica. Pero sabe que la táctica sin fe es una arquitectura vacía. Es una estructura sin alma. "Si el jugador no cree, no importa qué le enseñes. Pero si cree, casi cualquier cosa es posible". Eso no es motivación de discurso. Eso es arquitectura de entrenador. Eso es cómo construye equipos.

Por eso cuando vuelve a Pumas, lo primero que no intenta es cambiar la formación. Intenta restaurar la fe. Restaurar la creencia en lo que significa ser parte de esa institución. Porque entiende que los títulos vienen después. Lo primero es la fe.

EL FINAL ABIERTO

Al caer la tarde en Cantera, cuando los entrenamientos terminan, cuando el ruido de los jugadores se desvanece, Juárez sigue en la cancha. A veces hablando con jugadores, con su equipo de trabajo. A veces simplemente observando. A veces escribiendo. Las libretas siguen creciendo. Veinte años después, el hábito no ha terminado. Solo ha evolucionado. Ahora escribe como técnico. Pero sigue escribiendo.

"No puedes empezar cada semana desde cero. Tienes que avanzar páginas", dice, una frase que podría ser sobre libros pero que es realmente sobre vida. Porque eso es lo que ha hecho. Ha avanzado páginas. Ha escrito su propia historia en lugar de dejarla ser escrita por otros.

Hoy dirige a Pumas. Mañana, probablemente Europa. Eso es lo que se dice. Eso es lo que el mercado especula. Pero eso es secundario a la verdadera historia. Porque su verdadera obra no es un título que ganará o no ganará. Es una construcción que llevó décadas. "Yo me he construido a mí mismo durante veinte años". No es arrogancia. Es observación. Es la verdad de alguien que miró mientras otros solo ejecutaban. Que escribió mientras otros solo vivían. Que se preparó mientras otros dormían.

Y es por eso que su historia no termina con un trofeo. Termina con algo más grande. Termina con la prueba de que alguien decidió, a los diecisiete años, que quería ser entrenador. Escribió esa decisión en libretas. La cuidó en silencio. La cultivó en los márgenes de otra carrera. Y finalmente, cuando llegó el momento, estaba listo. Completamente listo. No porque tuviera suerte. Porque había trabajado.

Efraín Juárez no es un técnico que eventualmente será uno más. Ya lo es. Porque aprendió hace veinte años lo que muchos nunca entienden: que el verdadero oficio no es dirigir equipos. Es construirse a uno mismo lo suficientemente bien para que, cuando llegue el momento de dirigir, el sistema esté listo. Las libretas estarán llenas. La fe estará intacta. Y el futuro, que fue cuidadosamente escrito, podrá finalmente realizarse. Y sus sueños podrían lograrse: un título con Pumas y dirigir en Europa.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.